Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 16 de julio de 2010

Idealista.
Borja Lucena

Hannah Arendt, sobre la terrorífica virtud política del idealista:

"El idealista era el hombre que vivía para su idea -en consecuencia, un hombre de negocios no podía ser un idealista- y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea."   
Eichmann en Jerusalén

martes, 15 de junio de 2010

De la tipificación como "artificialidad" en oposición a la idea "naturalizadora" del mundo.
Carlos Suchowolski

(Nota aclaratoria: Adelanto para su discusión en este foro de la parte más teórica de un post en preparación previsto para mi blog personal y que forma parte de mi novena entrega sobre el particular. Entiendo que esto ha estado saliendo una y otra vez aquí al menos desde que he comenzado a conocer este sitio.)

La marcha del mundo (humanidad parte y mediante) se me presenta como una sucesión de estados emergentes y concatenados como eslabones que se fueran engarzando en la medida en que se crean. Esa marcha (o progreso dicho en el sentido que se emplea cuando se describen las reacciones químicas) me da la idea de un proceso de creación constante, sucesivo, compulsivo incluso, autocatalítico, que cada vez me parece más ajustado llamar de artificialidad; un proceso que al mismo tiempo va considerándose natural por sus actores a la vez que víctimas. en diversos grados (¡y hay grados que han alcanzado el horror!), va, en fin, aceptándose, asimilándose, adoptándose, instituyéndose como... objetivo e incondicional.

Asumir que el proceso produce artificialidad en lugar de aceptarlo como parte del desarrollo natural tiene a mi criterio varias ventajas de cara a la construcción de una narrativa más ajustada, al menos hoy en día, para dar cuenta de lo que nos rodea y de lo que sucede en este entorno; una narrativa más capaz de dar cuenta del proceso detallado por el cuál estamos, cada uno de nostros, haciendo aquí lo que hacemos, hasta cierto punto lo que sentimos desear o lo que consideramos que podemos hacer y nos atrevemos a intentar, lo que se nos impone y lo que combatimos...

De algún modo, podría parecer o ser acusado este enfoque de retrógrado una vez que el dominio (relativo, histriónico diría) de La Ciencia pareciera haber eliminado la barrera idealista que la metafísica clásica estableciera entre lo que autodefinió como propiamente humano y el resto del mundo material o de la naturaleza. En cierto modo es un retorno, pero no un retroceso;y es que dudo mucho que el ser humano pueda hacer otra cosa que no sea una repetición. Sin embargo, en este caso, creo que debería ser considerada de una vuelta más libre aún de implicaciones metafísicas que las que el cientificismo haya podido adjudicarse en vano...

Así, prefiero la alternativa de narración que presenta cada paso de ese proceso como de creación de artificialidad que como producción de hechos naturales.

Esta manera de intentar explicar nuestro estar en el mundo y nuestra marcha, que es lo que en el fondo nos afecta a cada cual a su modo... tiene de entrada una consecuencia interesante: diluye hasta el límite de la extinción la vieja idea de necesidad -subyacente a los intentos de naturalización/divinización de lo humano- en pro de la sistemática institucionalización artificial de cada estancia sucesiva activa; institucionalización que yo atribuiría a la propia eficacia de la marcha, a los logros considerados tales en tanto se convierten en estables, al hecho de que toda construcción humana aparece como buena para la supervivencia y por ende necesaria en la misma medida en que se estabiliza y representa una garantía hasta el momento imprevista, nacida de la prueba satisfecha.

No se trataría sin embargo de productos contingentes, debidos a eso que se llama azar del mismo modo que el espacio vacío se llamara éter para que sostuviera la teoría ondulatoria... No se trataría de fenómenos libres de concatenaciones o relaciones de causa que surgirían sin ton ni son, tan justificables de ese modo unos como otros... No, aunque tampoco de la presuposición de una como otra predisposición, plan o diseño preexistente establecido en el reino de la Eternidad o proveniente del fondo de los tiempos o desde cualquier otra representación del absoluto que pueda ser imaginada (La Caverna platónica incluida). No, se trataría de un resultado consecuente y si se quiere colateral de la propia construcción que, en cuanto logra algún grado de estabilidad y permanencia, ligadas ambas a una cierta satisfacción a la pereza, a la comodidad, a la debilidad intrínsecas del ser humano, reclama para sí la justificación incondicional, el carácter de verdad absoluta e incuestionable como forma de reconocimiento de uno de más de un resultado posible... aunque del que se ha dado. Algo que el ser humano tiende por lo visto de manera inevitable a mistificar y a registrar por medio del discurso y de las normas... idiosincráticamente, por ser el modo de operar de su facultad de conocer, por serle inevitable o impuesto como medio de salubridad del mecanismo, etc., esto no es algo que necesitemos contestar.

En síntesis, la conquista de un estado de supervivencia estable, garantizado en primera instancia en el tiempo (la propia adopción lo afirma y sostiene), sería lo que, simultáneamente, hace del resultado un éxito y un valor.

Así es como creo que funciona esto, es decir, la marcha del mundo habitado por la humanidad o del mundo con seres humanos. Esta es a mi modo de ver la manera en que se mueve de manera cada vez más compleja el mundo como sociedad humana; una manera que me parece justo denominar artificial en tanto creación imaginaria en contraposición a las emergencias naturales que se estabilizan y reproducen sin legitimación argumental, sin tabúes ni incentivos morales, cosas que sólo pudieron devenir tales con la aparición del ser humano o si se prefiere de un determinado grado de conciencia, lo que no puede dejar de ser considerado como el paso a nueva dimensión real pero específica, que en el discurso debe volver a ser entendida como no-natural, como artificial, como propiamente humana. como creación humana inevitable... aunque para nada, por este motivo o en nombre de ello, como algo sobrenatural, nacido de otra cosa que el proceso natural previo y persistente en el que y del que hemos emergido, en el que nos hallamos sumergidos, en el que estamos y del que nos apropiamos para seguir siendo...

