Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

miércoles, 21 de mayo de 2008

Educación evolucionada

Han tratado de convencerme a menudo de la necesidad de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía. El argumento más poderoso que me presentaron se refería a la necesidad de formar a los alumnos en los valores que fundamentan la sociedad a la que, en breve, habrán de incorporarse como adultos. Sin embargo, no es necesario extenderse sobre este argumentario, porque ha demostrado ser completamente inane: la realidad empírica, la fiel consistencia de los hechos, ha revelado la auténtica motivación de tan intensa profesión pedagógica. Dejemos aparte la cosmética, las buenas intenciones, los discursos edificantes: la voluntad patente en las programaciones y los proyectos editoriales en los que se concreta el nuevo catecismo no se dirige a enseñar a los alumnos una realidad existente, ni los valores que la conforman, sino precisamente a sustituir esa realidad por una nueva, por una ficción producto de delirios ideológicos de variada índole y de ensoñaciones retóricas. La meta de los sermones no suele ser representar lo que existe, sino forzar a los pecadores a plegarse a lo que, según el sermoneador, debería existir. ¿Qué fin inteligible, sino éste, esconde una educación en valores, sentimientos y juicios obligatorios? Tras la poco convincente predicación de una "tolerancia" meramente formal se esconde una intención ridícula pero siniestra: resulta que una serie de profesionales de la verdad han encontrado por fin -tras milenios en los que los hombres vagaron sin rumbo- la moral definitiva y, consecuentemente, no tienen reparo en imponerla como única y prescriptiva para todos. ¡Dignos herederos de Rousseau y su " obligar a ser libres"!

El contenido de conocimiento que presenta esta "Educación para la Ciudadanía" es nulo, ya que no pretende acercar realidad alguna; se configura como doctrina que, a la vez que se encarga de abolir simbólicamente lo real existente en aras de una realidad inventada, permite distinguir entre los partidarios del viejo orden y los del nuevo, los "reaccionarios" y los "progresistas", la "derecha" y la "izquierda", los "laicos" y los "obispos". .Tras los adornos y discursos justificatorios cimentados en conceptos abstractos y vacíos -como los sofistas que, según Platón, se limitaban a "hacer figuras con la boca"- la intención no es otra que completar la intromisión del estado en los intersticios de la vida aún no fiscalizados; planificar todo en nombre de una creciente inquina contra lo indeterminado, lo espontáneo o lo no reducible a cálculo; urbanizar el último de los ámbitos que alberga lo incontrolable o lo imprevisible. Todo ha de ser planificado y previsto por el estado, y decir "todo" significa que ni siquiera los gustos personales, los juicios y pensamientos sobre las cosas cercanas y lejanas, las decisiones que afectan al ámbito estricto de la intimidad, deben dejarse al albur del arbitrio personal. Después de treinta años cargando con una carencia inadmisible, el estado vuelve a formular una moral oficial de observancia preceptiva.

Examinar los libros de texto de la asignatura que van llegando a este departamento de filosofía, como una lluvia pausada pero implacable, resulta desolador. Los mejores son aquellos que, literalmente, se limitan a no decir nada. Al menos se mantienen alejados del potencial tan peligroso de una moral oficial. Otros son literalmente increíbles.En muchos de ellos, la férrea determinación de distorsionar la percepción de ciertas realidades, con el fin de devaluarlas ante las que se postulan como sustitutas, es constante. Forjan un nuevo lenguaje para, así, dar existencia a una nueva realidad. Un ejemplo aparentemente banal de los muchos que he podido comprobar:

El tema "La familia del siglo XXI" del libro de Educación para la Ciudadanía de la Ed. del Serbal. Dejemos aparte la pregunta sobre la necesidad de levantar un sistema educativo y pagar a un profesor para que le explique a los infantes algo que ellos mismos conocen de modo espontáneo. El tema se dispone en una catalogación de los distintos tipos de familia, y aquí, aparte del contenido, el nombre de cada una de ellas es definitivo: en una misma página aparecen la "familia nuclear clásica" y la "familia numerosa evolucionada"; la primera es acompañada de una foto oscura, lóbrega, casi siniestra, de una pareja y un bebé; la segunda es una multitudinaria explosión de alegría de una numerosa familia sonriente y colorida. También está la "familia mestiza", acompañada de una foto de un niño exultante que no puede reprimir una risa contagiosa. Las asociaciones, tanto visuales como lingüísticas, son obvias. Cada cual que forme su juicio. Aún así, y como descargo, creo que los autores del libro han demostrado una delicadeza encomiable al referirse a ese tipo caduco y reaccionario de familia: al menos no la han llamado "familia australopithecus". Un detalle.

