Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

domingo, 22 de junio de 2008

España C. F.


Un acontecimiento. Una respuesta unánime a la pregunta en que se vaciaron gran parte de los esfuerzos intelectuales españoles. ¿Qué es España? España no es Nación, no es realidad histórica, no ha sido nunca imperio. Una idea, "España", discutida y discutible. Hasta hoy, que se ha precipitado una definición que a todos -incluso a la cadena de PRISA ahora ahogada en rojos y amarillos- tranquiliza: España es un gran Club de Fútbol.

miércoles, 18 de junio de 2008

Divertimento

Un oscuro discípulo de Heráclito el oscuro caviló largamente sobre las aporías esgrimidas por Zenón. Sabemos que los argumentos del eléata -tan afamados y convincentes- exponen de modo preciso y sistemático el absurdo de aceptar que haya movimiento; y es que, siguiendo las enseñanzas de Parménides, el ser no puede ser más que Uno, Inmutable, Imperecedero.... No obstante, para el heraclíteo, el logos no podía prescribir a lo real una inmovilidad tan exacta como, para él, fabulosa e inexistente. Decidió por ello encontrar el movimiento en la misma lógica a que atendía el de Elea, y así procedió:
La más célebre formulación de las pruebas de Zenón -y aquí no puedo más que intentar esquematizar- refiere que para alcanzar un punto B desde una posición A es necesario antes alcanzar la mitad del recorrido: el punto C; a su vez, para alcanzar este último punto será preciso alcanzar la mitad de la distancia por recorrer, es decir, el punto D. El núcleo de la argumentación, entonces, es que siempre hay un punto medio que alcanzar antes de llegar a cualquier lugar, incluso el más cercano, por lo que la multiplicación de los puntos hasta el infinito hace imposible alcanzar cualquiera de ellos. La demostración es impecable, pensó el discípulo de Heráclito: como toda demostración bien construida, consiste en el paso necesario de unas premisas a una conclusión. Por ello, concluyó, el argumento se niega a sí mismo: si existe una demostración de la imposibilidad del movimiento, está demostrado que el movimiento existe. El logos se mueve.

viernes, 13 de junio de 2008

Una concepción pragmática de la verdad.
Óscar sánchez Vega

Hace ya más de cien años William James impartió una serie de conferencias por toda Norteamérica donde explicaba qué es el pragmatismo y cuál era su concepción de la verdad. A pesar del tiempo transcurrido la reflexión de James me sigue pareciendo pertinente – desde luego ha envejecido mucho más el contrincante contra el cual James lanzaba sus dardos en esta conferencia: el idealismo de corte hegeliano.-

El interés de James radica, a mi juicio, en su capacidad para hacer un profundo análisis de la noción de verdad, en una dirección muy adecuada, pero alejada del tecnicismo logicista que será característico de la filosofía analítica posterior, especialmente después de Tarski, en relación al asunto de la verdad. A mi modo de ver la minuciosidad del análisis lógico que realizan los filósofos analíticos oscurece, más que aclara, la noción de verdad. En realidad el efecto de estas investigaciones lógicas ha sido el contrario al deseado: buena parte de la filosofía ajena a esta tradición analítica ha abandonado por completo la noción de verdad dejando a los lógicos aislados en su torre de marfil y promoviendo, consciente o inconscientemente, una filosofía mundana de corte relativista.

Las razones para regresar a James son para mi bastante elementales: si queremos evitar el relativismo es preciso manejar alguna idea de “verdad”; si además queremos evitar los excesos positivistas y el realismo ingenuo al que nos aboca la teoría referencialista de la verdad, necesitamos acercarnos a otras concepciones de la verdad. A mi modo de ver, Pearce, Dewey y especialmente William James, proponen una muy interesante noción de verdad que en modo alguno está agotada: una concepción pragmática de la verdad.

El enlace: El significado del pragmatismo.William James

martes, 10 de junio de 2008

Guerra de léxicos

Lo que está de forma ya cotidiana en el discurso de la gente de a pie parece que sigue sin llegar al diccionario de la Moncloa. Todos los indicadores económicos llevan más de dos meses avisando de lo que parece que el gobierno no puede o no quiere darse cuenta: estamos ante una de las peores crisis económicas que haya podido atravesar la democracia española. Los precios del petróleo, la crisis financiera y, fundamentalmente, el pinchazo del ladrillo, amenazan, según algunos a meter de lleno a este país en una recesión económica que, en el mejor de los casos empezará a superarse en el 2010 y en estimaciones más pesimistas abarcará los próximos cinco o seis años. Y las recesiones económicas no son cosas para tomárselas a broma; consisten básicamente en estar cada vez peor... y si estamos mal, echen ustedes las cuentas.

Pero en esta situación el gobierno sigue empeñado en no llamar a las cosas por su nombre; o mejor dicho, en no llamar a las cosas como todos ya las llaman: "crisis económica". Se fuerzan los ministros, empecinados, en seguir manoseando esa palabreja, “desaceleración”, un término traído del lenguaje técnico de la ciencia, que se usa para describir las situaciones en las que la aceleración de un móvil decrece, pero no impide la marcha ni lo detiene, al menos mientras hay desaceleración.

Esta actitud lleva tiempo siendo criticada, en primer lugar, de forma tímida, por la oposición, y en segundo lugar por el cuarto poder, que no deja de señalar que la única forma de empezar a ponerle remedio a los problemas es hacer un buen diagnóstico; columnas de opinión que argumentan en este sentido se pueden encontrar en prácticamente todos los periódicos nacionales en las dos últimas semanas.

Y el gobierno insiste. Hoy mismo el presidente ha defendido en la comisión ejecutiva de su partido que se evite usar el término “crisis” ya que, según nuestro primera cabeza, perjudicaría el prestigio de España impidiendo la llegada de inversión extranjera, absolutamente necesaria en estos momentos. No entraré a considerar que la ejecutiva socialista más parece una comisión de filólogos esencialistas a la búsqueda de las designaciones más acertadas, y tampoco el hecho de que las recomendaciones del presidente llegan tarde, dado que la inversión extranjera lleva tiempo haciendo las maletas. Pero sí quiero detenerme en una impresión mucho más subjetiva: la sinceridad de Rodriguez y con él, de todo el Partido Socialista.