Es sintomático que todos los discursos tiendan a negar esta única manera posible de insertar la Historia humana en la de la Naturaleza. La "naturalización" que aparece como la contrapartida del idealismo y la inversión de la Creación Divina como Creación Humana (deux ex machina), no llega nunca hasta el extremo de aceptar que todo, vehículo y contenido del discurso, sea un producto individual que no puede nacer de forma genérica, modélica, conceptual o absoluta, al margen de que el hecho de que nazca sin duda refiere a algo común... que no va mucho más allá de la propia emergencia, es decir, que no tenga una función. Aparte de que "naturalizar" no puede dejar de ser un acto de La Razón que le otorgaría (o devolvería) su carácter a La Realidad (donde la habría descubierto, desenterrado, y restituido luego).

Oh, sí, no hay nada que prefiera el ser humano como tener el mundo enmarcado por un principio y una perspectiva, como hizo al pergeñar, por ejemplo, el Génesis... Así es como, por dar otro, se describe el capitalismo como como si hubiese empezado un día del estilo de aquel momento cero en el que se situara a Dios repentinamente deseoso de poner en marcha el mundo... haciendo repentinamente concretos los sueños que le vendrían a u ocuparían su mente eterna.

martes, 8 de junio de 2010

Sobre la necesidad histórica.
Borja Lucena

I. Mirar el discurrir temporal y ver necesidad, ésa es la gran mixtificación que heredamos del siglo XIX y aún pende sobre la manera que tenemos de mirar la historia. Mirar hacia lo ya acaecido y encontrar en el tiempo un sentido inesquivable y dirigido hacia la realización de un programa. Junto a esto, la contrapartida evidente a la necesidad de lo pasado es la inevitabilidad del futuro. Nos encontramos en la puerta que separa el pasado del futuro -en el justo instante- pero tanto si miramos hacia delante como hacia atrás no avistamos más que un relato ya escrito. Y una certeza: nada nuevo podemos hacer. Cuando Benjamin habló del ángel de la historia nos refirió esta misma imagen angustiosa, la del que es empujado hacia el futuro por tormentas que provienen del paraíso y, al volver la cara hacia el pasado, sólo encuentra ruinas.

II. Los apóstoles de la necesidad histórica presentan, como todo aquel que enarbola la necesidad, una amenaza...¡Ay de quien esté en el bando de los perdedores! Todo relato de la historia dotado de sentido pleno -cuyo desenvolvimiento haya sido despojado de cualquier forma de contingencia- tiene sus kúlaks y su deskulakización, tiene su lucha de razas y el producto miserable de su práctica.

III. Se me ocurre que la visión mística de la necesidad histórica no es una idea caprichosa, sino que obedece a recurrencias ciertas que podemos comprobar a lo largo del tiempo. Es verdad que hay hechos que muestran similitudes sorprendentes. El problema estriba en interpretar que la correlación de condiciones similares de existencia y respuestas semejantes repetida a lo largo del tiempo pueda deberse a leyes deterministas que vinculan inexorablemente causas con efectos. No sé por qué no achacar la repetición de tantos rituales históricos a razones mucho más simples, como, por ejemplo, la falta de imaginación de la mayor parte de los hombres. Como cuando, enfrentados a nuevas crisis políticas, económicas o morales, nos empeñamos en localizar en el pasado las soluciones que entonces resultaron. Digo esto al saber que -en medio de esta crisis que amenaza con asolarlo todo- en la Universidad Autónoma de Madrid se ha intentado linchar a unos científicos judíos. No determinación histórica, sino falta de inventiva y apego imbécil a las recetas inmemoriales: contra la penuria, progromo.

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Refundar el capitalismo?
Óscar Sánchez Vega

Ya sé que es un tópico, pero es verdad, el tiempo pasa rapidísimo y lo que era noticia hace un año parece que ocurriera hace siglos. La crisis que padecemos será digna de ser estudiada cuando tengamos la suficiente perspectiva, pero, desde luego no seré yo quien lo haga. Solo quiero recordar con vosotros que hace poco más de un año nuestros gerifaltes se reunieron con la intención, nada menos, de refundar el capitalismo, reformando y regularizando –está era la palabra clave- el sistema financiero para que una nueva crisis, no pudiera volver a ocurrir. Por aquel entonces al gobernador del banco de España le caían gorrazos por doquier por sugerir que era necesaria una reforma del mercado laboral en España. ¡De eso nada! ¡ni un paso atrás en los derechos de los trabajadores! La solución para salir de la crisis pasaba por un impresionante incremento del gasto público -¡viva Keynes! ¡muera Friedman!- y se puso en marcha el Plan E: cientos de miles de obras por toda España sufragadas con dinero público.

Ocurrió hace solo un año.

Hoy se nos dice que la crisis tiene sus fases y lo que era bueno antes es malo ahora y que se joda el principio de no contradicción.

¿Dónde están hoy esos gallos que iban a refundar el capitalismo?

Lo que me parece cada vez más claro es que deberíamos cerrar todas las facultades de economía- para bajar el déficit- o nombrar decanos de las mismas a Raphel y compañía… total …

miércoles, 5 de mayo de 2010

Necesidades (Deformación) del Profesorado.
Borja Lucena

Se ha abierto la nueva ofensiva. El comisariado político se presta a comandar a un paciente ejército de modas pedagógicas e imperativos de corrección política, a un ejército dispuesto a expulsar del sistema educativo todo resto de lo que el tiempo constituyó como centro de la tarea de enseñar. Las órdenes son ya comunicadas a los cuadros inferiores, las armas puestas a punto para la cruenta tarea; un velo de expectación e incertidumbre se esparce por entre los pupitres y los departamentos, por los pasillos y las jefaturas. Quizás nos encontremos ante la definitiva batalla.

