Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

lunes, 28 de enero de 2008

Federalismo cultural

En política existen propuestas y acciones peligrosas, así como propuestas y acciones ridículas. El gran mérito del gobierno actual ha sido conjuntar lo ridículo y lo peligroso de tal manera que, a menudo, el carácter paródico de tantas decisiones impide percibir el contenido demoledor que albergan. El gobierno ha consumado el carácter escénico de la política. Su género predilecto, aunque apunte a una tragedia latente, es el de la comedia, como demuestra su pericia para provocar la carcajada. La política, por fin, se destapa; se arranca la máscara de la honestidad y el respeto a las leyes, pero lo hace con tal sentido cómico que oculta el ruido y el destrozo tras de las innumerables y sonoras risas. Día a día -y más a medida que se acercan las desazonantes elecciones generales- desgrana propuestas disparatadas más propias del teatro del absurdo que de cualquier política razonablemente asumible. La última que he leído supone el colmo del ridículo, pero también presenta una amenaza cierta para la siempre frágil vida de todo lo que reunimos bajo el nombre de "cultura". El programa del PSOE -a iniciativa de los barones feudales catalanes- incluye la propuesta de promocionar el "federalismo cultural". El ridículo de la expresión es notorio y no necesita más explicación. Estamos acostumbrados a la proliferación de conceptos imbéciles desde que los nacionalistas y los "progresistas" legislan también sobre el lenguaje. La amenaza que esta estupidez representa es clara: desintegrar la cultura española, trocearla, despedazarla hasta que se convierta en una muestra histórica de algo que, a lo sumo, alguna vez existió; en su lugar se multiplicarán las fábricas de pensamiento y arte subvencionados por los diversos gobiernos locales, se terminará de expulsar de las actividades culturales a todo el que muestre valía y libertad para convertirlas en sinecuras con las que premiar a los inútiles políticamente fieles. Lo fundamental no es que se consiga la sustitución de una cultura por otras -lo que parece ser un proceso inevitable del devenir humano-, y ni siquiera que una cultura de superiores realizaciones materiales -tanto históricas como contemporáneas- vea ocupado su lugar por una pléyade de culturas subsidiarias e insignificantes en relación a la historia del mundo. Lo fundamental es que la "federalización cultural" significa la extinción de toda forma de cultura genuina -caracterizada no por la extensión, sino por su alcance y significado universales- para poner en su lugar un remedo hueco, mentiroso y dependiente del capricho del poderoso.

Leyendo la "poética musical" de Stravinsky me vino a la cabeza el glorioso "federalismo cultural"; el músico ruso, sin conceder nada a la nauseabunda "tolerancia" y corrección política contemporáneas, afirma sin ambages que la extinción del universalismo supone el fin de la cultura propiamente dicha. Queda lo demás, todo aquello que, a partir de ahora, agotará el repertorio de lo que llamemos cultura: Sardana, pelotaris, aurresku, muiñeira, sevillanas, jotas....
Aquellos tiempos han cedido el lugar a una nueva época que quiere uniformarlo todo en el aspecto material, al paso que tiende a destrozar todo universalismo en el orden espiritual, en beneficio de un individualismo anárquico. Así es como, de universales, los centros de cultura se han hecho particulares. Se concentran en el marco nacional, y hasta regional, mientras llega el momento de irse diseminando hasta desaparecer.
Igor Stravinsky, Poética musical

miércoles, 23 de enero de 2008

No es un juego

El estado progresista persiste en su intención de llegar a dominarlo todo. Como un vampiro, el político se acerca al cuello de lo vivo, de todo lo que aún respira y no ha sido sometido al frío hálito del funcionariado. Como una noche prematura que ensombrece lo espontáneo y lo somete a las normas inflexibles de la gestión. Si no se evidencia algún día que no estamos dispuestos a ser prolongaciones biónicas de la Gran Máquina, ésta terminará por elegir nuestros pensamientos y decidirá cuándo hemos de reírnos. El estado se ha adueñado de nuestra salud y nuestra enfermedad, de nuestros desplazamientos y terrores, de nuestra identidad; se hace sospechosamente presente en el momento en el que vemos la luz por vez primera y desea también regular el modo en que debemos morir; contabiliza los conocimentos que hemos de recibir y pontifica sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo; cuida de mi bienestar y protege de los daños que pueda ocasionarme el estar vivo.
El último movimiento del Leviathán difícil de saciar se dirige a regular los juegos infantiles, a introducir la asfixia del cálculo en lo que -de por sí- no obedece a cálculo ni utilidad. La obsesión es burocratizar, maximizar, planificar todo lo que pueda ocurrir desde la cuna a la sepultura; en el fondo, convertir la vida en un proceso aburrido y predecible. La Junta Progresista de Andalucía -ocupada en la tarea de redimir a la humanidad andaluza- dicta las normas y los juegos, prescribe qué debe sentir el niño que se entrega a uno u otro menester, cuál debe ser el pasatiempo preferido de los niños y cuál el de las niñas; legisla incluso sobre el resultado de cada juego y abole el fin de tantos : no debe haber ganador porque supone sembrar el veneno de la competición y la desigualdad entre los que el estado ha destinado a ser idénticos e intercambiables como números o como miembros de un rebaño uniforme.
A menudo parece que una parodia ridícula y humillante, escrita por un genio o un loco, dirige los pasos de este país desventurado. De tropiezo en tropiezo, parece que hemos entregado el mando a una manada de subnormales. Dan ganas de mandarlos a todos a la mierda.