Voy a suponer que cuando Zapatero asegura que el uso del término “crisis” perjudica los intereses de España, está cometiendo un inusual lapsus linguae, inusual porque, aunque muestra la verdad de la intención, el error no se produce de forma inconsciente. Y que, en realidad, en virtud a una asociación muy poco saludable, cuando dice “España” quiere decir “gobierno”. Es decir que, cuando los mandatarios socialistas evitan describir la realidad como ya lo hacemos todos, usando términos como “crisis” o “recesión”, no están pensando en salvaguardar los intereses del estado, sino únicamente los intereses propios, salvaguardar el gobierno.

Pues bien, esto que señalo me sirve para volver a plantear uno de los ya clásicos temas en Feacia, en torno al cual no dejamos de dar vueltas. Algunos de vosotros frente a este hecho, señalaríais de forma inmediata al concepto de “ideología” y seguramente no estaríais desencaminados. El Gobierno Socialista, y con él, todo el partido y los medios de comunicación afines, estarían empeñados en hacer pasar por realidad algo que no es más que ficción, un conjunto de ideas falseadoras y, por tanto, destructoras de la realidad. Frente a este atentado sólo cabría llamar de nuevo a las esencias y hacer presente, a través de la crítica, la realidad pura y verdadera.

A mí me gusta adoptar una descripción de los acontecimientos sensiblemente distinta, aunque no tan alejada este otro pensamiento feacio; prefiero considerar que uno puede moverse dentro de léxicos diferentes a la hora de describir la realidad y, sobre todo, a la hora de hacer algo con ella. Me muevo, como sabéis dentro de una concepción no referencialista del lenguaje, sino más bien “instrumental”. Las palabras, los léxicos, más que formas de referirnos a lo real son herramientas para manipular las cosas.

En uno de los ensayos de Eduardo Sabrovsky, "El desánimo", éste utiliza un término sacado del lenguaje informático para referirse a lo que yo también quiero señalar: la "interface". Es verdad que él allí lo usa para describir el papel de la tecnología y que yo aquí lo quiero emplear para referirme al lenguaje. No estamos, sin embargo, tan alejados puesto que, desde mi punto de vista, el lenguaje no es más que eso, una innovadora tecnología humana para manipular la realidad, “hacer cosas con palabras”.

Como bien sabéis una interface es el modo en cómo podemos manipular de forma “humana” el magma incomprensible e inexplicable de "unos y ceros" que componen un programa informático. Cuando utilizamos software no lo hacemos directamente alterando y cambiando cadenas de unos y ceros, no introducimos nuevos bucles o saltamos de un lado a otro de la cadena de forma directa; y no lo hacemos básicamente porque nos resulta completamente imposible hacerlo. Un ordenador puede procesar millones de números en un segundo pero nosotros somos incapaces de encontrar, en ese mismo tiempo, por ejemplo, la repetición de un bucle de cienmil números. Precisamente por esto utilizamos lenguajes informáticos que se nos presentan como interfaces: eso nos permite hacer todas esas operaciones en forma de pulsar un botón, abrir una ventana, combinar una serie de comandos... etc. Ahora bien, las interfaces que podemos usar para manipular de la misma forma la máquina(o de forma distinta) son seguramente infinitas, tantas como la imaginación de un informático sea capaz de concebir (imaginemos, pues, si hablamos de cien millones de informáticos). Alguien podría objetara mi palabras que no acierto cuando digo que no podemos manipular de forma directa las cadenas de unos y ceros, el magma del software y, seguramente tiene razón; sin embargo yo añadiría que el tipo de cosas que podemos hacer enfrentando la tarea de este modo es tan mínima que resulta irrelevante: es lo que hacían las facultades de informática en los años sesenta y setenta con las antiguas tarjetas perforadas (un exceso intelectual usando esta técnica era, por ejemplo, lograr que una pelotita recorriera la pantalla de izquierda a derecha).

Con el lenguaje ocurre lo mismo; existen léxicos que nos permiten hacer diferentes cosas con la realidad. En unos casos logramos la paz social y en otros desatamos una guerra, en unos casos nos convertimos en un ávido broker y en otros conseguimos que nuestros alumnos aprendan matemáticas. Hay léxicos que hacen mejor unas cosas que otros y la experiencia nos lo ha demostrado, pero no existe ningún léxico que se refiera de forma más auténtica ni más esencial al mundo. Y es verdad que tenemos la posibilidad de referirnos a las cosas de forma tan directa y tan innegable que resulta difícil no creer que efectivamente se puede estar más o menos en lo cierto; si yo digo “hay un árbol frente a la ventana por la que estoy mirando”, resulta ridículo que nadie venga a decirme que realmente ahí no hay nada y que es mi lenguaje quién crea esta situación. Pero igual que con la manipulación directa de los transistores del ordenador, el tipo de cosas que podemos hacer con este juego referencialista es tan mínimo que ni siquiera merece la pena que nos lo tomemos en serio. Wittgenstein advirtió esto con brillantez en el Tractatus: el reino de lo que se puede decir queda tan limitado que la filosofía, la historia, la política o cualquier asunto de los que consideramos verdaderamente importante, incluido el mismo Tractatus, se relegan al silencio o al ámbito el llamaba “lo místico”.

Entonces, volviendo a tomar tierra, ¿en qué consiste el léxico socialista? No creo, como he dicho que sea cuestión de ideología ni de falseamiento, sino que creo que es una potente herramienta para manipular la realidad, una buena interface. La cuestión es ¿para hacer qué? La respuesta se deduce de todo lo que ya he dicho: el discurso gubernamental es evidente no nos va a sacar de la crisis, ni va a producir más paz social, ni va a superar de forma verdaderamente patente las desigualdades y las discriminaciones; y no lo va a hacer precisamente porque no es una herramienta para estos logros. Si quieres cambiar la rueda de un coche no utilizas una pulidora por lo mismo que si quieres pulir un suelo de mármol no sacas el gato del camión. El discurso socialista esta destinado fundamentalmente a producir agrado, confianza y simpatía entre la gente y, ahí, funciona como un tiro, como hemos comprobado en las pasadas elecciones. Zapatero para esto es el mejor y ha sabido usar como nadie esta puerta que deja abierta la democracia.