En el claustro de la otra tarde se repitieron los rituales idénticos que adornan estos eventos rutinarios. Todo excepto la novedad que supuso el anuncio de los cambios que se introducirán el curso que viene. El jefe de estudios explicó esa cosa de las competencias, que parece destinada a convertirse en el novedoso estribillo de una canción repetida y monótona. A partir de ahora, se nos dijo, la evaluación va a desplazarse desde las diferentes asignaturas y contenidos científicos específicos hacia las competencias. Esto, por lo que alcancé a entender de un lenguaje al que ni siquiera sus inventores son capaces de hallar significado, quiere decir que los profesores han de dejar de ser conocedores de su materia -o si lo siguen siendo habrá de ser únicamente por afición personal- porque el objeto de su tarea ya no es la transmisión de saberes específicos y articulados en torno a una materia reconocible, sino la gestión burocrática de competencias y la valoración objetiva de grados de satisfacción numéricos y susceptibles de medición estadística. La verdad, si llego a saber que la docencia se iba a convertir en esto quizás hubiese preferido ser registrador de la propiedad.

Pero, ¿qué es eso de las competencias? Esta es una pregunta cuya respuesta es esquiva. Nadie sabe lo que es una competencia, de lo confuso y ambiguo que es el término. Es muy difícil dar significado a algo tan abstracto y general. Es posible, sin embargo, señalar algo:

  1. "Competencias" nombra un vacío, ese lugar hueco que, en su retirada, los conocimientos específicos dejan en la forma de una ausencia. Las vaporosas y pedantes denominaciones de "competencia lingüística", "competencia artística" o "competencia digital" han de traducirse como incompetencia en el terreno del conocimiento o en la capacidad de pensar y reconocer el mundo y sus cosas.
  2. "Competencias" quiere decir fortalecimiento de la autoridad de los cargos políticos sobre la cada vez más incierta del profesor con relación a sus alumnos; en rigor, todas las patrañas sobre eliminar la autoridad o las jerarquías -por su carácter supuestamente retrógrado y autoritario- sólo se hacen efectivas dentro del aula, el único lugar en el que son indispensables para que la actividad allí desarrollada siga teniendo sentido; por el otro lado se fortalecen jerarquías verticales en las que el profesor y su trabajo en el aula ocupan el lugar último y subordinado de una pirámide pesadísima de cargos y especialistas de variado pelaje. La prudente jerarquía pedagógica que tiene que ver con el hecho de la disparidad de conocimientos dada entre profesor y alumno es cancelada en favor de una jerarquía política basada en la amenaza de la violencia estatal, el señalamiento público o el destierro interior. La estrategia es lúcida, ya que eliminando de su profesión la vinculación al conocimiento -en la que pocos inspectores políticos demuestran excesiva competencia- convierten al profesor en alguien que verdaderamente necesita ser instruido y dirigido por los especialistas en poses pseudo-pedagógicas, en tecnologías, en habilidades de obediencia a los prejuicios ideológicos, en el ejercicio de las dudosas artes del besamanos.

La cuestión que aquí se ventila -lo que parece animar toda esta marea de inspectores, de consejeros, de sindicalistas- es la inversión y desactivación del poder que los profesores tienen sobre su actividad docente, esa soberanía tan molesta que el liberalismo llamó "libertad de cátedra". ¿Tiene algún significado todavía esa libertad reconocida formalmente por la Constitución de 1978? ¿Posee alguna presencia efectiva cuando un señor nombrado por otro nombrado por otro puede exigirle al profesor que dé su clase de esta manera o utilice éste o aquél método? ¿No demuestra esa libertad un carácter paródico cuando el inspector le reprende por no usar presentaciones informáticas o no colorear convenientemente sus materiales? Mientras el profesor se dedica a la enseñanza de su especialidad el control sobre su actividad se diluye en la inmensa extensión de la tradición -que escapa a los caprichos de la voluntad del político- y en la presencia invisible de los conocedores de esa misma disciplina. Hay muchos mecanismos y muchas presiones implícitas, pero el auténtico dueño de lo que hace es el profesor mismo que sabe de filosofía, de matemáticas o de lengua española. No es así cuando éste se convierte en un gestor de competencias o un mero médium que el poder estatal utiliza para hacer efectivas sus enseñanzas morales e imperativas sus prescripciones ideológicas. Entonces se somete a un yugo y una disciplina ajena a las del saber y muy familiar a los diseñadores de listas electorales.

Para concluir, tengo que reconocer que me cabrea esta marea creciente de estupidez, y me cabrea también el silencio y la pasividad con que los afectados esperamos a un Mr. Marshall que nos promete sepultar lo que aún perdura bajo toneladas de ordenadores y silencio. Seguramente el problema está en mí, que no he sabido adecuarme a esta esplendorosa modernidad de los tiempos, que no he sabido formarme para ser un profesor de la democrática España del siglo XXI. Por eso, para rezagados y obtusos como yo, existen los centros de formación del profesorado. Quizás todavía esté a tiempo. El CFIE de Soria me ofrece un buen número de posibilidades de formación. Exactamente cuarenta. De ellas, sólo una tiene que ver con el contenido específico de las disciplinas que se supone se enseñan en los institutos. Ahí van otras diez Necesidades de Formación del Profesorado a modo de muestra:

Conocimiento en el área de Educación (sic.)
Gestión del conocimiento
Habilidades personales
Gestión y promoción de valores
Gestión de aula (espacios de aprendizaje)
Atención a la diversidad
Normativa
Gestión de calidad
Actitudes de cooperación y colaboración
Conocimiento de las tecnologías.......