jueves, 17 de enero de 2008

Los 350 expertos del I Foro de la Alianza de Civilizaciones

De un tiempo a esta parte los expertos se han convertido en componente fundamental de todo problema que se precie. De hecho, si no hay expertos implicados parece que el asunto no posee relevancia alguna. El experto se hace presente en todo momento como un observador privilegiado, como una mente sin limitación alguna para el juicio definitivo sobre lo que ocurre. Muerto Dios, el cetro vacante de la omnisciencia pasa a ser su posesión exclusiva. El único problema que tiene el experto es que necesita un contrato, porque, a diferencia del Dios cesado, su corporalidad le exige una relación constante con ciertos bienes materiales. Este ser privilegiado, esta mente preclara, no obstante, se encuentra con que nadie razonable se dejaría conducir en su vida ordinaria por sus consejos; cualquiera aplaude sus sabias decisiones, su reflexión y su pausada pantomima intelectual, pero nadie está dispuesto a arriesgar su propia vida, sus bienes y sus afectos por hacer mínimo caso a esa voz histriónica que clama en nombre del Bien. Es ahí donde se revela la función redentora del estado: como el político no repara en gastos -y es que gastar el dinero de los demás se presenta como una labor generosa y gratificante- adivina que no hay mejor propaganda que, en vez de emplearse en la arriesgada tarea de resolver problemas, publicitar la extrema preocupación que le causan; para ello contrata a un experto o a varios cientos, dependiendo del quantum de preocupación que quiera transmitir a la audiencia democrática. El experto, dotado del aura inexplicable del curandero, extirpa la mala conciencia de quien no hace nada y, al mismo tiempo, engrosa su cuenta de resultados a cargo de la riqueza común. No se hace nada, pero se piensa en qué hacer, lo que extiende un sentimiento de satisfacción casi navideño. La multitud de problemas y pseudoproblemas -mantenidos perpetuamente como tales- producen así la proliferación de una clase parasitaria que, unida a la de los políticos, se convierte a su vez en un grave problema.

Porque, ¿para qué entonces el estado? Olvidadas sus funciones auténticamente políticas, asistimos a un proceso imparable de conversión del estado en mantenedor artificial de gente inútil y, no sólo eso: nociva y pesada; gente que remedia la falta de talento exigiendo a los demás que les proporcione compensación pecuniaria; gente que se alimenta del complejo de culpa ambiente, de la falsa conciencia, de la carencia de valor para enfrentar los problemas que rodean a la sociedad contemporánea. Alrededor del estado todo se termina convirtiendo en farsa e impostura, en negocio y corruptela, en sopa pública a la que se acercan los incapaces y los listillos; el estado como medio de subsistencia de tantos cretinos, como responsable subsidiario de la mediocridad y la abulia intelectual de los aprovechados, como soporte y promoción de lo bajo y pobre; es desalentador el comprobar cómo termina por convertirse en causa de la ruina de todo lo que toca, ya que se encarga de subvencionar a todos aquellos que necesitan ser subvencionados para realizar algo. Un estado desensamblado, deconstruido, jibarizado en sus atribuciones políticas; un estado que se constituye en monumental justificación de sí mismo y de todos los mantenidos por su caprichosa Gracia. ¿Qué más decir? Nietszche: allí donde empieza el estado termina el hombre.

martes, 8 de enero de 2008

Cruces, hoces y martillos
Óscar Sánchez Vega

La Unión europea tiene expresamente prohibida la exhibición de símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo a partir del acuerdo del 19-04-2007. Los países de la UE tienen dos años para adecuar sus códigos penales. En ellos deberán incluir penas de "un máximo de al menos entre uno y tres años" de cárcel para quien incite en público a la violencia o al odio contra grupos definidos por su raza, color, religión, descendencia, nacionalidad u origen étnico. También para los que públicamente "condonen, nieguen o trivialicen genocidios, crímenes contra la humanidad y de guerra definidos por la justicia internacional, así como los del régimen nazi”

Hasta nueve países castigan en Europa la negación del Holocausto, entre ellos Francia, Alemania y Austria, y en el caso francés se incluye como hecho delictivo la negación del genocidio armenio por parte de los turcos. El precedente francés puede abrir la caja de Pandora: de la misma forma el gobierno de Argel podría considerar delito negar que Francia utilizó la tortura contra los rebeldes en Argelia o los polacos podrían aprobar una ley en la que se considere delito negar la existencia del Gulag soviético o el Parlamento irlandés castigar la negación de los horrores de la Inquisición española o el Parlamento español establecer una condena mínima de 10 años de cárcel para cualquiera que afirme que los serbios no intentaron llevar a cabo el genocidio de los albaneses en Kosovo etc.

Sin embargo es preciso reconocer que si bien los imaginarios (y reales) corolarios son esperpénticos, la premisa mayor es perfectamente asumible: no se deben permitir los símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo. El problema de la sociedad en su conjunto y del legislador en particular es que debe hilar muy fino para que la norma que limita la exhibición de símbolos y opiniones sea respetuosa con la libertad de expresión Este problema ya estaba de algún modo planteado en la Ética a Nicómaco cuando Aristóteles señala que la ética (o el derecho) no es una disciplina teórica que pueda fijar valores y normas de actuación a partir de principios estrictamente racionales, por lo que el criterio del hombre prudente que sabe valorar las circunstancias concretas es imprescindible. Lo que quiero decir es que no puede fijarse de manera enteramente a priori lo que puede o no puede permitirse al margen de las circunstancias que rodean el presunto hecho delictivo, por lo que la legislación debe mantenerse en términos a veces insatisfactoriamente generales. El principio puede y debe ser sostenido, pero la legislación no debiera recoger la serie, potencialmente infinita o al menos indeterminada, de casos particulares que vulneran el principio con la siempre discutible excepción de la negación del Holocausto por lo que este caso tiene de paradigmático.