Intuyo que el que mejor ha sabido ver este asunto es el señor Rajoy; y lo digo porque últimamente se mueve en dos frentes. El primero, lograr que el PP sea competitivo en este mercado de las sonrisas, adoptando un léxico más amable y simpático. El segundo, acusar al gobierno de no hacer justamente lo que deberían hacer: gobernar. Pero claro, resulta un poco incongruente el hecho de que por un lado quiera adoptar el "buen rollito" y por el otro lo censure.

jueves, 5 de junio de 2008

El País contra la familia


Buena parte de la ideología contemporánea del progreso tiene como fin la definitiva deglución de la naturaleza, su aniquilamiento como realidad autónoma e irreductible a los deseos incondicionados del yo. Todo lo que tenga que ver con lo natural ha de ser procesado y planificado, ordenado en torno a los parámetros de la razón pura y abstracta. La realidad, como suponía Fichte, es un límite a la acción que ha de ser suprimido: el no-yo ha de ser eliminado por el yo. El principio del que mana esta voluntad de someter todo lo que, en principio, se muestra en alguna forma indócil es el de la libertad absoluta. Y ya sabemos la dialéctica terrible del absoluto: la forma real de una libertad absoluta pensada no puede ser más que la de una tiranía efectivamente absoluta. El primer Schelling lo expresaba en la forma de una alternativa terrible: o destruimos el yo sometiéndolo al universo, o destruimos el universo en el yo. Tras la especulación idealista vino el terrible poder del estado, encargado de realizar la labor de asimilación de lo espontáneo y fugaz, de ordenar, de planificar y burocratizar lo real. Y así encontramos hoy - solamente limitado por débiles y cada vez más confusos poderes y principios-a un estado burocrático que tiene como objeto apresar todo lo que pertenece al orden natural de la vida, es decir, aquello que se enfrenta a la regulación y la organización puramente racionales.



La enumeración de todo lo que el estado ha de normativizar para alcanzar esa ansiada edad del espíritu es demasiado extensa como para ser emprendida en un breve comentario como este. En el ámbito de la organización social y la vida concreta, la función limitadora de naturaleza la desempeñan ciertas tradiciones tozudas que, pese a todo intento de supresión "racional", se mantienen erigidas como escudo ante el poder impetuoso. No por ello, sin embargo, dejan de ser vehementemente perseguidas por el estado, que alienta íntimamente la esperanza de algún día abolirlas. Una de ellas, sino la fundamental, es la familia. Este carácter fundamental de la familia la convierte en objeto principal del encono de la ideología estatalista, ya que -como suelo nutricio de afectos y relaciones que se desenvuelven al margen de la lógica de la ley- ofrece el carácter de una poderosa resistencia. Pero la ofensiva sigue vigente. Los medios de formación de masas no cejan de preparar el terreno para justificar una futura intervención del estado, y para ello anatemizan las formas tradicionales de vida familiar: demostrando la malignidad intrínseca de la familia muestran también la exigencia de que el estado haga justicia. El estado y sus ideales -esos espectros de palidez extrema que describió Lucrecio- anuncian su justicia sagrada, y la realidad vuelve a conmoverse: el objetivo es ahora fiscalizar los afectos, las pasiones, los pensamientos y emociones privadas, y para ello es preciso eliminar los obstáculos que lo impiden, como es el caso de la intimidad familiar.

En realidad, al empezar a escribir sólo pretendía ofreceros un texto que -como tantas maravillas ideológicas- publicaba ayer El País. Valga lo anterior como introducción al sentido que -creo- tiene la ofensiva periodística contra realidades positivas como la familia. En el artículo que aquí os traigo se establece una vinculación casi determinista entre la familia "tradicional" y la violencia contra las mujeres, lo que sugiere que la intervención penal del estado debe dirigirse -si quiere evitar esta violencia- contra aquella forma "bárbara" de convivencia "machista". No sé qué clase de trauma procedente de su vida familiar afecta al autor, pero, como muestra, un párrafo glorioso:

En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, "hasta que la muerte los separe".
El artículo completo:

domingo, 1 de junio de 2008

Perplejidades

Zapatero: "Tengo hipoteca a interés fijo"

El presidente del Gobierno tiene hipoteca, pero ha dicho que es a interés fijo. Habla aquí el presidente de las dificultades de los españoles para pagar sus casas. Sin embargo, después, fuera de micro, Zapatero nos ha contado que ha sido una confusión y que la hipoteca que tiene no es de tipo fijo, si no que, como la de casi todos, es de tipo variable. CADENA SER - 01-06-2008

¡¡No sabe ni qué hipoteca tiene!! ¿Y este tipo nos va a sacar de la crisis económica?

No puedo menos que recordar cuando Jose Luís le comentó a Sonsoles que había cientos de miles de españoles capacitados para ser presidente del gobierno.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Normalidad democrática

Hace dos días, en el Parlamento, pudimos asistir a un edificante debate: todos los grupos, en mi humilde opinión, argumentaron con corrección y coherencia y votaron en consecuencia, lo cual no es en absoluto habitual.

La ocasión era una propuesta de ley de IU e ICV para la creación de un "protocolo de aconfesionalidad", que básicamente consistía en la supresión de símbolos religiosos como el crucifijo o la Biblia en los actos de tomas de posesión de los cargos públicos, por ejemplo del presidente del Gobierno o los ministros. Argumentaba con coherencia y rigor Llamazares que la presencia de lo elementos religiosos era contraria al carácter aconfesional del estado proclamado en la constitución y se preguntaba: ¿si un día tomara posesión como ministro una persona musulmana van a cambiar el crucifijo y la Biblia por el Corán?
La propuesta de ley fue rechazada con los votos en contra del PP y el PSOE.

El PP, en boca del diputado diputado Eugenio Nasarre, defendió que el Real Decreto que regula los protocolos de los actos de toma de posesión "no necesita modificación". Nasarre, en primer lugar, destacó que todos los presidentes de la democracia, al margen de sus creencias o ideologías, han jurado o prometido la Constitución ante el crucifijo y la Biblia con "naturalidad". A continuación argumentó que "España no es un ente abstracto", más bien "una realidad fraguada en el seno de una civilización con raíces judeo-cristianas", y por ello, suprimir los símbolos citados supone "excluir los símbolos que profesan la mayoría de los españoles". Por último criticó que el Congreso se dedique a debatir en el comienzo de la legislatura, y ante "los desafíos del país", cuestiones como la supresión de los símbolos religiosos.

El PSOE, que tantas veces ha sido fustigado en este blog, mantuvo, esta vez, una posición moderada y sensata. Ramón Jáuregui, secretario general del grupo socialista, toma la palabra para señalar que no es necesario modificar el protocolo porque no hay nada que modificar pues "no hay ninguna referencia a una señal o a un símbolo religioso" en el decreto que regula estas ceremonias. Argumentó que su partido era contrario a hacer leyes que "obliguen" a quitar los símbolos religiosos de las ceremonias de toma de posesión y abogó por "no producir tensiones o rupturas innecesarias", ya que no hacen falta leyes "prohibicionistas", y por dejar que la laicidad avance al ritmo que establece la "convicción colectiva".