martes, 20 de abril de 2010

Pederastia e ironía.
Borja Lucena

La pasada semana a un cardenal se le ocurrió decir una gran chorrada. Con el fin de hacer frente a las acusaciones contra la Iglesia, el cardenal Bertone señaló algunas investigaciones que vinculan pederastia y homosexualidad. Lo que más me llamó la atención de todo esto no es la existencia de investigaciones de este tenor -pues ya se sabe que, en cuanto a "investigaciones científicas" se refiere, escoja usted la que más le convenga-, ni la piadosa sustitución de la creencia en la palabra de Dios por la fe en la Psicología. No, lo que me maravilló de todo esto fue la capacidad que tienen ciertas chorradas para permitir detectar otras de uso cotidiano. El cardenal, al decir esa imbecilidad, hizo a su vez evidente que el usual argumento que relaciona el celibato de los sacerdotes y la pederastia está a la misma altura majadera.

Aquí todo el mundo se contradice, y yo estoy con Sócrates en que lo peor que uno puede hacer, peor que llevar la contraria a todos los demás, es estar en desacuerdo consigo mismo. En primer lugar, uno de los fundamentales centros del cristianismo es la libertad y la responsabilidad personal que la acompaña. Las acciones no las cometen los sistemas, ni "la sociedad", ni fantasmales entes caracterológicos como "la homosexualidad"; los actos los llevan a cabo los individuos, y son ellos los que han de responder por lo que hacen. Evitar el núcleo libre del alma humana y otorgar responsabilidad a poderes misteriosos que operan a su espalda es tan poco cristiano como estúpido pretender que "la Iglesia" es la culpable de violar y abusar, como si una institución tuviera manos y ojos viciosos.

Al otro lado, en ese frente de límites difusos que suele denominarse progresismo, las cosas son también muy poco socráticas. El domingo leí, como hago habitualmente, el diario "Público" y encontré un clamor escandalizado contra las palabras del cardenal; en la fraseología habitual, los columnistas progresistas se revolvían contra ese ataque desmesurado a la dignidad humana, contra la discriminación referida a la opción sexual; se revolvían contra las fuerzas reaccionarias, el fascismo y la inquisición rediviva... bueno, más o menos lo de siempre. No obstante, sin el menor cargo de inconsistencia, el mantra mil veces repetido seguía siendo el domingo el de los últimos tiempos: el celibato es responsable de la pedofilia de los curas y la iglesia ha de convertirse en una ONG como otra cualquiera....... Sócrates, repentinamente sorprendido, preguntó: "Pero, si aceptamos que esa cosa cursi de la opción sexual no tiene nada que ver con la pederastia cuando a la homosexualidad se refiere, ¿ por qué el celibato sí? ¿ Es que no es una opción sexual?"

sábado, 3 de abril de 2010

Cuatro aforismos.
Borja Lucena

1. La naturaleza es la potencia de crecer, y eso es lo que deja ver el arte como su falta. El arte es incapaz de ser desnuda naturaleza porque en última instancia no puede dejar de ser cosa. Existe ese gran abismo que intenta ser salvado a través de las imágenes, los significados y las metáforas; la metáfora, por ejemplo, hace crecer las cosas, pero nunca tiene raíces que la alimenten y la agarren al suelo. Sustituye las raíces por el suelo fértil de la fantasía, pero eso exige ya el concurso de un alma que morirá. El arte que más se acerca a la potencia natural de crecer es la música. Pero la música también muere.

2. Lo sospechoso de tantos poemas dedicados a la muerte es que están escritos para que los lean los vivos.

3. Lo fraudulento del discurso dirigido contra la política de guerra sin cuartel al terrorismo: donde el pacifismo fundamentalista ve una obsesión por la seguridad no está más que contemplando la proyección de sus propias fijaciones, pues no hay nadie más enfermizamente aferrado a la seguridad que aquel que desiste incluso de luchar por lo que legítimamente le pertenece.

4. El trabajo del psicólogo es injustamente denostado, cuando es quizás el más difícil que nadie pueda afrontar: procurar hacer soportable una vida sin Dios.

viernes, 12 de marzo de 2010

Manifiesto de maestros y profesores.
Borja Lucena

(Desde la página de "DESEDUCATIVOS", David López Sandoval ha promovido la elaboración de un manifiesto ante la situación del sistema educativo en España y la desolación que anuncia el probable pacto educativo entre partidos, que seguramente sólo servirá para sacralizar la ruina patente bajo la justificación del tan injustamente valorado consenso. Aquí os lo dejo)

Cuando la soledad de un amplio colectivo de ciudadanos y la falta de representación política de sus argumentos impelen al desencanto y a la irritación, pero también a la sagacidad, es un deber inexcusable de la sociedad civil tomar la iniciativa y exigir que se tengan en cuenta sus reivindicaciones. Sostenemos como incontrovertibles las siguientes evidencias: que el de los docentes es uno de los colectivos profesionales de España más desguarnecido, más irrepresentado, más desengañado, más enfadado y, en última instancia, más capacitado para denunciar el cúmulo de atropellos que se han ido cometiendo desde hace más de veinte años; que las diversas reformas educativas han fracasado estrepitosamente en todos sus planteamientos y han condenado a generaciones de estudiantes españoles a ser de las peor preparadas de la Unión Europea; que las circunstancias económicas de nuestro país obligan a dar, cuanto antes, un giro radical en las políticas educativas que han venido proponiendo hasta ahora los partidos políticos con representación parlamentaria, ya que, de no ser así, ninguna reforma logrará el objetivo -suponemos que sincero- de sacar a España de la grave crisis en la que se halla inmersa. Por ello, y ante el anuncio de las negociaciones que el Ministerio de Educación está llevando a cabo con diferentes grupos políticos y con los principales sindicatos de la enseñanza, los abajo firmantes (maestros de Primaria, profesores de Secundaria y Bachillerato, profesores de Formación Profesional, profesores de Universidad, padres, madres y ciudadanos en general) nos vemos en la necesidad de exigir:

1 Que el Pacto por la Educación incluya el criterio de los profesionales de la enseñanza que están dando clase -y no sólo de quienes dicen ser sus representantes-, únicos expertos hasta el momento y principales conocedores de la realidad de las aulas españolas.