La legislación que prohíbe negar el Holocausto ya ha sido aplicada al menos una vez, que yo sepa. En Austria han condenado a pena de tres años al “historiador” británico David Irving por dos intervenciones públicas en 1989 en las que negó la existencia de cámaras de gas en Auschwitz, y adujo que la "Noche de los Cristales Rotos", la primera gran persecución violenta contra los judíos de Alemania en 1938, no fue perpetrada por los nazis.

Pero no se trata solo del Holocausto, es bien sabido que en nuestro país justificar lo que ellos llaman “lucha armada” es apología del terrorismo y está penado por al ley. Otra cosa es si la aplicación de la ley obedece a criterios jurídicos o depende más bien de por donde soplen los vientos políticos.

He aquí un reto para el pensamiento: ¿dónde están los límites? ¿dónde trazar la precaria línea que separa la libertad de expresión del derecho a la dignidad personal y colectiva de las víctimas de la barbarie? La exhibición de simbología y propaganda nazi o la del logo de ETA no está amparada por la libertad de expresión y por tanto son considerados hechos delictivos por la legislación vigente. La pregunta que me planteo, el problema que quiero plantear es si la negación del Gulag es una cuestión equiparable a la negación del Holocausto. O, concretando más, ¿si está prohibida la exhibición de esvásticas nazis no deberían estar igualmente penalizado el símbolo comunista de la hoz y el martillo?

Voy a poner las cartas boca arriba: yo considero que no, porque son casos diferentes.

Pero la cuestión es mucho menos evidente de lo que parece a primera vista. Aquellos que pretenden equiparar uno y otro caso, como los gobiernos de los países bálticos que sufrieron de primera mano los crímenes de Stalin, tienen buenas razones para ello. La mayoría de los “intelectuales” europeos fueron muy reacios a condenar, o siquiera admitir, los crímenes del estalinismo con alguna excepción digna de mencionar como el filósofo francés Jean Francoise Revel, primero en su obra Ni Marx, ni Jesús y especialmente un su último trabajo, La gran mascarada. El objetivo de Revel es mostrar el desastre que supuso para los países que lo padecieron el “socialismo real” y denunciar la impostura de sus colegas de izquierda que optaron por mirar para otro lado. Los aproximadamente 100 millones de muertos victimas del totalitarismo de izquierdas en todo el mundo son bastante más que un buen argumento en contra del comunismo. Aun así muchos todavía achacan el horror a la corrupción de las clases dirigentes, a la perversión del ideal, a la presión del capitalismo etc. La verdad, sin embargo, es otra: cuando se desprecia la vida humana, la libertad y la individualidad el resultado no puede ser diferente. Un estado todopoderoso que carece de controles democráticos tiende, por su propia naturaleza al despotismo y a la corrupción…ayer, hoy y siempre. Pero no solo es culpable el estado y sus gobernantes de los crímenes cometidos sino también el ideal en nombre del cual se instaura el estado totalitario como nos hace ver Borja en su comentario a la película La vida de los otros. Así pues no me engaño: el comunismo es culpable, los símbolos comunistas esconden la tortura y muerte de millones de inocentes, y a pesar de todo…no es lo mismo.

Ahora se supone que debiera seguir un estricto análisis de los símbolos, términos, ideas y teorías a las que remiten las dos ideologías de resulta del cual pudiéramos establecer objetivamente la inconmensurabilidad de las mismas. Pero no es ese el camino. Al menos el mío. Es más: sospecho que el de nadie, aunque no todos estén dispuestos a admitirlo. Decía William James que cada uno escoge la filosofía más afín a su temperamento, de tal manera que los racionalistas más acérrimos simplemente escogen el camino que les marca su carácter…mal que les pese. Pues bien, en el caso que nos ocupa ocurre que siento que no es lo mismo y, al modo de los viejos hegelianos, aspiro a reconciliar sentimiento y razón, es decir, a encontrar razones que fundamenten el sentimiento; pero no me engaño: el sentimiento es quien marca la “hoja de ruta” si una razón es contraria al objetivo trazado la descarto y busco otra.