Para que no faltara de nada hasta el PNV fue coherente con lo que es y lo que representa pues de acuerdo con su base cristiana no podía ir en contra de los símbolos religiosos y llevado por su anti-españolismo no podía votar a favor de la ceremonia constitucional, así que optó por cortar por lo sano y presentó una enmienda con el fin, no ya de suprimir el crucifijo o la Biblia en las tomas de posesión, sino de eliminar este tipo de ceremonias.

Ojalá esta legislatura siga por estos derroteros y volvamos a ver unidos a los dos grandes partidos de la cámara frente a las pretensiones de los grupos minoritarios. (y esta vez, es de ley reconocerlo, el que dio el brazo a torcer fue el PSOE .)

lunes, 26 de mayo de 2008

El cuadro de Marat y los Manuscritos del Mar Muerto


Esta semana Rafael Argullol publicó una interesante reflexión en su blog en torno al cuadro de Jacques-Louis David sobre Marat. Allí describe el filósofo cómo "toda la preparación iconográfica que hace David para la presentación del cadáver de Marat en la bañera va dirigida a conseguir esa sacralización de lo revolucionario. En ese sentido me parece que este cuadro y el protagonismo de Marat sería la culminación de toda la liturgia, de todos los rituales, de lo ceremonial puesto en marcha por parte de la revolución francesa para parecer no solamente un nuevo proceso histórico sino al mismo tiempo una nueva religión pagana del futuro francés y de Europa. Llama la atención toda la escenografía que se construye en la revolución, la apelación al cambio terminológico de los meses, de los días, el hecho de que la propia razón, centro del futuro de la humanidad, se convierte en la diosa razón. En ese ambiente revolucionario de crear una nueva religión evidentemente se necesitaban nuevos santos, y el que está más por encima de toda sospecha es Marat, llamado por todos a considerarlo incorruptible, incluso más allá de los distintos partidos".

Argullol, como vemos, pone de manifiesto algo muchas veces ya dicho pero que, dificilmente cala en la sociedad contemporánea: todo proceso histórico y toda justificación política implica, queramos o no, aspectos que carecen de justificación fuera de ese mismo proceso, de las instituciones que alumbra y del léxico gestado para mantener la ficción. También la razón, la democracia y el mundo contemporáneo sucumben a este mal posmoderno que, sin quererlo, y mirándose al ombligo, ha descubierto que no hay una única barriga. Tenemos la tentación de denunciar otros léxicos como religiosos, como ideologías paganas, como instrumentos de manipulación y control social, sin darnos cuenta de que todo lo político está aquejado por ese mismo pathos; también la democracia es, como bien ha señalado Deleuze, un poderoso mecanismo de control social, una herramienta ideológica poderosísima.

El cuadro de Marat, tan cargado de los mismos elementos como cualquier otra religión, pone de manifiesto, como bien señala Argullol, el nacimiento de esta nueva fe. Queramos o no, tanto le debe la democracia actual al ginebrino Rousseau, como a sus padres reconocidos, Locke y Hobbes. Sin una poderosa ideología que nos haga vernos como “hombres libres”, que nos obligue a ser libres, no lo seríamos.

Estos son nuestros “manuscritos del mar muerto”.

domingo, 25 de mayo de 2008

Por qué dicen "hablar de música"

Como todo relato, estas líneas tienen también una genealogía, si bien humilde.

Dos corrientes confluyen en la explicación de por qué me he puesto a escribir esto. En primer lugar la difusión de la agenda musical que, vía Internet, el amigo Jorge me facilita. Pensaba en la posibilidad de que incluyera, además de las citas de interés del panorama soriano, una valoración musical de los grupos y obras citados. Creo que así sería un material de aún mayor interés; en segundo lugar, y en relación con lo anterior, una cuestión que, aunque referente a mi biografía, no deja de tener importancia cuando de lo que hablamos es del mundo (creo que nadie me negará el carácter mundano de la música… ¿o sí?); me refiero a cierto interés por la filosofía, quiere decir, por la consistencia de la realidad y su relación con el lenguaje que utilizamos para apresarla y comprenderla. 

Hay algo de lo que actualmente sucede que no puede más que llenar de profunda intranquilidad, y es que el llamado “sentido común” ha dejado de lado algo fundamental que en cierta época pudo recoger del esfuerzo filosófico.Ha olvidado que, antes de hablar sobre las cosas, es preciso preguntarse y saber qué significa hablar sobre las cosas. Por este tipo de cuestiones es por las que tantos han tildado de inútil o herética a la filosofía, pero creo que es prudente, antes de hablar sobre algo, saber qué tipo de discurso es capaz de rozar siquiera aquello de lo que se quiere hablar; saber cómo, a través del lenguaje, podemos acercarnos a la esencia de las cosas, y así poder distinguir entre el lenguaje con sentido y la hueca verborrea.

En realidad, lo que quiero decir es que a menudo aceptamos discursos fraudulentos sobre las cosas con el solo fin de no exponernos a perder el prestigio de pertenecer al grupo de los que “están al día en materia de cultura” (como si esto no fuera ya una contradicción en los términos). Veo a gente inteligente asentir de manera bovina ante las palabras y los gestos de analfabetos que sólo cuentan con la bendición de la ideología dominante, porque conocimiento no poseen ninguno; veo a muchos aplaudir cualquier cosa sólo por contar con la aquiescencia de los profetas que deciden qué es lo que hay que elogiar y qué lo que hay que denostar. Todo está lleno de discursos que no hablan de nada, pero que son universalmente vitoreados por que cuentan la mentira que, por conveniencia, todos gustan de escuchar.

El caso que aquí me interesa es el de la música. La pregunta es sencilla: ¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MÚSICA? Esta pregunta se relaciona también con el estupor que me invade las pocas veces que se me ocurre acercarme a las páginas de crítica musical que invariablemente adornan los periódicos y revistillas del día. No me refiero al ámbito de publicaciones especializadas y referidas a músicas minoritarias o francamente marginales, como es hoy la música occidental de los siglos pasados, sino al de los productos de mercadotecnia vendidos por doquier bajo la denominación de etiquetas diversas y diferentes códigos de barras (rock, heavy, grunge, pop, indie, rap, hip-hop…¡Dios!).