2 Que el Pacto por la Educación se despoje de una vez por todas de la influencia de modas pedagógicas que no valoran el esfuerzo, la disciplina o la transmisión de conocimientos; limite las atribuciones de psicólogos y pedagogos, tanto en la administración como en los centros, a los fines estrictos de su adscripción, y se atenga exclusivamente a la realidad de unos estudiantes que necesitan con urgencia una formación en contenidos exigente para afrontar los retos del futuro.

3 Que el Pacto por la Educación impida todo intento de manipulación ideológica de los planes de estudios, evite cualquier prejuicio partidista o electoralista, se atenga únicamente a los hechos, detecte los problemas más acuciantes y actúe en consecuencia, sin que se vea lastrado o condicionado por intereses espurios que nada tienen que ver con la enseñanza.

4 Que el Pacto por la Educación no confunda, como se viene haciendo desde hace más de veinte años, la igualdad de oportunidades de una enseñanza obligatoria hasta los 16 años con la uniformidad de capacidades, y el derecho universal a una educación de calidad con la obligación de recibir unos mismos contenidos, exigencia que atenta contra los derechos individuales, niega que existan personas con distintas capacidades físicas e intelectuales o con perspectivas e intereses diversos, e impide que el Estado salvaguarde la legítima aspiración de los ciudadanos a promocionar socialmente.

5 Que el Pacto por la Educación conciba una Enseñanza Infantil que no ignore que los niños de edades comprendidas entre los 0 y los 4 años han de pasar la mayor parte del tiempo con sus padres, aun cuando eso signifique que deban reconsiderarse las actuales normativas que rigen los permisos de maternidad y paternidad y los horarios laborales de los progenitores; que no eluda la responsabilidad de iniciar el aprendizaje de ciertas habilidades intelectuales cuando la capacidad o la inclinación de los alumnos así lo requieran; que no se entienda, en definitiva, como una etapa en la que sus profesionales han de quedar reducidos a ser simples nodrizas.

6 Que el Pacto por la Educación considere la Enseñanza Primaria como el ciclo más importante en la formación del alumno, limite la promoción automática a los primeros años de la etapa, no desdeñe el rigor y la exigencia necesarios para afianzar tanto las habilidades primordiales en lectoescritura y cálculo matemático como los conocimientos básicos de otras disciplinas también esenciales, y no eluda la necesidad de plantear una Primaria hasta los 14 años. Pero que, sobre todo, haga de este periodo de aprendizaje el mejor momento para guiar al alumno en su futuro académico demandándole tenacidad, disciplina y esfuerzo, y detectando a tiempo y prestando una mayor atención a los problemas que puedan surgirle mediante una exigente labor de orientación -labor que sólo tiene sentido y es eficiente en esta etapa- que huya de la inútil burocracia actual y, principalmente, a través de programas de refuerzo dentro y fuera del aula.

7 Que el Pacto por la Educación recapacite sobre la conveniencia de mantener, contra viento, marea y estadísticas adversas, la Enseñanza Secundaria, etapa que se ha revelado como uno de los mayores fracasos de las últimas reformas legales; que conciba, en su lugar, la creación de un Bachillerato de 4 años de duración que recupere el valor del mérito académico acabando con la promoción automática y restablezca la especificidad que le da sentido y que lo define como la etapa preparatoria para los estudios superiores; que se atreva a abordar definitivamente una reforma de la Formación Profesional que convierta esta etapa en el motor más importante para transformar el modelo productivo de nuestro país, y que evite que se la continúe considerando una simple alternativa para aquellos que no pueden acceder al Bachillerato, otorgándole, para ello, 4 años de duración tras la Primaria, dotándola de medios y dignificando sus objetivos mediante el mérito y la excelencia.

8 Que el Pacto por la Educación no condene a los alumnos que fracasan a la precariedad laboral y que incluya con carácter de urgencia, para ello, un tercer itinerario de Iniciación Profesional a los 14 años -de 2 años de duración- que armonice la presencia de las asignaturas instrumentales con una atención especial a materias exclusivamente prácticas, procurando así una cuantificación profesional temprana y una salida laboral digna y suficiente como para no impedir la promoción social a la que todo ciudadano
tiene derecho.

9 Que el Pacto por la Educación plantee un sistema de conexión de los diferentes itinerarios salidos de la Enseñanza Primaria con racionalidad y sentido común, mediante cursos puente o exámenes de ingreso que huyan de la excesiva condescendencia que existe hoy día.

10 Que el Pacto por la Educación evite la impostura de los actuales procedimientos de evaluación del sistema de enseñanza y plantee la urgente necesidad de unas reválidas estatales y vinculantes al final de cada etapa que hagan de los resultados el único y principal indicador fiable de la realidad de alumnado y profesorado.

11 Que el Pacto por la Educación dignifique la figura del docente modificando, para ello, la actual estructura de los centros de enseñanza, facilite su labor rebajando el número de alumnos por aula, restablezca su autoridad devolviendo al claustro de profesores las competencias disciplinarias y restituya su autonomía confiriéndole la competencia para elegir a los directores y otorgando a los diferentes departamentos didácticos la libertad real para elaborar los planes de estudios.