Reconocer el origen sentimental de esta indagación me permite alejarme del discurso racional- filosófico- y encontrar las “pruebas” que busco en otros géneros literarios. Para comprender la esencial perversión del nacionalsocialismo mejor que leer sesudos ensayos de filosofía política es preferible acercarse a las obras de los supervivientes del Holocausto. Por ejemplo Primo Levi o Jean Amery. Nada de lo que yo aquí pueda exponer puede dar una idea de lo que estos dos hombres, y tantos otros, padecieron en los campos de exterminio, ni siquiera de lo que logran transmitir en sus obras. Amery, en Mas allá de la culpa y la expiación, comenta explícitamente la cuestión que nos ocupa; reconoce que el estalinismo fue espantoso y que en el gulag murieron tantos inocentes como en los campos de exterminio y sin embargo es diferente porque el genocidio era consustancial al nacionalsocialismo pero no al comunismo. Ambas ideologías propician estados totalitarios deleznables, pero a lo largo de la historia hay múltiples ejemplos de déspotas y dictadores que no se lanzaron al exterminio de sus semejantes. El problema es que los nazis no percibían a los judíos como sus semejantes. Este es el quid de la cuestión. Comunismo y nacionalsocialismo son ideologías totalitarias indeseables, pero el nazismo es peor porque nace del odio y el resentimiento hacia el otro que, en virtud de su alteridad, es despojado de su naturaleza humana lo que permite tratarlo peor que a una bestia. El nazismo, más que una opción política, es una coartada moral para dar rienda suelta a los peores instintos humanos en nombre de la patria, la raza o cualquier otro colectivo sobre el que puedan recaer sentimientos de pertenencia. La compasión por los que sufren, suponiendo que sea un sentimiento natural y universal, como señalaba Hume, sólo se desencadena entre los semejantes, los nuestros, es decir, la tribu o la horda. Ampliar el círculo de los que deben ser considerados “nuestros semejantes” es el objetivo de la civilización occidental desde el momento mismo de su constitución en la antigua Grecia. El nazismo supone un ataque frontal a todo este trabajo cultural, representa sencillamente la vuelta a la barbarie.

Por lo que respecta a la otra parte ya hemos señalado que el comunismo como ideología es culpable de la masacre de millones de personas. Pero sería más apropiado hablar de “culpabilidad” cuando la referimos a personas y no a ideas. Desde esta perspectiva debo admitir que los comunistas soviéticos son tan culpables de los crímenes del gulag como los nazis alemanes lo que no quiere decir que todos los comunistas y todos los nazis fueran personas despreciables. Podemos imaginar a un tendero alemán en la década de los 30, como el padre de Oscar, el protagonista de El Tambor de Hojalata, que se deja seducir por la retórica fascista y continua siendo una buena persona que no hace girar su vida sobre los goznes del odio. Del otro lado podría estar un veterano comunista que nunca ha hecho mal a nadie y ha dedicado su vida entera a “la causa” y en tiempos de Stalin, viejo y vencido, calla ante el terror y la iniquidad. La diferencia es que el tendero puede ser buena persona a pesar de ser nazi, o, lo que es lo mismo, en la medida en que no es un buen nazi; mientras que el viejo ruso puede ser una buena persona y un buen comunista; en su fuero interno pensará, con razón, que los traidores al ideal son los dirigentes y no él. Estas analogías son terriblemente subjetivas, lo sé, pero en mi descargo debo recordar que el subjetivismo había sido confesado líneas atrás. La cuestión es que me es imposible imaginar una buena persona que sea a la vez un buen nazi, lo que para mí da buena prueba de la intrínseca maldad de esta ideología.

Sin embargo no puedo menos que admirar a los jóvenes antifascistas que en la década de los 30 y los 40 hicieron frente y finalmente derrotaron – salvo en España- al totalitarismo fascista, aunque no se me oculta que su ideal era igual de peligroso desde el punto de vista de la libertad y los derechos del Hombre. La diferencia con el fascismo es que el ideal de la justicia y la igualdad universal que perseguían los comunistas es, en principio, loable. El problema es que cuando se percataron que su ideal era tan puro que no resistía la comparación con la realidad humana declararon la guerra a la imperfecta y corrupta humanidad. Al fin y al cabo algo similar ocurrió con los ascetas y místicos cristianos: su reino no era de este mundo. Pero no deja de ser una meta que, interpretada al modo kantiano, - como una idea regulativa que orienta y guía la praxis política, aunque se sabe de antemano inalcanzable - fue un positivo motor de cambio de la sociedad y puede ser una opción política respetable, siempre y cuado sea desconectada del fanatismo y la intransigencia de la que hicieron gala sus partidarios.

Por el contrario no hay nada respetable en el nazismo; esta ideología es como una enfermedad infecciosa que conviene atajar sin miramientos: aquel que está contaminado se convierte en un peligro para la sociedad en un doble sentido: por su actitud contra los otros (que pueden ser los inmigrantes, los moros, los gitanos, los españoles o maquetos etc) y por la posibilidad de contagiar a los que él considera sus semejantes inoculándoles el virus del odio al otro, al diferente.

El comunismo, en cambio, es un camino equivocado que lleva a un callejón sin salida, pero siempre es posible deshacer el camino andado y tomar una nueva dirección – la prueba más evidente es la cantidad de excomunistas que hoy militan en partidos socialdemócratas o liberales en toda Europa- .

La conclusión a la me llevan estas líneas es que el estado debería abstenerse de reprimir los símbolos comunistas o anarquistas. Quien ostenta tales símbolos hace uso de su libertad de expresión y todo lo más que el estado debiera hacer con él es pedagogía democrática para hacerle ver que su opción política es equivocada. Pero la impúdica exhibición de simbología nazi es un insulto a las víctimas y una intolerable proclama al odio y a la discriminación que no puede ni debe ser permitida. Así pues entiendo que la situación legal actual es razonable, lo cual no deja de ser un final sorprendente cuando uno empieza a reflexionar sobre los diferentes problemas políticos que nos afectan como país y como estado.