Personalmente, mantengo que la inmensa mayoría de esa llamada música moderna es sencillamente mala, estereotipada y primitiva, de modo que si, tras horas de escucha, alguien encuentra un acorde de dominante con séptima en una pila de discos de los mamarrachos ingleses, americanos o españoles de moda, puede sentirse afortunado. Alguien pensará que yo soy el equivocado, que doy demasiado valor a las palabras, o que soy un fascista intolerante (todo eso tiene que soportar este humilde narrador), pero quien honestamente se asome a las páginas de crítica musical a las que me refiero podrá comprobarlo por sí mismo: no es posible encontrar más que muestras impecables de analfabetismo, y no sólo musical, meros ejercicios de retórica que en ningún caso se refieren a lo que supuestamente tratan de analizar, esto es, la música.

Creo que es oportuno traer un ejemplo que pueda ilustrar lo que vengo diciendo, esto es, que lo que se entiende por hablar de música consiste, básicamente, en evitar con destreza la consideración musical de las obras, si así se nos permite nombrarlas, y hablar de cualquiera de los accesorios que se asocian al glamour putrefacto de esa supuesta música.Un mero pretexto para ser reconocido como uno más por los seguidores ovejunos de lo último. La lectura que me ha trastornado hasta el punto de llegar a necesitar escribir todo esto pertenece a un suplemento de fin de semana adjuntado a un periódico de tirada nacional .

El fin, quizás vano, que persigo al hacerlo es dar la oportunidad de que, entre tanta gente apuntada a la lista de Jorge, alguien me pueda explicar el sentido de tamaño despropósito. El artículo en cuestión es una pretendida crítica sobre la carrera de alguien que se hace pasar por músico, aunque nada en el texto hace sospechar que efectivamente lo sea. El artista, quede dicho, es para mi un completo desconocido, por lo que esto no es un intento de devaluar de antemano su obra, que tampoco he tenido el placer de escuchar. Por otro lado, la lectura de la reseña no me ha empujado a desearlo. El autor del artículo dedica a este simpático personaje una página entera en la que no es capaz de decir nada sobre música. No hay más que fórmulas acuñadas y bendecidas por el uso y la costumbre, pero carentes de significado. Todo el artículo es un pesado recorrido por una nada ornamentada en base a clichés y lugares comunes. Vuelvo a insistir: ¿cómo puede pasar esto por crítica musical? ¿Es tan poderosa la connivencia de los engañados y los engañadores como para hacer pasar por buena la moneda falsa?

Sumido en mi ingenuidad, yo pensaba que el análisis musical de una obra tenía que ver con lo que aún realizan algunos carcas reaccionarios en los conservatorios; quiere decir: estudio de la armonía de la obra y consistencia de las líneas melódicas, de la figuración rítmica, de las formas compositivas e innovaciones que pueden afectarla, de la naturaleza de los timbres utilizados….No sé, pensé que hablar de algo es penetrar en la cosa misma, y no rodearla sistemáticamente sin avistar siquiera su contenido. Una lectura medio atenta del artículo aquí considerado no puede escapar al carácter de farsa, de simulacro desvergonzado, que tienen todas las expresiones que, pretendidamente dirigidas a evaluar y analizar la música, no hacen más que resbalar por la superficie sin llegar a atrapar nada que sugiera elemento musical alguno. El uso del lenguaje es repetidamente tramposo, y el uso de las metáforas se convierte en delator de una ignorancia completa de lo que a la música se refiere. A una retahíla carente de interés sobre la vida y circunstancias del artista en cuestión se le añade una serie amorfa de términos que supuestamente se dirigen a describir y calificar la música. Todo consiste en utilizar metáforas comunes y manoseadas con el fin de que el público crea comprender algo allí donde no dice nada. Así, como remedio ante la incapacidad de usar conceptos que refieran a la música en sí misma, el articulista elige una serie de adjetivos de los ámbitos más dispares y los presenta como pertenecientes a su dominio.

Afirma: Su siguiente trabajo, Mutations (1998), fue todo lo contrario: un disco pausado y orgánico que se grabó en dos semanas

¿Qué dice sobre una obra el calificarla de pausada? ¿Qué quiere decir? Como mucho, se puede admitir que, refiriéndose a los tempi, se acerque al extrarradio de lo musical. Poco más. En cuanto a lo de orgánico, parece servir tanto para un anuncio de champú como para los discos de los músicos modernos. El truco evidente es utilizar calificativos procedentes de ámbitos sensoriales, artísticos o experienciales distintos, y hacerlos pasar por propios del oído y la música:
se trata de un CD casi conceptual;

o, también: el reciente information es un compedio de Hip-hop y música electrónica con un
tono menos alocado y más reflexivo, producido por...

Etiquetas repartidas por todo el texto que no dicen nada, en general, y, por supuesto, nada de música. El resultado al que cabe enfrentarse es de una pobreza desconsoladora: el analfabetismo convertido en sistema, la apología de la ignorancia y la estafa. El lenguaje se convierte, antes que en presentación de una realidad, en camuflaje que disfraza la nada; o si no, ¿qué significado tiene decir:

Se convierte en icono de la generación x (sic.) con una estrategia de reciclaje cultural en un personal crisol de rock, Folk, hip-hop, psicodelia y mil cosas más.

Esto es la ilustración más perfecta de lo que los miembros del círculo de Viena denominaban lenguaje sin sentido, quiere decir, un conjunto de proposiciones que, aunque aparentemente significantes, no dicen nada acerca de la realidad, siendo no más que vana logomaquia. Es necesario decir que lo de personal crisol queda muy bien; el problema es que todos los periodistas repiten sin cuento lo de personal crisol cada vez que quieren hablar de un artista y no saben decir nada sobre el arte, por lo que al final queda muy impersonal: todos tienen su personal crisol. Nada diremos sobre la gramática absurda de la frase.