12 Que el Pacto por la Educación dignifique la figura del docente confiando a su único criterio las cuestiones derivadas de la enseñanza, despojándole de atribuciones ajenas a su cometido, acabando de una vez por todas con el absurdo sistema de promoción horizontal, incentivando su carrera mediante la búsqueda del estímulo académico y laboral, que, en todo caso, nada tiene que ver con los cursillos que actualmente organizan sindicatos y centros de profesores y recursos, dignificando el menoscabado Cuerpo de Catedráticos de Bachillerato y concibiendo un sistema de acceso a la función pública docente diferenciado para cada etapa educativa y basado exclusivamente en la excelencia.

13 Que el Pacto por la Educación proponga por fin respuestas serias y contundentes a los graves problemas que sufre la Universidad española, que recorte el número de universidades a fin de evitar la actual infradotación y la mediocridad a las que están expuestas, que reconduzca la vigente política de títulos a patrones de sensatez científica y económica, que racionalice los planes de estudios, que modifique los actuales modelos de gestión administrativa y emprenda una desburocratización en masa, que solucione los antimeritocráticos estándares de selección y de evaluación del profesorado, que reconsidere y adapte a la realidad de nuestro país los dudosos procesos que se han seguido para adoptar los nuevos requisitos de Bolonia, y que potencie programas de investigación con dotación suficiente evitando por ley la influencia política que hoy día impide o pone en entredicho, no sólo la eficiencia y la utilidad de éstos, sino el libre debate de ideas y, sobre todo, el concurso de toda disidencia crítica.

MANIFIESTO DE MAESTROS Y PROFESORES
Por un sistema educativo libre, eficaz e independiente
www.manifiestomp.com

martes, 2 de marzo de 2010

¿Son más reales los átomos que los dioses olímpicos?
Óscar Sánchez Vega

Me propongo abordar en estás líneas no una cuestión cualquiera sino la cuestión por antonomasia: ¿qué es lo real? Obviamente no pretendo establecer reveladoras y revolucionarias conclusiones sino, más bien, ofrecer un bosquejo de algunas importantes respuestas y, eso sí, hacer una toma de partido personal en esta peliaguda cuestión.

Empezaré con un planteamiento que es bastante habitual y compartido entre los filósofos y no tanto fuera del gremio: esta no es una cuestión científica y por tanto la ciencia no nos suministra una respuesta adecuada. Por varias razones.

Primera. Porque no existe algo así como “la ciencia” que hable con una sola voz. Las diferentes disciplinas científicas no son como las partes de un todo que pueden ser ensambladas de nuevo de tal manera que la estructura de la totalidad pueda volver a recomponerse de nuevo. Hoy más que nunca sabemos que no es así: las diferentes disciplinas científicas: física subatómica, química, biología molecular, botánica, geología, cosmología, sociología, psicología, estadística, lingüística etc mantienen muchas veces no solamente posiciones diversas sino incompatibles; parten de posiciones teóricas y metodológicas diferentes e incluso dentro de la misma disciplina hay concepciones totalmente incompatibles (el caso más famoso podría ser la polémica Einstein–Bohr sobre la interpretación de la mecánica cuántica)

Segunda. La pluralidad de las ciencias no puede dejarse de lado desde una perspectiva reduccionista situando a la física como la perspectiva más adecuada para pronunciarse sobre esta cuestión. Los químicos, por ejemplo, podrían aducir, y con buenas razones, que las categorías propias de su disciplina (los elementos químicos) son los más apropiados para reconstruir el mundo en que vivimos. Además, en el supuesto que otorgásemos a los físicos el derecho a decidir es seguro que no se pondrían de acuerdo. Debiera ser motivo suficiente para eludir el cientifismo la ausencia de una teoría unificada en la física (pues la teoría de cuerdas está lejos de alcanzar el consenso requerido) capaz de integrar la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica.

Tercera. Porque aunque diéramos a la mecánica cuántica (por ser la ciencia de las partes más pequeñas y partiendo del supuesto de que lo complejo puede reconstruirse a partir de sus partes) en su versión ortodoxa –interpretación de Copenhague- la autoridad para precisar la respuesta buscada, sus soluciones distan mucho de ser satisfactorias: el problema del observador es un problema no resuelto pues cualquiera de sus soluciones acarrea las más extrañas paradojas; el status ontológico de la función de onda (que viene a sustituir a las viejas “partículas”) es muy confuso (el mismo Bohr señala que la función de onda debe entenderse en un sentido “simbólico”); la existencia de mundos múltiples y de variables ocultas sigue siendo objeto de controversia etc.

¿Se deduce de todo lo anteriormente expuesto que debemos prescindir de la ciencia para abordar la cuestión ontológica fundamental Pues tampoco. A pesar de todo lo dicho si las ciencias alcanzan buenos resultados, y lo hacen, es porque sus premisas y presupuestos no están desencaminados. Si partieran de una concepción completamente equivocada de la Realidad no podrían transformar el mundo de la manera en que lo hacen.

El error de las ciencias consiste en pretender ser la única respuesta.

Lo que no podemos –o no debemos- hacer es medir otras respuestas con el rasero de la ciencia, habida cuenta de las contradicciones apuntadas. Tampoco defiendo el “todo vale”, ni la ausencia de criterios.

Paul Feyerabend plantea en un capítulo de su último e inconcluso libro, La conquista de la abundancia, la pregunta que ha dado pie a esta entrada: ¿Son más reales los átomos que los dioses olímpicos? “Claro que sí”, responde el ilustrado ciudadano del siglo XXI, “¿acaso no avala la ciencia y toda la tecnología que de ella se deriva la existencia de los átomos mientras que de las otras presuntas realidades no tenemos prueba alguna?” La modernidad ha decretado que los dioses homéricos o el dios cristiano no son más que ilusiones, proyecciones de la mente humana que carecen de un fundamento objetivo.