Una muestra muy completa de material relacionado con la asignatura se puede encontrar en la página http://www.soriaeducaenlibertad.com/. Hay maravillas.

martes, 20 de mayo de 2008

Secretos de estado

El pasado 15 de Mayo el País publicó una noticia que no ha tenido el eco que merecía: el ministerio de defensa británico ha desclasificado ocho archivos secretos de la década de los 80. No serán los únicos archivos desclasificados. Londres planea hacer públicos 200 expedientes X más en cuatro años.

Estos documentos incluyen relatos de ciudadanos, miembros de la policía o de las fuerzas armadas sobre objetos no identificados o luces extrañas avistadas en el cielo. Muchos de ellos son testimonios enviados por los propios ciudadanos al Ministerio de Defensa, al Gobierno o a la entonces primera ministra Margaret Thatcher. Ahora, tras múltiples requerimientos al amparo de la Ley de Libertad de Información, verán la luz. Iker Jiménez y cia ya se estarán frotando las manos.

Veamos lo que con tanto celo ha sido custodiado por el estado durante todo este tiempo para que el pánico no cundiera entre la población:


martes, 13 de mayo de 2008

Performing Heidegger.
Eduardo Abril

Establecer la necesidad de un dios como justificador último del arte es algo ya del todo imposible; podemos hacer, como apuntan Borja Lucena y Joaquin Riquelme, “como si”, pero eso convierte el arte en una ficción que se aleja por completo de la trascendencia de la que habláis. Para que exista un arte trascendente debe haber trascendencia. Borja afirma que tal trascedencia no tiene por qué ser transmundana, pero sí transubjetiva. Esta idea no es nueva, coincide precisamente con el proyecto heideggeriano: superar la subjetividad logrando establecer un nuevo sentido ontológico a la existencia. El problema es que el proyecto heideggeriano es, en el fondo, mera negatividad. Puesto que que ha caído, tras la constatación de Nietzsche, la posibilidad de fundar los discursos y las actividades en el dios cristiano, tipos como heidegger se lanzaron a la búsqueda de un nuevo fundamento; este fundamento lo encuentra el alemán en una existencia en retirada. Lo que le concede trascendencia a lo inmanente es que se levanta sobre la pura nada, puesto que esta es la forma que adopta lo “fundante” en el mundo desencantado posmoderno, algo que antiguamente se identificaba con la presencia de Dios. Para entenderlo de forma más precisa: el ser no se da, se retira o, lo que es lo mismo, el ser se da como “retirada”. Por eso, el hombre posmoderno, como señalaba Nietzsche en su Zarathustra es “un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse” y su grandeza está precisamente en “ser un puente y no una meta [...] un tránsito y un ocaso”. En esta idea, el arte, como ocurre con cualquier otra actividad, se vuelve arte auténtico, en la medida en que se hace opaco, inescrutable, incalculable, se resiste a la interpretación.

La propuesta heideggeriana no es baladí, ya que le permite comprender distintos fenómenos en función de su vinculación histórica, sin por ello, disolver cualquiera de estas comprensiones en el historicismo y en la mera relatividad histórica o cultural. Le permite, como sugiere Borja, establecer una ontología trascendente pero no transmundana.

Y en este esquema, el arte tiene el lugar central. El arte es una forma de lo que él llama “poetizar”, tomando el significado de esto del griego “poiesis”, es decir, un desvelamiento o, si queréis, una forma de decir lo verdadero, una forma de ofrecer conocimiento. Lo importante del arte no es, coincidiendo con el texto que nos presenta Joaquín, representar el espíritu del tiempo, como pensaba Hegel, sino justo lo contrario: abrir nuevas posibilidades, fundar nuevas interpretaciones, “desvelar el ser” que diría el alemán. En el arte es donde se da primero la relación entre el hombre y el ser, y por tanto son los artistas los que, por así decirlo, fundan las nuevas posibilidades de existir. Esta es la razón por la que el arte contemporáneo se hace opaco, así evita ser pensado desde las categorías modernas y al mismo tiempo establece una nueva y más profunda relación ontológica. Puesto que el ser se ofrece en la forma de la “ausencia”, la existencia sólo toma un verdadero sentido en su vinculación con la muerte, y el arte sólo es arte verdadero cuando oculta su significado, se hace opaco, pura negatividad.

En este sentido, el arte no es nunca “algo nuevo”, ni tampoco procede de la subjetividad pura del artista, es decir, lo que se ha ensalzado como el “genio” desde el romanticismo. El arte, parte de una tradición, como bien señala Borja. Recoge un saber técnico previo, pero a su vez lo traiciona. Esta traición es lo que el alemán entendería como una forma de “donación”; no es la subjetividad grandiosa del genio artístico la que es capaz de ir un poco más allá, sino la peculiar relación que mantiene con la existencia lo que le hace, no ir más allá, sino estar ya, de facto, más allá. Por eso el arte no es nunca, contra Joaquín, una representación del espíritu, en cualquiera de las acepciones de la R.A.E, sino más bien en este caso, su disolución.