martes, 1 de enero de 2008

Desde la Patagonia

Permitidme, amigos feacios, que irrumpa desde el reverso del mundo. O quizás el anverso. Aquí -en el hemisferio austral- todo se manifiesta de modo anómalo para mi acostumbrada mentalidad boreal. En la Patagonia el nuevo año irrumpe sin todavía haber caído la noche, y poco después ya comienza el amanecer a alumbrar el horizonte y los montes lejanos; el cielo nocturno se enciende de estrellas desconocidas y enigmáticas; el verano lo recorre todo mientras en la añorada Europa el frío sigue siendo una venerable tradición navideña. Parece que me encontrara ahora al otro lado del espejo.
La Patagonia es una estepa infinita y uno se siente por primera vez ante la magnitud temible del mundo. Sólo la empalizada de las pequeñas poblaciones -separadas entre sí por millares de kilómetros- ofrece el espejismo de esa genial ficción que es la vida ciudadana. Lo demás es espacio vacío habitado por pumas, calafates y tierra seca.
Los argentinos son europeos transplantados a un medio extraño y -a veces- hostil. Por eso, en medio de desiertos o selvas inabarcables, se encierran en ciudades calcadas a las de la vieja europa, como si así consiguieran conjurar las potencias descontroladas de la naturaleza austral. Bariloche, por ejemplo, es una ciudad construida de acuerdo con el modelo de las ciudades alpinas, aunque esté en los Andes y no los Alpes. Tan exacto es el calco que uno de los productos peculiares de la urbe es el chocolate. Una Suiza soñada. Toda actividad humana se aferra al vínculo europeo, y es probable que así sea para evitar el regreso a la naturaleza nada rousseauniana que amenaza por todos lados. En Europa la civilización es ya una segunda naturaleza que ha domesticado a la primigenia - que es sólo recuerdo y nostalgia-; aquí se siente todavía el aliento de la fiera y la lucha por la supervivancia en cuanto uno se aleja de las casas. Visto esto parece que la repetida tradición europea de despreciar a Europa y repudiar su civilización no proviene más que del lujo y la facilidad con que los hombres son allí criados. El resto del mundo se muere por ser Europeo, por reproducir en cualquier habitat el modelo europeo de la ciudad y el artificio. Por arrancarse a la tiranía de lo natural. Incluso el indigenismo no responde más que al modelo europeo de añoranza de unas raíces fabuladas. En el imaginario de todos los que habitan estas tierras desoladas del cono sur Europa parece ser -una vez más- sinónimo de civilización. ¿Es la única acepción?

martes, 18 de diciembre de 2007

La confusión como sistema

Últimamente, quizás por la insistencia con la que hemos discutido sobre ello en estas páginas, intento pensar el sentido de la común distinción "izquierda" y "derecha". Procuro alcanzar un contenido que, una vez tras otra, se me escapa; su utilidad, por otro lado, también me parece definitivamente confusa y me lleva a pensar que su meta no es aclarar, sino emborronar la realidad y permitir que todos los gatos sean pardos. ¿Qué sentido tiene mantener algo que obstaculiza obsesivamente la comprensión de una realidad -la política- siempre más compleja y plástica de lo que una dicotomía maniquea es capaz de aprehender? A vueltas con estos viejos pensamientos, el domingo pasado tropecé con un artículo franco y rebelador, un texto en el que se muestra con claridad y sencillez la utilidad de esa distinción que tanto tiempo nos ocupa. A cuenta del dogma del cambio climático, Manuel Vicent desarrollaba en la última página de El País una basta ofensiva contra la humanidad; raza maldita, exterminadora, amante de la destrucción y del CO2; raza herética que reúne en torno a sí el mal absoluto; bestia feroz que dedica todos sus esfuerzos a aniquilar al planeta que -sin saber qué hacía- lo acogió amorosamente, como una madre despreciada. Rousseau sonreía otra vez desde las entrañas de la tierra y ésta, me temo, permaneció indiferente ante los consabidos discursos que fluyen de la culpabilidad y la mala conciencia....... En realidad, el tono del artículo no sobrepasa el nivel de los llantos impostados por alumnos de 4º de la ESO que quieren hacer ver a su profesor que han comprendido que tienen que ser solidarios, justos y ecologistas. No, no es eso lo interesante. Lo interesante y revelador es la conclusión apabullante con que el articulista cierra su breve algarada:

La naturaleza y la humanidad ocupan dos frentes ideológicos irreconciliables. La naturaleza es de izquierdas. La humanidad es de extrema derecha. Ser progresista consiste hoy en ponerse de parte del planeta en esta guerra a muerte.

En esta conclusión se cifra el valor y la utilidad de las consabidas etiquetas "izquierda" y "derecha": si algo se quiere hacer pasar por malo se le asigna al campo terrorífico de "la derecha"; lo santo, al contrario, lo bueno e inmaculado, pertenece siempre a "la izquierda". Da igual de lo que se hable, porque siempre se encuentra a mano la dicotomía para dejar claro cuál es el bando de los buenos.

Visto lo visto, una terminología tan beata como embaucadora domina hoy los discursos. Un instrumental obsoleto mantiene en la penumbra una dimensión primordial de la vida humana. Pretenden convencer de que su lenguaje se refiere a la realidad política, pero no utilizan más que apreciaciones morales tan simples como los lobos y cocos que asustan a los niños a la hora de dormir. Como cuando el franquismo reacuñó la noción de rojo para referirse al Mal, hoy sus inconfesados epígonos cruzan los dedos ante "la derecha". Unos y otros, aparentemente tan separados, se hermanan en el lenguaje, en la tosquedad intelectual, en los modos garrulos. Y en la suprema y bendita intolerancia hacia lo que no comprenden.


http://www.elpais.com/articulo/ultima/Gran/guerra/elpepiult/20071216elpepiult_1/Tes

viernes, 14 de diciembre de 2007

Protesta en Mataró.