Ante un argumento semejante cabría argüir, en primer lugar, que, tal y como entendieron la mayor parte de los contemporáneos de Demócrito, no hay nada evidente en la existencia de los átomos. Es una cuestión de perogrullo: no observamos, ni tenemos experiencia alguna que avale la existencia de los átomos. “¡Alto ahí!”, clamará el cientifista, “aunque no podamos observar directamente los átomos, ello no significa que no tengamos experiencia alguna de ellos, porque pueden ser detectados mediante alguna de las técnicas de investigación actuales, por lo tanto no son en rigor inobservables, pues de ellos dependen ciertos efectos indirectos —espectros en una cámara de burbujas, polarizaciones, etc. — que hacen necesaria su existencia por vía de la suposición.” Ahora bien, replicamos, esto supone poner, por así decirlo, el carro delante de los bueyes: ¿cómo interpretamos los resultados que nos suministran estas técnicas? ¿qué marco explicativo está detrás de la construcción de tales aparatos? Los datos, como las intuiciones kantianas, son ciegos, solo alcanzan inteligibilidad bajo el auspicio de una teoría… ¿qué teoría? La teoría atómica, por supuesto: el barón de Münchhausen levitando tirándose de la coleta.

Además la ciencia moderna decreta que los átomos en realidad no son “átomos”, puesto que están compuestos de otras partículas más elementales -los quarks- Ahora bien resulta que estas partículas no son “partículas” sino otra cosa que carece de extensión, de tal manera que es imposible dar cuenta de las propiedades macroscópicas de las cosas (mesas, sillas…) a partir de las propiedades microscópicas de las partes que los constituyen. ¿Es realmente evidente la existencia de los átomos?

¿Debemos, por tanto, rechazar la existencia de los átomos? Tampoco; negar la existencia de los átomos no sería muy sensato puesto que el ordenador que ahora mismo estoy utilizando para escribir este texto (y toda la tecnología contemporánea) presupone la existencia de los mismos. Es razonable creer en aquellas entidades en las que se sustenta la moderna civilización postindustrial, pero ello no implica negar la existencia de otras entidades que fueron –o son- claves en la existencia de otras sociedades que alcanzaron -o alcanzan- buena parte de su objetivo, que siempre es el mismo: llevar algo de bienestar, prosperidad y felicidad a sus miembros.

El chauvinismo cientifista es manifiestamente miope: ¿acaso toda la humanidad que nos ha precedido (o al menos, toda la que ha vivido al margen del paradigma científico actual) ha vivido una ilusión? ¿Vivieron todos los griegos en la ignorancia? ¿Sabe más de la Realidad un graduado en la ESO que el viejo Platón? Dentro de doscientos años, por ejemplo, cuando el paradigma científico sea otro, o no haya eso que llamamos “ciencia” ¿habría que concluir que nuestro mundo actual es una ilusión, qué los humanos que vivieron en el siglo XXI no sabían nada de la vida y que es ahora, en el siglo XXIII cuando sabemos en verdad qué es lo Real?

Feyerabend plantea, y antes que él William James, que todas aquellas entidades que han sido altamente significativas y valiosas para la vida de mucha gente que ha transitado -o transita- por la vida habiendo satisfecho razonablemente sus expectativas de felicidad…efectivamente existieron -o existen- . O al menos debiéramos otorgarles una existencia semejante a la que damos a los átomos. La verdad es que igual que ocurre con el caso de los átomos apenas podemos estar seguros de nada y reconocer la propia ignorancia, al modo socrático es la condición previa para llegar a algún puerto.

Lo que sostengo no es especialmente original, muchos filósofos han defendido algo semejante. Lo que defiendo es que la Realidad es inalcanzable, es una idea límite que no puede ser precisada, ninguna filosofía puede agotar o dar cuenta del Ser porque se manifiesta de modos diversos y ninguna de sus manifestaciones puede identificarse con Él.

Algo semejante plantearon los más grandes filósofos: Platón con la idea de Bien, que al identificarlo con el sol nos recuerda a los mortales ícaros que no debemos acercarnos demasiado; Aristóteles, que señala que todas la cosas están compuestas de una morphé inteligible, pero también de hyle, materia primera que es absolutamente indeterminada, pura potencialidad. Por otro lado también nos advierte contra la tentación de conocer el Acto Puro pues este es una inteligencia cerrada sobre si misma y, por tanto, inalcanzable, más allá de la ingenua ambición del intelecto humano. Un caso especialmente interesante y menos conocido es el de Pseudo Dionisio Areopagita (ente los siglos V y VI d. C.), que fue un neoplatónico y místico bizantino que ejerció una considerable influencia en la constitución de la escolástica medieval. Según él, Dios era inefable e inalcanzable, solo podías conocer algunas de sus emanaciones, que surgen de de Él, la luz en primer lugar y después las formas inferiores hasta llegar a la materia. Del mismo modo Spinoza afirmaba que Dios era una sustancia de infinitos e inabarcables atributos, de los cuales solo podemos conocer dos: la extensión y el pensamiento. En el siglo XVIII, Hume afirmaba que nuestro conocimiento ha de limitase a las percepciones y Kant sostenía, como es sabido, que la realidad, el noúmeno, nos está vedado, que nuestro conocimiento ha de limitarse al fenómeno; y, finalmente, ya entre nosotros, tanto Eugenio Trías como Gustavo Bueno vienen a coincidir, cada uno por su propio camino, en esta tesis de la inconmensurabilidad del Ser y la necesidad de conformarse con un conocimiento parcial e incompleto de la Realidad.

