Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

martes, 16 de septiembre de 2008

Varsovia.
Borja Lucena


Quien visita Varsovia por primera vez puede instantáneamente juzgar sobre lo acertado del sobrenombre que Zgniew Herbert le impuso: ciudad de las cenizas. Paseando por la ciudad aún viva, por sus grandes avenidas vigiladas por el gigante "Palacio de la Cultura y la Ciencia", por las calles asépticas guarnecidas de bloques idénticos y siniestros, me invadió la certeza de estar en una ciudad habitada por fantasmas o por sombras de fantasmas.

Lo verdaderamente asombroso es que Varsovia no deja de ser una réplica, ya que la ciudad hace mucho que no existe. Varsovia es la caverna de Platón que no alberga más que copias de un modelo inalcanzable, nada más que engaños y apariencias que proporcionan sólo una ilusión leve de realidad. Como es bien sabido, la Segunda Guerra Mundial terminó dejando de Varsovia sólo un montón de escombros y piedras desordenas por el acaso del fuego y la artillería; la mayoría de sus habitantes habían literalmente desaparecido y pareció cumplido el viejo sueño de rusos y prusianos: arrasar la vieja ciudad polaca de tal manera que hasta su recuerdo se esfumara. No obstante, la ciudad fue reconstruida, más sólo como un sueño que evoca a otro sueño. Todo el centro histórico fue levantado siguiendo el modelo de fotografías, de dibujos o pinturas ancestrales como las de Canaletto. Si el centro se erigió como una copia del pasado, como un residuo de la edad burguesa concebido por el sistema comunista como una especie de museo en el que todo está ya muerto, los barrios adyacentes y los arrabales plasmaron la copia del futuro, o lo que ellos mismos pensaron como futuro: el orden simétrico de la identidad y la geometría, el paraíso del proletariado en el que uno es indistinguible de su vecino. El hecho de ser una apariencia de ciudad, una réplica de algo tan distante como el pasado o el futuro, da a Varsovia un profundo aire de melancolía; o, al menos, me lo infundió a mí. Es una perfecta imagen de lo que significaron los regímenes comunistas en el este de Europa: la instauración de una realidad carente de entidad subsistente y sólo copia de un paradigma. Varsovia, ciudad que no tiene otra existencia que la de la máscara, trasunto de otra ciudad que fue, se extiende de la noche al día dejando que en sus calles se desarrollen los rituales de la vida ciudadana; aunque la ciudad sea una amalgama de ficciones, en ella se oyen las mismas voces y trajín, se perciben la misma luz y las mismas sombras que tienen lugar en una ciudad real. La hibridación entre realidad y locura alcanza aquí un grado insuperable.

Ciudad irreal y triste, Varsovia también alberga lugares de belleza cierta, aunque en ella -parafraseando a Rilke- la belleza sólo sea el comienzo de lo terrible. Mi postal preferida, aquella que mejor conserva el secreto oscuro de Varsovia, es el gran monumento a la mentira levantado en los años sesenta o setenta por el régimen; en él se adivina la perfecta voluntad de no-verdad que guió a los vencedores de la guerra al instaurar un sistema político perfectamente alucinanate, su gran falsedad y su cinismo desmedido. El monumento representa una escena de la rebelión de Varsovia de 1944 y es ofrecido como homenaje a las miles de personas que perecieron en sus calles durante el tiempo que duró el levantamiento. Un perfecto realismo socialista retrata al soldado, al obrero, al campesino unidos por la misma lucha contra el opresor nazi. La gran hipocresía de esta obra no tiene límite, así como tampoco lo tiene la perfección con que lleva a plenitud la concepción de la historia como un relato que el poder puede reescribir cuando le plazca: si la historia ha dejado de ser espacio en el que habita la verdad, es perfectamente posible -incluso loable- que el mismo Partido Comunista que, de la mano de Stalin, esperó tres meses al otro lado del Vístula contemplando impasible cómo el ejército alemán exterminaba a los rebeldes, el mismo para el que era conveniente que el Ejército Patriota polaco fuera aniquilado por los nacionalsocialistas para librarse así de un obstáculo hacia el poder absoluto, construya pocos años después un monumento dedicado a las víctimas de su complicidad asesina.
A D. Cógito

jueves, 11 de septiembre de 2008

A contracorriente.

Estos días podemos ser espectadores de una rara unanimidad entre políticos y periodistas a la hora de valorar la sentencia del Consejo General del Poder Judicial contra el juez Tirado. Ocurre que cuando todo el mundo apunta en la misma dirección, cuando las palabras de Zapatero y de Rajoy son idénticas, cuando todos se posicionan al lado del indignado padre de Mari Luz no podemos menos de pensar que se ha cometido una tremenda injusticia con la leve pena que se le ha impuesto al juez Tirado…¿o no?

La verdad es que se mire por donde se mire el caso apesta a demagogia.

Hace dos mil quinientos de años los ciudadanos atenienses también clamaban justicia indignados por la muerte de muchos de los suyos después de la batalla naval de Arginusas. La victoria fue de los atenienses (contra los espartanos) pero una fuerte tormenta causó el naufragio de varios trirremes y numerosos marinos perecieron ahogados. Se acusó a los generales atenienses de no haber ido a socorrer a los suyos cuando en realidad la tormenta era de tal calibre que hacía imposible una misión de rescate. Los políticos democráticos no fueron capaces de oponerse al clamor popular y los generales fueron ejecutados.

Evidentemente hay numerosas diferencias entre el caso de los generales de Arginusas y el del juez Tirado pero lo traigo a colación para destacar una semejanza crucial: cuando el pueblo, dolido e indignado, elige un culpable, los demócratas se apresuran a que “se haga justicia”.