Dislates comparables se repiten una y otra vez, de tal modo que el artículo termina del mismo modo monotóno y vacuo con que comenzó. ¿Por qué esto pasa como crítica musical o comentario acerca de la música? ¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MÚSICA? CODA De aquí viene el que casi todos los filósofos confundan las ideas de las cosas, y hablen de las cosas corporales espiritualmente y de las espiritualescorporalmente. Porque dicen audazmente que los cuerpos tienden a bajar, aspirana su centro, huyen de su destrucción, temen el vacío, que la naturaleza tieneinclinaciones, simpatías, antipatías, todas cosas que no pertenecen más que alos espíritus. Y hablando de los espíritus los consideran como en un lugar, y les atribuyen movimientos de un lugar a otro, cosas que no pertenecen sino a loscuerpos (…).BELLEZA POÉTICA.- Al igual que se dice belleza poética, debería decirse tambiénbelleza geométrica y belleza medicinal; pero no se dice. La razón es que se sabecuál es el objeto de la geometría, que consiste en pruebas, y cuál es el objetode la medicina, que consiste en la curación; pero no se sabe en qué consiste elagrado, que es el objeto de la poesía. No se sabe lo que es este modelo naturalque hay que imitar. Y a falta de este conocimiento se han inventado algunostérminos curiosos: “siglo de oro, maravilla de nuestros días, fatal”, etc., y sellama a esta jerga belleza poética. Blaise Pascal, Pensamientos; 33, 72

Borja Lucena

viernes, 23 de mayo de 2008

¿Es la izquierda moralmente superior a la derecha?
Óscar Sánchez Vega

Es este un estereotipo asumido no solo por la izquierda sino también por buena parte de la derecha. ¿Dónde están los españoles que votan al PP? ¿No trabajan? ¿No salen por los bares y restaurantes? Si tuviera que juzgar por mi experiencia no podría creer, ni sospechar que el PP obtiene 10 millones de votos en las elecciones generales. ¿Cuál es la explicación? ¿Acaso se muevo por ambientes muy “rojos”? No creo que sea el caso. Más bien pienso que buena parte de los votantes del PP callan o se avergüenzan de su opción política porque explícita o implícitamente asumen el prejuicio de que la izquierda es moralmente superior a la derecha.

En estos foros varias veces se ha criticado el prejuicio como una falacia que surge a partir de la propaganda progresista. Se ha defendido igualmente que la moralidad de las personas nada tiene que ver con esta distinción política o que ni siquiera existe tal distinción y por tanto la frase carece de significado. Lo que voy a defender en las siguientes líneas es: primero, que la distinción entre izquierda y derecha tiene sentido, sirve para introducir orden y racionalidad en la teoría y praxis política; segundo, que es posible establecer vínculos y relaciones entre la ética y la política, en un sentido semejante al establecido por Aristóteles, y, tercero, que el estereotipo como tal es falso, es obvio que las personas de izquierda no son más “buenas” y honradas que las de derecha, pero como todos los estereotipos tiene un poso de verdad que es preciso reconocer , clarificar y sacar a la luz.

Para acometer esta empresa voy a proceder conforme al método cartesiano: analizo la proposición reduciéndola a sus ideas simples y la reconstruyo de nuevo. Por tanto en primer lugar lo que debo hacer es explicar qué entiendo por “izquierda”, “derecha” y “moral”, teniendo en cuenta que mi indagación no pretende ser exhaustiva, ni especialmente novedosa, ni nada de eso. Procedo bajo un principio pragmático: intentaré centrarme en aquellas connotaciones semánticas que sean relevantes para solventar el problema planteado y dejaré de lado otras muchas que no incumben al asunto expuesto.

¿QUÉ SIGNIFICA “IZQUIERDA”?

Así planteada la pregunta da como miedo. Insisto en lo limitado de mi indagación: no pretendo agotar el significado del término sino solo alguno de sus aspectos.

En primer lugar lo que llama la atención del término en cuestión es su carácter no unívoco, la pluralidad de significados que conviven de manera contradictoria bajo el mismo rótulo: de izquierda dicen ser Fidel y Zapatero, Lenin y Rosa Luxemburgo, Bakunin y Mao etc. De izquierda se dice el comunismo, el socialismo, el anarquismo o la socialdemocracia; y por último también hay filosofía de izquierda (izquierda hegeliana) o arte de vanguardia de izquierda etc. Un lío.

La noción de “izquierda” se nos muestra como un concepto confuso y oscuro que es preciso aclarar. Se impone ir acotando el término y lo voy a hacer, en primer lugar, limitando esta reflexión a la izquierda política, dejando pues al margen el uso del concepto en otros campos, como el arte o la filosofía. Aun así el material es tan vasto que preciso de una estrategia que bien pudiera inspirarse en el método genealógico: es posible que aquellos que utilizaron por primera vez el término en su connotación política se movieran en unos parámetros mucho menos complejos que los actuales y nos ayuden a comprender la noción.

Es sabido que el origen político del término procede de la Revolución francesa cuando a los representantes del tercer estado los situaron en la Asamblea de 1789 a la izquierda de la presidencia mientras que los defensores del Antiguo Régimen se situaron a la derecha. Pero esta no puede ser una situación originaria ¿por qué a los revolucionarios los situaron a la izquierda y a los conservadores a la derecha? ¿fue casualidad? Creo que no.

Es muy posible que el rebasamiento del significado topológico de los términos “izquierda” y “derecha” proceda del lenguaje religioso. Sabemos que al Hijo le está reservado un lugar a la derecha del Padre y antes ya se aplicaban los términos a Jehová, Zeus o Júpiter. El término “derecha” incorpora atributos morales: el bien y el orden; y por el contrario la “izquierda” el mal, el desorden, la rebelión de Lucifer. También adquirirán con frecuencia los términos derecha e izquierda connotaciones temporales y no solo espaciales: la derecha indica lo más originario, lo primario, por tanto, lo antiguo, lo viejo; la izquierda adquirirá en cambio la connotación de lo que es nuevo y moderno.

La composición de la asamblea francesa de 1789 recoge esta tradición al situar a los partidarios del Antiguo Régimen a la derecha y a los representantes del tercer estado a la izquierda. Esta izquierda revolucionaria tiene como objetivo la caída del Antiguo Régimen y la articulación de una nueva Nación política de ciudadanos libres e iguales organizados en torno a un estado centralista donde están llamados a desaparecer no solo los estamentos sociales sino también los departamentos territoriales.

La inspiración filosófica de los jacobinos es múltiple, pero es preciso reconocer que la noción roussoniana de voluntad general ocupa un lugar preferente en su doctrina política. La soberanía debe recaer en el pueblo y los gobernantes deben estar al servicio de la voluntad general que es la voluntad del pueblo. Desde esta atalaya, la de la voluntad general, todos somos iguales, es más, el establecimiento en cada caso concreto de lo que es la voluntad general presupone la igualdad de los ciudadanos pues desde una situación de desigualdad no es posible establecer la voluntad del pueblo porque los poderosos, como bien supo ver Marx, siempre harán pasar los intereses de su clase por encima del interés general.