Así tenemos que los que buscan espiritualidad o sacralidad en la obra de arte, retroceden frente a las producciones contemporáneas, porque son la negación de la existencia entendida, precisamente, como existencia espiritual y, se enfrentan a la existencia no como “existencia” en el sentido de “lo que hay” sino en el sentido que le atribuye Heidegger de “Ek-sistenz” (siento la pedantería de acudir al alemán). Nos indignamos frente al arte contemporáneo porque nos lanza, de facto, a una nueva vinculación con nosotros mismos en la que, ese “nosotros mismos" (nuestra subjetividad) pierde todo su valor y sentido.

El profesor Lucena pretendía borrar todo rastro de subjetividad en el arte para, así, ensalzar la obra; pensaba que así no nos quedaría más remedio que acudir a las cantatas de Bach, hechas en pro de la gloria divina, o al gusto intelectual de la guitarra de Metheny, pero de esa forma se atascaba en el mismo fango que quería evitar. Son precisamente las producciones de Duchamp, o las instalaciones Fluxus, lo que resta de contenido la acción subjetiva al quitarle por completo su valor, los que le confieren el papel central a la obra; el problema es que, seguramente, al hacer eso, la obra de arte deja de interesarnos. Al fin y al cabo somos sujetos... y nos resistimos a lo contrario.

Tanto Borja como Joaquín repiten el esquema de la interpretación moderna, por lo que, finalmente son incapaces de establecer una ontología mundana que no sea, en el fondo, transmundana: joaquín habla del espíritu y Borja habla de la belleza, y en ambos casos no hacen sino acudir al almacén platónico de las “existencias”, las mercancías (la palabra que usarían los ingleses sería “Goods”). Y en este sentido, o acuden a un dios muerto y enterrado, o cargan todo el peso de la explicación sobre el sujeto que, sobrecargado, o deviene superhombre, capaz de echarse a los lomos la “carga más pesada” o se derrumba.

Heidegger, por su parte, sí cumple lo prometido, aunque de una forma evidentemente insatisfactoria, pero inevitable. El arte deja de ser propiedad y responsabilidad del artísta, para convertirse en un acontecimiento. El artista, inserto en una tradición ya dada, responde frente a una interpelación, dentro de esa misma tradición, que le trasciende por completo; el artista romántico, por ejemplo, llevado por su afán de cargarse con la responsabilidad del genio estira el esquema hasta que el esquema queda completamente irreconocible porque ya, de forma efectiva, es otra cosa. ¿por qué ha ocurrido? No porque el genio haya sido capaz de volar más alto como respondería un romántico, ni porque el artista de forma dialéctica descubrió necesariamente que, dentro de ese proceso, hay que dar ese paso. Fue más bien porque dio el paso, sin un por qué (o con unos “por qués” tan fácilmente disolubles por la sociología, la psicología o la teoría de la deconstrucción, que resultan irrelevantes) y, en ese abismo, ya no era posible hablar de otra manera. Sin embargo, para nuestro espíritu romántico o moderno, cuesta entender que, íbamos andando y nos pegaron un pelotazo. Nos cuesta entender por qué tenemos que preferir a Chillida en el Leku de Hernani, en lugar de Bach en Brandenburgo... aunque lo cierto es que lo que nos cuesta entender es lo que nos dice Heidegger: que no es cuestión de preferir, que eso es irrelevante.

Y a eso se le llama salvar el arte, si, pero a costa de desfondarnos: hombres modernos, vaya mierda.

Pese a todo, prefiero entenderlo de otra forma; no partir del lugar común que comparten Oscar, Borja y Joaquín, y salirme por la tangente. Hay una forma de interpretar a Heidegger, que más que “interpretar” sería, ya que estamos con el arte, una “performing”: Imaginemos por un momento que una raza extraña de alienigenas llegase a la tierra y intentase comprendernos; con respecto a algunas actividades sería bastante fácil entender los movimientos, las intenciones, las funcionalidades de esos extraños seres. Pero con respecto a otras actividades la cosa se complicaría, tanto que, seguramente, sin una adecuada Piedra Roseta que no existe, la exégesis sería del todo imposible. Es el caso evidente del arte; qué es esa actividad que algunos humanos llaman con el mismo nombre pero que, no parece tener un nexo común en ninguno de sus aspectos resultaría una pregunta difícil de contestar; incluso si, esta raza de extraterrestres, muy por encima de nosotros en desarrollo tecnológico, pudiese viajar en el tiempo y tuviera el mismo acceso al cincel de Miguel Angel, a la paleta de Picasso o a los momentos de lucidez creativa de Bach, la cosa no sería más fácil, sino al contrario.