La lista no pretende ser exhaustiva, ni mucho menos: la mayor parte de los filósofos, excepto los más furibundos racionalistas y positivistas, aceptan la esencial precariedad del conocimiento humano, especialmente en lo referido a los asuntos ontológicos más básicos y fundamentales. No por ello es inevitable caer en el más profundo escepticismo, como no lo han hecho ninguno de los pensadores citados. Tampoco abogo por abandonar por irresolubles las preguntas ontológicas y centrarse en aquello “que pueda ser dicho”, (por utilizar la expresión de Wittgenstein) creo más bien que la ontología es, como señaló el profesor de Königsberg, una ilusión trascendental y necesariamente debe ser planteada.

Así pues la cuestión, tal y como yo lo veo, queda planteada en los siguientes términos:

1. Desconocemos la naturaleza última de lo Real
2. Tal desconocimiento no es circunstancial.
3. El plantearse preguntas (y respuestas) ontológicas forma parte de nuestra naturaleza. El escepticismo es una postura biológicamente insostenible.
4. Por lo tanto es necesario manejar alguna noción del Ser, formular alguna ontología.

Todo este texto gira en torno a una lectura – la obra póstuma de Feyerabend- y a una intuición, una metáfora: ¿y si el Ser es como el Dios de Calvino? Sabemos que para Calvino los designios de Señor son inescrutables, que no lo podemos obligar a responder a nuestras oraciones, que nunca estaremos seguros si hemos hecho lo suficiente y si estamos destinados a entrar en el reino de los cielos… pero hay señales. Debemos aprender a reconocerlas: si un cristiano tiene éxito en los negocios, muestra fortaleza, perseverancia, valor y espíritu de sacrificio es más probable que sea elegido que otra persona que carece de tales cualidades.

Con la ontología pudiera pasar algo parecido. Desde esta perspectiva podemos afirmar que el enfoque científico característico de nuestras modernas sociedades lleva la marca de “la gracia divina” porque ha generado las “señales” apropiadas: una sociedad capaz de aumentar significativamente la esperanza de vida de las personas, ha mejorado su salud, combatido con éxito la mortalidad infantil, progresado en la igualdad de derechos de todos –y todas- , generado bienestar material etc. Todo ello no es una garantía absoluta de que las categorías que fundamentan la sociedad occidental efectivamente sean verdaderas, esto es, designen con propiedad al Ser, pero es una señal de que no andan muy desencaminadas.

Según el enfoque científico el Ser debe ser considerado desde una perspectiva materialista: ¿qué quiere decir esto? Feyerabend viene a decir que la materia es una de las manifestaciones que el Ser puede adoptar, si le preguntamos a la Naturaleza pertrechados tras un importante aparato lógico-matemático y armados con los modernos aparatos tecnológicos. El Ser nos responde como si fuera estrictamente material. Aun así no deja de mostrarse misterioso y hasta burlón: ora se muestra como partícula, ora como onda, ora se muestra determinado, ora indeterminado…

Ahora bien, otras sociedades también han tenido éxito en el pasado: los griegos lograron construir una sociedad y una cultura donde encontraron calor y seguridad, en ella nació la ciencia, la filosofía y la democracia. Sus ciudadanos la consideraron tan digna de respeto que no dudaron en sacrificar sus vidas por defenderla y en ella habitaban los dioses: Zeus, Apolo, Afrodita… ¿No existían? ¿Por qué? Eran tan reales para los griegos como lo son los átomos para nosotros y tenían tan buenas razones como nosotros para afirmar su existencia.

El calvinismo ontológico que propongo sostiene que:

1. El Ser es inescrutable, inconmensurable y hasta inefable.
2. Sin embargo se nos manifiesta de diferentes formas.
3. Ninguna de esas manifestaciones agota al Ser, ni puede ser identificado con Él
4. Cualquier entidad que suponemos como existente presupone un marco teórico socialmente implantado.
5. No todos los marcos teóricos son iguales.
6. Algunos marcos o enfoques llevan la “señal” de la “gracia divina”: El éxito. No solo material, en el sentido de generar suficientes bienes de consumo; sino también “espiritual”, en el sentido de procurar las condiciones bajo las cuales las personas puedan aspirar a encontrar cierta felicidad - ¿la ataraxia epicúrea?-.

La verdadera dificultad estriba en determinar cuáles son los marcos, enfoques o culturas “exitosas”.

Los antropólogos nos enseñan que el etnocentrismo es la actitud “natural” de todas las personas: tendemos a pensar que nuestras costumbres y creencias son las buenas y naturales y las de otros pueblos equivocadas o bárbaras. Pero el etnocentrismo, como el nacionalismo, se cura viajando y, por ello, está más fundamentada la opinión que sobre la propia cultura tiene el individuo que ha viajado o que conoce otras formas de vida y otros modelos que aquel que vive inmerso en su marco cultural (por lo mismo un antropólogo es alguien más capacitado de lo que están dispuestos a admitir algunos filósofos para terciar en el debate sobre la verdad). En este sentido no podemos situar en el mismo plano la natural preferencia por lo propio en el caso de los griegos, los chinos o los occidentales –que conocían o conocen otras formas de vida- que en el caso de los nuer, los yanomami o los hopi –que viven encerrados en su propio mundo-.

En cualquier caso admito que no es en absoluto fácil determinar cuales son los marcos, enfoques o culturas que favorecen la continuidad y calidad de la vida humana, pero creo sinceramente que este es el meollo del asunto y que habría que tener en consideración algunas variables que, con ciertos reparos, podríamos calificar como objetivas, tales como: la esperanza de vida, la mortalidad infantil, relación entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, el reparto de la carga de trabajo etc.

Después de tan largo viaje, al final, volver a Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Pues claro.