Muchas veces hemos discutido en este foro acerca de la mejor forma de defendermos del "fascismo español"(1) que, en estos días, toma la perversa forma de nacionalismo etnicista, generalmente catalán o vasco, pero también castellano. Borja o Joaquín habitualmente centran esta lucha en la crítica de la ideología, mientras que yo creo moverme, más que en una denuncia de los falseamientos nacionalistas, en la idea de desvelar, sacar a la luz las perversas consecuencias de tener determinado discurso y ciertas actitudes.
En estos días recibí en mi correo un relato de un miembro de "Ciutadans" y me parece coherente con lo que vengo diciendo darle bombo y que lo lea cuanta más gente mejor. La historia pertenece a la coordinadora de "Ciutadans" en el Maresme Centre:


He vivido momentos de emociones al límite en este partido y puedo deciros que hoy no ha sido menos. Esta tarde en el pleno del Ayuntamiento de Mataró, me he vuelto a emocionar de verdad. Esta pequeña acción de hoy me ha hecho recordar el porqué existe C´s y el porqué debe seguir existiendo.

Hoy he entendido la importancia que a veces no le damos a pequeñas acciones que otros no hacen, como es condenar un atentado, hoy me he dado cuenta de que aquí también existe miedo y de hasta qué extremo una minoría puede controlar con el miedo de una mayoría. Esos pocos se crecen con nuestro silencio y creen que nos dominan. Entiendo a algunos compañeros que hoy han decidido no acompañarnos alegando que tienen una familia, un negocio, y que temen a los Batasunos Catalanes denominados CUP. Este partido nacionalista radical se ha negado a condenar el reciente atentado de ETA en Francia.


Os voy a relatar lo que hoy ha pasado. En total éramos 8 personas, ni muchos ni pocos, los suficientes para ser representativos en el pleno. Llevábamos un letrero cada uno con la foto de los guardias civiles asesinados por ETA, en el que ponía su nombre y edad, y abajo "ASESINADOS POR ETA", y otros letreros que decían "RECHAZAMOS LA VIOLENCIA Y A LOS QUE NO LA CONDENAN", en catalán. Los llevábamos en una bolsa y nos hemos sentado al final de la sala. Ha empezado el pleno normalmente, y cuando ha llegado el punto del orden del día relativo a la condena del atentado, el alcalde ha leído en voz alta dicho comunicado y ha dado la palabra a Safont Trias, de la CUP. Entonces nos hemos levantado, hemos sacado nuestros letreros y nos hemos quedado en silencio con ellos en la mano. Me temblaban las piernas de la emoción y de los nervios. Como estábamos detrás y los medios de comunicación estaban delante han tardado en percatarse de que estábamos allí, pero en cuanto uno se ha dado cuenta y ha empezado a fotografiarnos, los demás le han imitado, y lo mismo ha hecho el cámara de televisión. Yo llevaba la camiseta que repartió el partido el día de la Constitución con el articulo 14 escrito en ella y han venido a fotografiarla. Cuando terminó de hablar el concejal de la CUP hemos vuelto a tomar asiento, y cuando han acabado cada uno de los grupos su posicionamiento y ha vuelto hablar Safont Trias hemos vuelto a hacer lo mismo.

He sentido una mezcla de orgullo por mi partido y de emoción por las fotos de Fernando Trapero y Raul Centeno, y un gustazo de que por fin los medios de comunicación sepan que estamos allí (hace una semana cuando la CUP decidió no condenar el atentado enviamos una nota de prensa a los medios y ninguno de ellos se hizo eco). Ya no podrán negar que dejamos claro nuestro posicionamiento y espero que salga en la prensa.

Ha sido bonito, parecía que en la sala solo existían nuestras reivindicaciones con la voz de fondo del radical que reafirmaba aún mas nuestro mensaje, un mensaje de libertad, de solidaridad, de esperanza, de ilusión para hacer que en Cataluña y en otras partes de nuestro país los demócratas podamos expresarnos con libertad y poder exigir a los cargos públicos, también en los Ayuntamientos, que condenen los atentados, porque de lo contrario hieren moralmente a las víctimas y sus familiares, y vulneran la Ley de partidos.

No sólo nos han fotografiado los medios de comunicación, también lo ha hecho Juan Jubany un miembro de la CUP que hace unas semanas estaba quemando fotografías del Rey en una concentración que hicieron delante del Ayuntamiento de Mataró. Supongo que será para ponernos en la lista de personas "non gratas" de su partido o igual algún día la utilicen para hacerse dianas en su entreno batasuno de mentes retorcidas y delirantes.

Un concejal del PP ha abandonado el pleno solo para poder enviarnos un sms que decía "muy bien, con un par".

De verdad que ha sido una experiencia gratificante y creo que mañana hablarán de nosotros no sé si bien o mal, pero que hablen….

Espero que poco a poco esas personas que nos llaman fascistas a nosotros por pedir la igualdad vean a qué personas han votado, en el caso de Mataró os aseguro qua ya hay muchos que se están arrepintiendo de haberlo hecho.

Gracias a todos por vuestras muestras de apoyo.

Nada más.