Al final, después de un tiempo prudencial de estudio, algún listillo de Ganímedes, tendría la genial intuición de que “arte” es una designación vacía de significación, una suerte de cajón desastre en la que estos humanos extraños meten todo aquello que carece de significado o, si se quiere, posee, cuando menos, una significación demasiado confusa como para entender la actividad desde una categorización más convencional; “arte” no significa nada, es una designación puramente negativa: “arte es todo lo que no es claramente otra cosa”. Pero esta raza de alienígenas, imbuidos de un espíritu funcionalista y convencidos de que su Aristóteles y su Darwin tenían razón cuando pensaban que la naturaleza no hace nada en valde, tratarían de pensar para qué demonios hacer algo que, en principio, no parece servir para nada, o al menos no perece tener una significación funcional unívoca. Y podrían llegar a la conclusión de que esa actividad diversa es un borde, un límite definitorio de la cultura por donde, debido a su extraordinaria plasticidad y ausencia de reglas cerradas, la cultura es capaz de desbordarse y cambiar. ¿Qué es lo que hacen los artistas entonces? Los artistas simplemente hacen, actúan, no dejan de cambiar y variar sus modos de hacer y cambiar, y lo que es peor , lo hacen sin saber por qué lo hacen. Bueno, si.... algunos creen que desarrollan su “genio artístico”, otros creen que alaban a Dios y otros, incluso sólo pretenden perfeccionar ciertas técnicas o acercarse de manera más “esencial” a las “esencias”; pero las intenciones subjetivas, los contextos psicológicos de cada uno de los actores, no explica el teatro sino que, más bien lo oculta. Lo cierto es que ellos son los encargados, los interpelados a ensayar nuevas formas de actuar, de hacer, de vivir, al fin y al cabo de “ser”.

¿Y por qué tendrán estos tipos, cercanos a la locura esta raza de seres extraños” se preguntaría un estudioso de la Universidad Estelar de la Via Láctea... respondería que estos seres tienen una particular relación con la existencia: nunca llegan a ser nada sino que de forma continua y constante “van siendo”. Algunos llegarían a pensar en lo miserable de esta raza de seres imposibles, en esa existencia vertiginosa, siempre al borde del desplome desde una cuerda tendida sobre el abismo, en unos seres tan frágiles que ni siquiera “existen”.

Y estos visitantes ¿Sentirían lástima o envidia?.

Heidegger escribe en una de sus obras más interesantes:
<<¿y para qué poetas en tiempos de penuria? Hölderlin contesta humildemente a través de la boca del amigo poeta, Heinse, a quien interpelaba la pregunta:
“Pero ellos son, me dices, como los sagrados sacerdotes del dios del vino, que de tierra en tierra peregrinaban en la noche sagrada.”
Los poetas son aquellos mortales que, cantando con gravedad al dios del vino, sienten el rastro de los dioses huidos, siguen tal rastro y de esta manera señalan a sus hermanos mortales el camino hacia el cambio. Ahora bien, el éter, único elemento en el que los dioses son dioses, es su divinidad. El elemento éter, eso en lo que la propia divinidad está todavía presente, es lo sagrado. El elemento del éter para la llegada de los dioses huidos, lo sagrado, es el rastro de los dioses huidos. Pero ¿quién es capaz de rastrear semejante rastro? Las huellas son a menudo imperceptibles y, siempre, el legado dejado por una indicación apenas intuida. Ser poeta en tiempos de penuria significa: cantando, prestar atención al rastro de los dioses huidos. Por eso es por lo que el poeta dice lo sagrado en la época de la noche del mundo. Por eso, la noche del mundo es, en el lenguaje de Hölderlin, la noche sagrada.>>

Martín Heidegger, Para qué poetas en tiempos de Penuria

domingo, 4 de mayo de 2008

Dios lo ve

En medio de la discusión sobre el arte que platicabais (¡bonita palabra!) el otro día en Madrid; no sé si antes de tragar un poco de revuelto de morcilla, o mientras mojaba una papa en mojo picón, tuve una “rememoración” digna de Proust... recordé que tenía en casa un libro ( Dios lo ve) que podía aportar algo de interés a tan platónica conversación. Y bueno, como soy un chico aplicado y piadoso, me he visto obligado -lo prometí- a transcribir el texto que tenéis a continuación.

¡Qué no corra la sangre!
....