Soy consciente de que simplifico mucho, pero de ahora en adelante voy a llamar izquierda a toda opción política que admita, implícita o explícitamente, estos presupuestos. ¿Qué es la izquierda? Una posición política que privilegia la idea de igualdad por encima de otras ideas o valores políticos: la libertad, la tolerancia, la paz, la independencia, el orden etc. Hay una idea sin embargo que no puede situarse por debajo de cualquier otra: la justicia. Tal y como yo lo veo toda opción política de uno u otro signo aspira a alcanzar la justicia, este es el único telos de toda praxis política por tanto no nos sirve como criterio clasificador. Es preciso preguntarse ¿qué es lo justo? La persona de izquierda responde: ante todo, la igualdad.

Las diferentes corrientes de izquierda, - comunismo, anarquismo, socialdemocracia…- se diferencian en que conjugan la igualdad con el resto de ideas políticas de diferentes maneras. Así los anarquistas conjugan la igualdad con la libertad, pero no con el poder o la racionalidad; los socialdemócratas conjugan igualdad con legalidad y democracia; los comunistas con orden y razón, pero no con libertad… etc. Un corolario de la tesis que sostengo es que la izquierda es internacionalista o no lo es. La aplicación política de la idea de igualdad, especialmente cuando se articula con la idea de racionalidad, es incompatible con un burdo nacionalismo que establece fronteras naturales entre los hombres.

A estas alturas pienso que ya se me ve el plumero platónico; entiendo la teoría política como una suerte de simploké que establece relaciones diferentes entre las ideas y la izquierda como una familia de teorías que tienen en común otorgarle a la idea de igualdad un lugar preferente en la red eidética y todo ello sin necesidad de otorgar trascendencia alguna a las ideas: estas no son más que construcciones teóricas con un origen histórico determinado y una función pragmática que consiste, en el caso en que nos ocupa, en orientar la praxis política. Entiendo las ideas al modo de Foucault como algo intermedio entre las palabras y las cosas: no tienen la evanescencia de las primeras, ni la consistencia de las segundas.

Quiero por último insistir en el alcance de esta reflexión: no pretendo dar cuenta de todas las opciones políticas que se dicen de izquierdas, ni otorgar patentes de izquierdista cabal, ni siquiera dictaminar lo que debe ser la izquierda. Propongo una definición simple que solo pretende tener un valor pragmático, y si me apuran personal: puede servir para cribar y racionalizar las propuestas políticas. "Izquierda" y "derecha" no son más que construcciones sociales arbitrarias que utilizamos para introducir algo de orden e inteligibilidad en un material que de lo contrario se nos manifiesta confuso e ininteligible. Podemos pensar, como Borja, que no son los conceptos más adecuados, pero entonces ¿cuáles lo son? Pienso que la labor de la filosofía no es cambiar los conceptos que de hecho son operativos y funcionan en la sociedad sino todo lo más como la academia de la lengua: limpiar, fijar y dar esplendor – y acaso ya sea excesivo-

¿QUÉ SIGNIFICA “DERECHA”?

Obviamente lo términos izquierda y derecha son complementarios y no pueden existir uno sin el otro, por lo tanto la derecha tiene el mismo origen que la izquierda: la Revolución francesa. Como hemos comentado los parlamentarios franceses defensores del Antiguo Régimen y partidarios de una reforma moderada se situaron a la derecha en la Asamblea Nacional de 1789. Los partidarios de esta derecha, que en adelante denominaré tradicionalista, no se definían tanto por una idea cuanto por todo un campo semántico, el compuesto por las ideas de: tradición, religión, Dios, patria, familia, leyes viejas, monarquía etc.

Si cambiamos la mirada desde los orígenes hasta la actualidad pienso que los herederos de esta derecha tradicionalista son solo parte de lo hoy denominamos derecha pero no la totalidad, ni siquiera la parte fundamental. La mayor parte de lo que hoy consideramos derecha proviene de una escisión de lo que antaño se entendía como izquierda. A lo largo del siglo XlX y principios del XX el moviendo obrero radicalizará la izquierda y, progresivamente, la burguesía liberal, que había sido la vanguardia de la Revolución del 89, es caracterizada como parte de la derecha y en la medida en que el moviendo obrero cobra fuerza, efectivamente se establece una alianza coyuntural entre la burguesía liberal y los tradicionalistas, de tal modo que los enemigos acérrimos en el XVIII acaban estableciendo una alianza ante el acoso de la izquierda radical.

Así pues entiendo que lo que hoy llamamos derecha forma parte de dos familias políticas bien diferenciadas, de tal modo que la hetereogeneidad de la derecha es aun más profunda que la de la izquierda pues la primera se articula en torno a una idea clave y la segunda solo tiene en común un pacto coyuntural de resistencia frente a las pretensiones revolucionarias de la izquierda radical.

En cualquier caso es preciso analizar la naturaleza de este pacto para comprender lo que hoy llamamos derecha. Mi tesis es la siguiente: el tradicionalismo solo abraza el liberalismo cuando está en condiciones de inferioridad, cuando considera imposible hacer comulgar a la mayoría de la población con los valores que defiende, entonces se torna liberal para, al menos poder seguir viviendo conforme a sus ideales. Estamos pues ante un pacto anti-natura forzado por las circunstancias porque en principio son dos familias antagónicas: los liberales son de raigambre ilustrada y al igual que la izquierda intentan racionalizar el material político tomando como idea clave la libertad – en lugar de la igualdad- . Del mismo modo que con la izquierda hay distintas formas de ver el liberalismo – desde el liberalismo español de las Cortes de Cádiz hasta los neocons americanos – que se caracterizan por articular de diferente forma la idea de libertad con el resto de ideas políticas, pero siempre otorgando la primacía a la libertad individual. ¿Qué es un estado justo? El liberal responde: aquel que salvaguarda mejor la libertad individual.

En cambio los tradicionalistas no sienten apego a la libertad individual. El tradicionalismo supone un puente entre la legitimación tradicional del poder propia del Antiguo Régimen y el Romanticismo del XIX, puente que permite transitar sin mojarse o contaminarse por el turbulento caudal ilustrado del XVIII. El objetivo de los tradicionalistas no es ya urdir una simploké conceptual que les permita actuar políticamente (que es el caso de los liberales y los socialistas) sino recuperar un modo de vida más genuino que no requiera de una justificación racional, un modo de vida anclado en la religión y la tradición que tiene como fin conectar al individuo con la Tierra, la lengua, y la cultura de los antepasados para mitigar su soledad y dar sentido a su existencia.