(1) He decidido ir substituyendo las expresiones "nacionalismo vasco", "nacionalismo catalán", "etnicismo" y similares, por la expresión "fascismo español". Por regla general el éxito de una filosofía o de una teoría científica, no reside en la genialidad y la novedad de sus nuevas ideas, sino en que son capaces de ofrecer redescripciones de los acontecimientos, de tal forma que cosas que se categorizaban diferentes pueden entenderse como la misma realidad. Eso ocurrió, por ejemplo, cuando Newton mostraba que el mundo sublunar y el supralunar podían considerarse bajo las mismas leyes, o cuando Einstein se empeño en enseñarnos una redescripción de la realidad según la cual el espacio y el tiempo pueden ser la misma cosa. En este sentido la expresión "fascismo español" redescribe y aglutina acontecimientos que, en otros léxicos, se categorizan de modo distinto, pero que las experiencias nos muestran una y otra vez, de qué perversa forma pueden comprenderse y explicarse del mismo modo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Más allá de interpretaciones

Margarita Uría, portavoz del PNV, en la sesión del congreso español de los diputados que trataba una moción para emprender la ilegalización de Acción Nacionalista Vasca:
Nosotros creemos en la reinserción, y no en tratar al terrorismo como a una alimaña.
¿No queda ahora claro?

viernes, 7 de diciembre de 2007

Pido un minuto de silencio por la educación...

Desde un apartado rincón de esta "blogsfera" Zápiro nos enlazó con su página, Espectroscopio, donde escribe, entre muchas cosas interesantes, un comentario breve que me ha hecho gracia; humor negro, claro:


"Pido un minuto de silencio, por la Educación.(Durante el mismo, si les parece, podemos aprovechar para leer el siguiente párrafo, perteneciente al Boja. Estamos hablando de 4º de ESO; del desarrollo curricular, en Andalucía, de la asignatura de Lengua castellana y Literatura. )
B O J A Boletín Oficial de la Junta de Andalucíanúm. 171 Sevilla, 30 de agosto 2007
[...]
Escribir en el ámbito escolar tiene una variedad de posibilidades para su desarrollo y exige todos los esfuerzos posibles para conseguir su dominio. Escribir para pensar y darle forma al pensamiento, prepararlo para una producción de mensajes planificados y organizados. Escribir para comunicar de forma reglada ideas, sentimientos con la posibilidad (y trascendencia) de que queden guardados, se revisen, se hable sobre ellos. Escribir para transmitir mensajes diarios, prácticos para la vida, especialmente en lenguas extranjeras para favorecer un intercambio fluido de información. Escribir para comprender y compartir la experiencia de creadores reconocidos que son patrimonio general y en especial de Andalucía.
[...]"


Sin comentarios.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Bengalas

El estudio de la Fundación BBVA es sobradamente conocido ya por todos; resulta que se confirma que Cataluña es una de las comunidades autónomas que más aportan a las arcas del estado, algo que llevan haciendo los últimos quince años; pero no es menos cierto que lo mismo ocurre con Madrid, la Comunidad Valenciana o Baleares. De hecho los madrileños aportan el doble que Cataluña y el déficit fiscal catalán, una de esas palabras que forman parte del lenguaje común del nacionalista payés, está en la mitad del madrileño (10,2% en Madrid y 5,2% en Cataluña). Esto viene a decir que cada catalán aporta al estado a través de los impuestos 6.849 euros, de los que el estado le devuelve en forma de servicios 5.359 euros, lo que significa que le “regala” al estado un total de 1.490, en principio destinados a intereses muy ajenos a un labrador del Ampurdán o un funcionario de Gerona, por ejemplo la autovía del cantábrico, que actualmente está terminando de vertebrar Asturias. La situación para un madrileño es aún peor, pues la cantidad que viene a aportar a las arcas públicas a “fondo perdido” es de 2.077 euros, lo que hace que los servicios que el estado le presta a cambio de su contribución tengan un coste máximo. Por la contra, en comunidades como Andalucía o Extremadura esta realidad se invierte, convirtiéndose sus ciudadanos en lugar de en “donantes solidarios”, en agradecidos receptores de fondos públicos. Resulta sangrante, como siempre, el caso de País Vasco o Navarra que, pese a ser comunidades en las que el PIB está por encima de la media nacional, sus ciudadanos también son merecedores de gravar negativamente las arcas públicas.

Con todo esto, los profesores Ezequiel Uriel y Ramón Barberán, ambos catedráticos de economía, han abierto la caja de los truenos; y no me refiero a que, como consecuencia de la catarsis de los números y las balanzas, los españoles vayamos a, por fin, entrar en razón. No va a ocurrir que los catalanes alumbrados pos la “realidad” abandonarán sus exigencias, o los vascos renegociarán los acuerdos sobre la financiación en pro de la solidaridad; que va. Contra todas las posibles conclusiones, se avecina tormenta, es decir, una avalancha de estudios que, desde ópticas y criterios dispares, no nos ayuden aclarar posturas, sino más bien a enquistarlas. Esquerra ya ha avisado: están preparando su propia versión de dichas balanzas para diciembre, y con toda seguridad las conclusiones del nuevo estudio serán dramáticamente diferentes, lo que no le va a sorprender a nadie; también la Generalidad de Cataluña publicará su propio “ensayo” a finales de año; y según dicen, aquí los madrileños contarán con un superávit frente a los catalanes, apostados desde hace años en el déficit.