Entre una preciosa tanagra griega y una porcelana de Lladró hay un mundo.
Entre una preciosa tanagra griega y una porcelana de Lladró, objetivamente, hay muy poca diferencia.
¿Por qué nos parecen tan distintas?
La diferencia es obvia, me diréis, la porcelana de Lladró no es obra de un artista, ni siquiera producto de un artesano, es una pieza seriada, se hace con un molde: exactamente igual que se hacían las tanagras.
La porcelana de Lladró está hecha con una intención descaradamente comercial, está hecha para venderse: exactamente con la misma intención se h~cían las tanagras.
La porcelana de Lladró no atiende a peculiaridades culturales del lugar, corresponde al colonialismo de la cultura occidental y a la terrible globalización del mundo actual. La misma figurita puede encontrarse en las Ramblas de Barcelona y en un remotísima puertecito de una isla caribeña: de la misma I forma que, hace veinticuatro siglos, una tanagra ática podía encontrarse en cualquier puertecito mediterráneo.
Si atendemos a su rareza, una tanagra original es barata, pero si la reproducimos con cuidado, como hacen algunos buenos museos, su precio es absolutamente comparable al de la figurita de Lladró. Sin embargo se vende mucho peor: gusta mucho menos.
No se puede poner en duda: el estilo kitsch de Lladró gusta más que el austero ático.
¿Se trata sólo de una cuestión de mal gusto?
¿Una cuestión de moda? ¿Es efectivamente el mal gusto el gusto de la generación anterior, como dijo Flaubert? Desde luego, si hubiese tenido medios, la generación de nuestros padres habría derruido toda la arquitectura modernista catalana de principios de siglo XX -incluyendo el Palau de la Música- al igual i que París desintegró los accesos al metro de Guimard, y Bruselas la Maison du Peuple de Horta.
Sin embargo, no nos resignamos; queremos creer que sí existe una diferencia, una diferencia fundamental, trascendente, imperecedera, entre la sublime tanagra y la porcelana kitsch. Queremos creer; se trata de una cuestión de fe; aceptar lo contrario, nos repugna; como nos repugna la idea de que un día hemos de desaparecer.
La impopularidad, o la incomprensión del público, no es una garantía de calidad -una infinidad de artistas malditos y muy malos lo atestiguan-, pero ¿es suficiente garantía su comercialidad?
Por mucho que respetemos los intereses del público, ¿debemos obedecerlos siempre? Y, sobre todo, ¿debemos obedecer a los que dicen conocerlos y se arrogan el derecho a representarlos?
Cuando uno de estos intermediarios, un analista del mercado, rechaza la sutileza de una propuesta, haciéndonos ver que no está al alcance de «la señora María», ¿no está expresando su particular vulgaridad e incomprensión? .
¿Cómo valorarnos, hoy, desencantados de tanta basura comercialista, una obra de arte?, ¿por su novedad?
La sorpresa puede contribuir al impacto de una obra artística, pero ¿puede ser su único valor?
En los textos de artistas del Renacimiento se valora la gracia, la proporción, el equilibrio, la emoción ... , pero nunca la novedad. Intentando hacerlo igual que los clásicos grecorromanos, ¿no provocaron la mayor revolución del Arte Occidental?
Que el fin supremo de una obra de arte sea represen a su época. ¿no es una pretensión exclusivamente moderna?
Pretender una obra atemporal, no anclada voluntariamente en la anécdota histórica, ¿no es igualmente sugerente?
Hace casi un siglo, Dadá, en su pretensión de asesinar el arte académico, alcanzó un momento de rara emoción estética. ¿Podemos seguir experimentando esa emoción mientras seguimos acuchillando al ya helado cadáver?
Si el arte como educación nos parece catequesis; el arte de denuncia, un ajuste de cuentas; el arte de propaganda, vana publicidad; el arte transformador, el arte de la sociedad, una ingenuidad; el arte como satisfacción del público, pura comercialidad, y el arte como novedad, lo mas déja vú, ¿qué nos queda?
¿Nos queda una dimensión espiritual?
¿Puede existir un Arte trascendente totalmente agnóstico?
En vista de lo que este agnosticismo es capaz de producir, y aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer «como si» Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?
P.S. Mientras acabo de conseguir las pruebas de este libro, estoy leyendo los
Cuadernos donde Cioran, tras advertirme que si el español sale de lo sublime resulta ridículo, recomienda comportarnos como si tuviéramos cuentas que rendir a un dios inteligente; llevar el prurito de probidad intelectual hasta la manía del escrúpulo. ¡Dios! ¡Tanto esforzarme para explicar lo que ya ha sido dicho!