¿QUÉ SIGNIFICA “MORALMENTE SUPERIOR”?

Antes de responder a la cuestión planteada quiero incidir en algo ya apuntado: la conveniencia de articular ética y política en un sentido próximo al que propone Aristóteles. Ética y política no son conjuntos disjuntos, es más, solo entiendo la política en vinculación directa con la ética: la política se pregunta por la mejor forma de organización social porque solo dentro de la polis es posible llevar una “vida buena” que es a lo que todos aspiramos. Las distintas formas de organización social favorecen o dificultan la obtención de la vida buena y viceversa, en función de cómo entendamos lo que es una buena vida optamos por un modelo de organización política u otro. Por tanto la pregunta de si una opción política es “moralmente superior” a otra, me parece en principio inteligible y con sentido.

Evidentemente lo”moralmente superior” es lo óptimo desde la perspectiva moral. Ahora en bien, ¿en que consiste la perspectiva moral?

Para contestar a esta pregunta voy a hacer uso de los términos “moral” y “ética” en un sentido semejante a como los entiende el materialismo filosófico de Gustavo Bueno. La justificación de estos significados solo voy a esbozarla porque se aleja del objetivo de este artículo, pero en cualquier caso no me preocupa demasiado porque repito que considero los conceptos desde el punto de vista pragmático por lo que no veo una necesaria una fundamentación última de los significados propuestos, ni una refutación de otros significados alternativos. Yo mismo utilizo con mis alumnos de 4º de ESO la consabida acepción de moral como el conjunto de normas y valores aceptado por un colectivo social y ética como filosofía moral. Sin embargo aquí voy a emplear los términos de manera diferente. No creo que sea contradictorio porque no se trata de determinar la esencia de “la moral” o “la izquierda” sino de pulir estas palabras de tal modo que nos resulten útiles para estructurar y ordenar la experiencia política en un sentido semejante a como las categorías kantianas hacían posible el conocimiento humano. En cualquier caso el desplazamiento semántico de un término filosófico siempre ha de ser respetuoso con la etimología y con la tradición pues de lo contrario estaríamos creando un lenguaje privado sin relevancia crítica alguna. Sabemos que ética procede del término griego ethos que viene a significar carácter; y moral del latino mores que significa costumbres. Utilizamos, sin saber muy bien por qué, expresiones como “moral estoica” y “ética epicúrea” (pero no al revés: no decimos “ética estoica” y “moral epicúrea”) que no pueden justificarse desde la definición convencional-didáctica de los términos.

Bueno propone utilizar el término ética para referirse a las relaciones que se establecen entre las personas desde la perspectiva del individuo y moral para referirse a esas mismas relaciones pero desde la perspectiva del grupo. El fin de las relaciones éticas es el bien de las personas mientras que el fin de las relaciones sociales es la justicia social. Buena parte de los dilemas éticos pueden entenderse como la confrontación, en relación a un mismo tema, de una perspectiva ética contra un punto de vista moral. Por ejemplo, desde la perspectiva ética no hay nada más sagrado que la vida de un individuo, pues el fin de las normas éticas es conseguir que los individuos perseveren en la vida, por lo que la pena muerte debe ser vista como una aberración. Sin embargo desde la perspectiva del bienestar del grupo puede ser necesaria la eliminación de algún individuo especialmente dañino para la comunidad; no es inmoral la pena muerte, es contraria a la ética. Por eso los debates en relación a este tema muchas veces se parecen a un diálogo de besugos: unos hablan de una cosa, otros de otra; unos desde una perspectiva ética, otros desde un punto de vista moral. Lo mismo cabe decir en relación a problemas tales como el aborto, la eutanasia, la insumisión etc.

Así pues llamo “moralmente superior” a lo que fortalece a la sociedad, a lo que supera el interés individual en aras del bien común, mientras que llamo”éticamente superior” a lo que fortalece al individuo en el mismo sentido que apunta Spinoza: la virtud ética por excelencia es la fortaleza que se manifiesta como firmeza ante uno mismo y generosidad ante el resto de la humanidad.

CONCLUSIONES

¿Es la izquierda moralmente superior a la derecha? Sí. Porque el discurso de izquierda, si lo es, debe estar orientado a materializar la igualdad en una sociedad dada y esto es óptimo desde la perspectiva moral porque una sociedad más igualitaria es más fuerte, justa y cohesionada lo que debe admitirse como un logro moral.

Ahora bien ¿Es la izquierda éticamente superior a la derecha? Pues depende. A mi modo de ver la derecha liberal es éticamente superior a la izquierda porque un estado liberal favorece mejor que ningún otro el objetivo que planteaba Nietzsche en el segundo tratado de la genealogía de la moral: criar un animal al que le sea lícito hacer promesas, esto es, un individuo fuerte, autónomo y responsable que tenga en sus manos el futuro, capaz de adecuar el mundo a su voluntad y no plegarse ante lo establecido.

¿Y qué pasa con la derecha tradicionalista? Para mí resulta obvio que esta derecha, al igual que la izquierda, apunta a un objetivo moral, no ético, pero una cosa es lo que pretende ser y otra lo que efectivamente es. Como el universo de discurso del tradicionalismo es completamente arbitrario (la raza, el pueblo, la nación…) su praxis política no pude ser moral porque no puede universalizarse, en el sentido de la moral kantiana. Por ejemplo ¿en que sentido puede ser moral imponer a los inmigrantes la firma de un documento en el que se comprometen a respetar las costumbres y cultura del país de acogida? Tal vez ese objetivo favorezca la cohesión y fortaleza de una de la cultura receptora pero no puede ser un objetivo moral por la sencilla razón de que las costumbres y las culturas son diversas y hasta incompatibles. Este es un ejemplo de lo que pudiera proponer y propone una derecha tradicionalista ante lo cual solo cabe recordar que lo único que el estado debe exigir al inmigrante, desde una perspectiva ilustrada de la política, es lo mismo que al resto de ciudadanos: que cumpla la ley.

Pdt : De todo lo anterior se deduce que una izquierda liberal es la mejor opción política desde una perspectiva ética y moral lo que me recuerda una metáfora de Nietzsche: “Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. “