El resultado de toda esta tormenta de estudios será, probablemente, la muerte de los mensajeros: para unos el estudio del BBVA, capcioso y politizado, no responderá sino a los intereses políticos de la derecha, empeñada en derribar al demonio zapatista y hacerles crecer el rabo y los cuernos a los insolidarios nacionalistas; para otros, los datos de Esquerra o de la Generalidad serán claramente ideológicos y sus conclusiones falseadoras. Finalmente, tras la marea de números, éstos resultarán irrelevantes, primando frente a cualquier otra consideración, la voluntad y la ideología y afianzándose sólo una cuestión en todas las mentes: la mala fe del contrincante. Y lo peor de todo es que, seguramente, todos tengan razón.

Ya se empiezan a escuchar críticas procedimentales: al análisis del BBVA se le achaca que saca fuera de las inversiones en la Comunidad de Madrid los llamados “gastos de capitalidad” o, al menos, no los cuenta todos. Por ejemplo, respecto al museo del Prado, en el centro de Madrid, el estado ha invertido una cantidad considerable de euros en su ampliación y gasta anualmente una buena partida presupuestaria en distintas actividades y en su mantenimiento. El estudio de los catedráticos considera que sólo una parte de este dinero puede tenerse en cuenta como inversión en la Comunidad, pero que la mayor parte debe ser considerada como un gasto “estatal” y, por tanto, dividida entre todas las comunidades. Esto no sólo pasa con el Museo del Prado, como se puede uno imaginar, sino con prácticamente todos los organismos públicos del estado y, supongo, que también con el aeropuerto, las infraestructuras en telecomunicaciones, transporte… etc.

Es más que claro que los próximos estudios venidos de las tierras allende el Ebro tendrán en cuenta este tipo de cuestiones y, considerarán que la inversión que se hace en la Comunidad de Madrid, por razón a su capitalidad, es mucho mayor de lo que se considera en la investigación recientemente publicada. Y en cierta forma tendrán razón; es verdad que el aeropuerto de Barajas o el museo del Prado no son cuestiones estrictamente “madrileñas”, pero también lo es que estas infraestructuras o servicios inciden primariamente sobre la Comunidad de Madrid y, secundariamente sobre el resto del estado. Si el Museo del Prado, seguramente uno de los más importantes reclamos turísticos de nuestro país, o la T4, principal puerta de entrada internacional en España, estuvieran en Barcelona, seguirían siendo “cuestiones de estado”, pero resultarían un motor económico de primer orden para Cataluña.

Estos estudios están por tanto lejos de la objetividad científica ya que dependen de posturas demasiado arbitrarias: decidir en qué saco meto cada euro. Respecto de algunos billetes, unos y otros lo tendrán bastante claro, por ejemplo, lo que se gasta la Generalidad catalana en el fomento del catalán parece que, razonablemente, no se le puede atribuir a un ciudadano de La Rioja. Pero respecto de otras cantidades la duda implica el error necesario en cualquiera de los casos.

El problema del estudio de la Fundación BBVA y, por descontado, de los que le seguirán, no es, efectivamente, su carácter ideológico, sino los mismos términos en los que se realizan este tipo de análisis y, sobre todo, su función práctica. En primer lugar, para siquiera plantear tal investigación, es necesario situarse en una realidad ficticia, la de que las comunidades autónomas pueden ser tenidas en cuenta como “mini-estados” que establecen relaciones económicas entre sí, a través de un organismo que se ocupa de distribuir el dinero recaudado entre todos: el estado central. Esto lo llevan haciendo los nacionalistas durante los últimos veinticinco años y, a fuerza de repetición, ha calado en el lenguaje y, por lo que se ve, en los estudios universitarios. Pero, evidentemente, es una situación del todo ilusoria y, por este carácter, cualquier intento de precisión desde esta óptica no puede ser considerado mucho más que “literatura política”.

La realidad es que, pese a los intentos más o menos capciosos de la propaganda autonómica, hoy por hoy, sólo hay un estado en este país y, tanto el dinero que gasta la Generalidad catalana en TV3 como la Junta de Extremadura en pagar ordenadores, o el gobierno central en llevar el AVE a Cataluña, si es que algún día llega, es dinero que gasta el estado español en ofrecer servicios a sus ciudadanos, a todos sus ciudadanos. El Ave a Cataluña no es algo que interese sólo a los catalanes, sino que nos interesa a todos, igual que la autovía del cantábrico, el Museo del Prado, las escuelas en Tarragona y Benidorm, o un aeropuerto más competitivo en el Prat.

No se trata, por tanto, de exigir solidaridad a las comunidades ricas frente a las pobres, sino de darse cuenta de que las carencias de Extremadura, lo son también de Cataluña o Madrid. Actuar como si fuésemos un agregado de miniestados puede estar bien para la retórica política autonómica, pero a la hora de analizar la situación económica en virtud de una mejora, resulta del todo inútil y sólo sirve para refrescar discursos vacuos (aunque rentables en cuanto a votos).

Por eso, dudo mucho que estudios como el que acaba de publicar el BBVA tengan alguna función práctica; más bien al contrario. Al plantear las cuentas desde la óptica de las distintas cajas autonómicas, hacen que los ciudadanos entiendan el estado al modo de las hinchadas futboleras; lo que lleva a que algunos catalanes, con cierta razón, estén permanentemente enfadados con el árbitro y algunos madrileños, también justificados, vivan con satisfacción los socavones del AVE al paso por Manresa, o el colapso del Prat cada primero de agosto.

Los próximos estudios ahondarán en esta situación; y si seguimos con cuestiones de este tipo, finalmente, tendremos que ponernos las camisetas de nuestra hinchada y me da que no van a ser de colores muy vistosos.

Espero que algunos no se pasen tirando bengalas en el campo.