Oscar Tusquets Blanca. Dios lo ve.

miércoles, 30 de abril de 2008

Una nueva fe

Toda política que pretenda adornarse con el título de "progresista" adopta automáticamente ciertos ropajes simbólicos que facilitan a su público potencial una identificación rápida e inequívoca. Los discursos se ornamentan de los mismos términos grandilocuentes, de la misma ternura de corazón y primacía de los "buenos sentimientos", de idéntica misericordia hacia los desamparados y semejante solicitud para con los débiles. No obstante, algo que tampoco falta en esa imagen de marca que trata de distinguir a los buenos de los malos es el odio acendrado al cristianismo, en general, y a la iglesia católica en particular. Más allá de las contradicciones, el progresismo se construye un reino conceptual confuso y arbitrario en el que conviven lo mismo y su negación, así como, según Platón, el sofista componía sus argumentaciones de una mezcla mentirosa de ser y no-ser. Lo cierto es que no hay que excavar demasiado para encontrar un vínculo genealógico evidente que conduce de estos supuestos descreídos al catolicismo apostólico romano. Las inmensas y "renovadoras" ideas que esgrimen no dejan de repetir nociones comunes a catecismos de hace siglos, y su amor a la Humanidad se demuestra sospechosamente similar al tradicional dirigido al altísimo. Desgraciadamente, esos nexos genéticos no conducen a lo valioso, sino a lo más mostrenco del cristianismo, y los nuevos cruzados del laicismo han renegado de la inteligencia de Tomás de Aquino para entregarse al fundamentalismo de Tertuliano. Tomando sobre sí la herencia más dudosa del catolicismo, este carácter mesiánico de la política se observa nítidamente en el celo religioso con el que nuestros políticos progresistas atacan a la religión, y no deja de recordar al fanatismo necesario para que una iglesia sustituya a otra. Porque, de hecho, el obsesivo objeto del político progresista es abolir una iglesia para fundar una iglesia, desterrar una fe para fundar una fe. Ya en el siglo XVIII, Edmund Burke supo localizar en la revolución jacobina la conversión de la política en religión. Al leer sus palabras me han asaltado imágenes intensas de la política actual:
La camarilla literaria había formado hace algunos años algo semejante a un plan oficial para la destrucción de la religión cristiana. Persiguieron ese objetivo con un celo como el que sólo habían mostrado hasta entonces los propagadores de algún sistema de creencias. Estaban poseídos por un espíritu de proselitismo de la más fanática condición, y a partir de eso, mediante un fácil proceso, con un ánimo de persecución acorde con sus medios. (...) Estos padres ateos tienen un fanatismo propio y han aprendido a hablar contra los frailes con el talante de los frailes. Pero en algunas cosas son hombres de mundo. Acuden a los recursos de la intriga para suplir las deficiencias de la argumentación y del ingenio. A este sistema de monopolio literario se unió una industria incansable dedicada a boicotear y desacreditar en todos los sentidos y por todos los medios a aquellos que no se adhiriesen a su actuación. Para los que han observado el espíritu que anima su conducta hace mucho que está claro que lo único que querían era el poder para convertir la intolerancia de la lengua y de la pluma en una persecución que afectaría a la propiedad, la libertad y la vida.


Citado en Michael Burleigh, Poder terrenal; Taurus , 2005

martes, 22 de abril de 2008

Nosotros los sin patria.

Hoy, releyendo las páginas de la Gaya Ciencia, llegué a uno de esos textos que tiene la virtud de siempre emocionarme... un viento fresco bajo esta luz del Mediterráneo que compartí hoy con este viejo amigo. De sobra lo conoceis, pero merece la pena recordarlo; me recordó quién quiero ser:


"Entre los europeos de hoy no faltan aquellos que tienen derecho a llamarse sí mismos, en un sentido relevante y honorable, los sin patria -¡a ellos encomiendo expresa y cordialmente mi secreta sabiduría y gaya scienza! Pues su suerte es dura, su esperanza incierta, es una obra de arte inventar un consuelo para ellos- ¡pero de qué sirve! Nosotros los lujos del futuro, ¡cómo seríamos capaces de estar en este hoy como en nuestra casa. Nos desagradan todos los ideales ante los que alguien todavía podría sentirse como en su casa, incluso en este tiempo de transición frágil y hecho trizas; en lo que concierne a sus «realidades», no creemos que sean duraderas. El hielo que aún hoy nos sostiene ya se ha vuelto muy delgado: sopla el viento del deshielo; nosotros mismos, los sin patria, somos algo que resquebraja el hielo y otras «realidades» demasiado tenues... No «conservamos» nada, tampoco queremos regresar a ningún pasado, no somos de ninguna manera «liberales», no trabajamos por el «progreso», no requerimos taponar en primer término nuestros oídos frente al canto del futuro de las sirenas del mercado -lo que ellas cantan, «iguales derechos», «sociedad libre», «no más señores y no más esclavos», ¡no nos seduce!; no consideramos en absoluto como deseable que se funde sobre la tierra el reino de la justicia y la concordia (puesto que bajo todas las circunstancias se convertiría en el reino de la más profunda mediocridad niveladora y chinería), nos alegramos con todos aquellos que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan indemnizar, atrapar, reconciliar, castrar; nosotros mismos nos contamos entre los conquistadores, reflexionamos acerca de la necesidad de nuevos órdenes, así como de una nueva esclavitud -pues a cada fortalecimiento y elevación del tipo «hombre» corresponde también una nueva forma de esclavizar -¿no es verdad? ¿No hemos de sentirnos por todo esto difícilmente como en nuestra casa, en una época que ama considerar como su honor que se la llame la época más humana, más benigna, más justa que hasta ahora se ha visto bajo el sol? ¡Ya es bastante malo que precisamente ante estas bellas palabras tengamos segundos pensamientos todavía más espantosos! ¡Que sólo veamos allí la expresión -también la mascarada del profundo debilitamiento, del cansancio, de la vejez, de la fuerza declinante! ¡Qué pueden importarnos los oropeles con que un enfermo engalana su debilidad? Aunque él pueda exhibirla como su virtud -¡no cabe ninguna duda de que la debilidad vuelve apacible, ah, tan apacible, tan justo, tan inofensivo, tan «humano»! La «religión de la compasión» hacia la que se nos quisiera persuadir -¡oh, conocemos suficientemente a los hombrecitos y mujercitas histéricas que hoy necesitan precisamente de esta religión como velo y atavío! No somos humanitarios; nunca osaríamos permitirnos hablar de nuestro «amor a la humanidad» -¡alguien como nosotros no es bastante actor para hacer eso! O no es bastante saint-simoniano, no es bastante francés. Uno tiene que estar afectado por un exceso galo de excitabilidad erótica y de una enamorada impaciencia para acercarse con su sensualidad, incluso honestamente, a la humanidad... ¡La humanidad! ¿Hubo alguna vez una mujer vieja más espantosa entre todas las mujeres viejas? (-tendría que ser algo así como «la verdad»: una pregunta para filósofos). No, no amamos a la humanidad; por otra parte, tampoco somos ni de cerca bastante «alemanes», tal como se entiende hoy la palabra «alemán», como para apoyar el nacionalismo y el odio de razas, como para poder alegrarse de la nacionalista sarna del corazón y del envenenamiento de la sangre, por cuya causa se delimita y bloquea hoy en Europa a un pueblo contra el otro, como si estuviesen en cuarentena. Somos demasiado despreocupados para eso, demasiado maliciosos, demasiado consentidos, demasiado bien informados, demasiado «viajados»: preferimos, con mucho, vivir en las montañas, alejados, «intempestivos», en siglos pasados o por venir, sólo para ahorrarnos con eso la silenciosa ira a que nos sabríamos condenados como testigos de una política que vuelve yermo al espíritu alemán, en tanto lo hace vanidoso y es, además, una política pequeña -¿no necesita ella, para que su propia creación no se desmorone nuevamente de inmediato, plantarla entre dos odios mortales? ¿No tiene que querer la perpetuación de los muchos pequeños Estados de Europa?... Nosotros los sin patria, con respecto a la raza y a la procedencia, somos demasiado diversos y estamos demasiado mezclados como «hombres modernos», y, por consiguiente, nos sentimos poco tentados a participar en aquella mendaz autoadmiración e impudicia de razas que hoy se exhibe en Alemania como signo del modo de pensar alemán, y que aparece doblemente falsa e indecente entre el pueblo del «sentido histórico». Para decirlo con una palabra, somos -¡y debe ser nuestra palabra de honor! -buenos europeos, los herederos de Europa, los ricos, sobrecargados, pero también ubérrimamente comprometidos herederos de milenios del espíritu europeo: en cuanto tales, surgidos también del cristianismo y contrarios a él, y precisamente porque hemos crecido desde él, porque nuestros antepasados fueron cristianos, de una honestidad sin reservas del cristianismo, que por su fe estuvieron dispuestos a sacrificar sus bienes y su sangre, su posición y su patria. Nosotros -hacemos lo mismo. ¿A favor de qué, sin embargo? ¿A favor de nuestra incredulidad? ¡No, eso lo sabéis vosotros mejor, amigos míos! El sí oculto en vosotros es más fuerte que todos los no y tal vez que os enferman junto a vuestro tiempo; y si tenéis que zarpar hacia el mar, vosotros emigrantes, también os obliga a ello -¡una creencia !..."

jueves, 10 de abril de 2008

Dos modelos

Estos días he estado contemplando, sólo a ratos, el debate de investidura. En ese hemiciclo ajado por la solemnidad y el vacío, las tardes se desenvuelven interminables y previsibles, como representaciones mil veces repetidas. En realidad, el órgano de representación del pueblo español se muestra, cada vez más, como el decorado de una pantomima de efectos menguantes, ya que todas sus competencias le son sucesivamente arrebatadas por parlamentos regionales voraces. El poder soberano, que nominalmente reside en el parlamento español, ha sido troceado y deconstruido, con lo que el principio moderno básico de indivisibilidad de la soberanía es de hecho inexistente. Poco falta para que el congreso sea sólo un símbolo en el que nada puede decidirse.

Durante la sesión de investidura se ha mostrado de forma patente el modelo de política que se impone a marchas forzadas: la política como reparto de privilegios y mercedes, como defensa de los intereses gremiales, estamentales, territoriales. Los pacientes espectadores que intentaban adivinar la dirección que ha de tomar la política española tuvieron que soportar largas horas de "¿qué hay de lo mío?"; catalanes, vascos, gallegos, canarios, todos acudieron al parlamento a exigir, clamar, amenazar, chantajear, con el fin de conseguir prebendas máximas para sus respectivos gobiernos. Lo que debiera advertirse como un sentido unitario, aunque complejo, se convierte, de esta manera, en la suma interminable de reivindicaciones desordenadas y contradictorias. Existe una confusión nefasta en todo esto: las elecciones generales sirven para elegir diputados que representan al pueblo español, según afirma la constitución todavía vigente, pero una cuidada indefinición permite que esto sea interpretado como que el diputado representa al territorio por el que sale elegido; de este modo, se mezclan dos principios políticos tan contradictorios como irreducibles entre sí: el del individuo y el del territorio. Una reforma del papel del congreso debería dejar claro que los diputados representan al conjunto de la soberanía, porque de lo contrario estamos remontando a la concepción medieval de las cortes, aquella en la que cada estamento y cada territorio se representaban sólo a sí mismos y a sus intereses, no contemplándose la idea de un espacio político compartido del que todos son partícipes. Para establecer una definición clara en este respecto es de primaria necesidad una reforma de la ley electoral que, frente a la equivocidad de las circunscripciones territoriales, establezca una única que reúna a la totalidad los ciudadanos. Sólo así, concibiendo al individuo como sujeto político único, será posible el fin de un desvarío fundamental. Las elecciones generales han de situarse en el marco de un espacio único de perfecta simetría entre sujetos políticos, mientras que es en las elecciones y las cámaras regionales donde es dado representar y reivindicar los intereses particulares de las comunidades autónomas.

Dos modelos de política, dos concepciones del derecho, dos paradigmas de la organización social. Uno es el de la polis ordenada geométricamente en torno a un poder del que todo ciudadano participa de forma simétrica. Es el modelo jurídico de la circunferencia; el otro es el de la desproporción entre sujetos políticos, desproporción proveniente de factores extrapolíticos; es el modelo religioso, ajeno a lo geométrico, más vertical que horizontal, más aferrado al mito del origen de la gens que a la igualdad de la condición política entre ciudadanos; es la condición prerromana del derecho, es decir, la del derecho como privilegio particular y no como norma general. Entre estos modelos es preciso, y ahora, elegir.

lunes, 31 de marzo de 2008

Tiempo y soledad en Peñalcázar


Peñalcázar fue fortaleza mora, después cristiana. Situada en tierra de frontera, en el extremo del Duero, su destino se atuvo a la arbitrariedad de los lances y las batallas de un tiempo dudoso. Algunos historiadores han localizado en ella un "Alcócer" perdido en las páginas del Myo Cid, pero otros, basándose en estudios similarmente hipotéticos, se han encargado de negarlo rotundamente. Durante siglos germinó allí una vida ahora irreconocible; tuvo decenas de casas y una magnífica iglesia cuyo campanario dominaba la basta llanura y sobresalía por encima de las cada vez más inútiles murallas. El tránsito de los siglos, sin embargo, fue agotando el sentido de lo que acontecía en sus calles, y un día, como un signo irrefutable, se desplomó la primera techumbre. Los vecinos fueron menguando como mengua la luz del atardecer, de manera imperceptible pero necesaria. En la década de los setenta, los últimos que abandonaron el lugar se esforzaron por tapiar y sellar puertas y ventanas; así pretendían evitar que nadie entrara en sus casas abandonadas, pero dejaron allí a nadie. Y el tiempo lo invade todo. Las murallas, las paredes, los arcos góticos, las molduras se han ido desdibujando desde entonces, y el paisaje urbano se fue deshumanizando para dejar lugar a la maleza y las alimañas que desordenan los muros caídos. Sólo los buitres contemplan hoy la interminable estepa rendida a sus pies y nadie les planta ya batalla por su posesión.

Decenas de pueblos sorianos, como Peñalcázar, abandonados al desquite de la naturaleza; extensiones incalculables de las que se retira toda forma humana que no sea la del tractor y la carretera rural casi siempre silenciosa. Soria es, de esta manera, la región más despoblada de Europa occidental; según los parámetros demográficos, Soria es literalmente un desierto. Un bello desierto abandonado al tiempo y la soledad.