El caso es de sobra conocido por todos así que ahorro de entrar en detalles: el juez Tirado no cumplió con su obligación de comprobar que las sentencias se ejecuten y como consecuencia de ello un pederasta asesina a la niña Mari Luz. El caso tiene todos los componentes para conmover al gran público: la muerte de una inocente niña, un pérfido pederasta, un incompetente funcionario…etc Cuando el CGPJ condena al juez a una ridícula multa de 1500€, la reacción no se ha hecho esperar. Pero conviene analizar desapasionadamente la cuestión ¿Por qué hemos de condenar al juez (o cualquier otra persona) por lo que hace o por las consecuencias de su acción? Al margen de nuestras preferencias éticas las leyes son claras en este aspecto, la pena es proporcional al delito cometido (no a las consecuencias que de él se derivan) Por ejemplo ¿Qué es más delito? ¿que un conductor se salte un ceda el paso y como consecuencia muera un peatón o que se salte un stop y como consecuencia una persona resulte herida? Es más grave saltarse un stop que un ceda, independientemente de las circunstancias y las consecuencias.

En este caso el juez ha cometido el error de no vigilar la ejecución de una sentencia. No estoy versado en los asuntos jurídicos pero sospecho que si echamos de la carrera judicial a todos los jueces que en alguna ocasión no han cumplido con este deber…temo que los juzgados quedaran vacíos. También considero que 1500€ es una sanción leve, pero “lo justo” … ¿qué sería?...la justicia popular produce escalofríos.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Educación para la Ciudadanía en Inglés.

Desde que el PSOE enarboló como bandera en cuestiones educativas la asignatura de “Educación para la ciudadanía” el Partido Popular apostó francotiradores en todas las esquinas para derribar al abanderado. En la Comunidad Valenciana el presidente Camps nos sorprendió a todos hace unos meses insinuando que los contenidos de EpC se darían en inglés, lo que no dejaba de parecer una broma producida por una comilona acompañada de abundante vino. Pero el caso es que iba en serio.

Y no contentos con eso, se inventaron la famosa “Opción B”, en la que los padres de los alumnos podrían establecer los temas a trabajar en el aula, pasando por encima de la meramente retórica libertad de cátedra.
Pero este verano el castillo de naipes empezó a derrumbarse; el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana anuló la opción B considerándola ilegal. Y esto sucedió cuando los institutos ya habían asignado las horas dedicadas a esta docencia a profesores de los departamentos de Filosofía e Historia. La Conselleria de educación se encontraba así con una cantidad considerable de horas asignadas a los horarios de muchos profesores, y por tanto pagadas, que no se iban a utilizar. Un dinero difícilmente justificable en época de crisis.

Pero no queda la cosa aquí. Puesto que la plantilla de profesores de filosofía o de historia de la comunidad no contaba con personal suficiente habilitado para impartir horas lectivas en inglés, la Conselleria abrió una bolsa de trabajo buscando profesorado con este perfil. El problema es que de donde hay no se puede sacar, una prueba evidente del estado del sistema educativo español: la bolsa, ni de lejos, cubría las demandas de la aventura “ciudadanolingüística” de la Generalidad. Así que, ayer día cuatro, a diez días del comienzo del curso, la orden que llegó a los institutos es la de asumir, en la medida de las posibilidades, las horas de EpC, prescindiendo del profesorado externo en un principio asignado. Y las directivas, a última hora, se pusieron a casar horarios con nuevas horas sin tener en cuenta, en este caso, si los profesores que iban a impartir esta asignatura estaban habilitados o no para trabajar estos contenidos en inglés. Todo se justificaba con el hecho de que dichos docentes contarían como recurso educativo el apoyo de un profesor del departamento de Inglés.

Sea como sea, la sensación que un espectador de este culebrón puede experimentar no debe estar muy lejos de la vergüenza ajena ante semejante chapuza. El problema es que no estamos haciendo apaños en el jardín de nuestra casa, sino prendiéndole fuego al patio más importante del estado, la educación. Un lugar en el que, como bien sabía Epicuro, es necesaria la tranquilidad y la razón. Desgraciadamente nuestros políticos, en lugar de un jardín, nos proponen un campo de batalla.

No nos quejemos después de que lo que debieran ser ciudadanos libres y felices, sea la más vil soldadesca dispuesta a sacarle las tripas al vecino.

sábado, 30 de agosto de 2008

Praga.
Borja Lucena


El centro de Praga se abre como una flor perdida en un campo baldío. Extensiones inacabables de suburbios y barrios del más ortodoxo urbanismo y arquitectura socialistas rodean una ciudad que esgrime altanera su belleza aristocrática y burguesa. Dos paradigmas estéticos -lo que es decir también éticos y políticos- se enfrentan, y cruzan en combate sus espadas: el horror y el anonadamiento de la simetría y la repetición frente a la profusión de formas, de colores, de callejuelas irrepetibles e iglesias ennegrecidas por el tiempo. La belleza reaccionaria que pervive a la amenaza de la Revolución, incapaz de belleza. Toda una síntesis de la singladura del siglo XX que se ofrece en la forma y aspecto de la ciudad bajo distintos sistemas políticos.

En la calle Na Prikopé, situado sobre un Mc Donald´s, Praga esconde un pequeño Museo del Comunismo, y en él se alberga la historia terrible del país bajo la tiranía inflexible del ideal. Son muchos los objetos y relatos difíciles de olvidar, y mucho también el asombro que despierta en alguien que proviene de un país, el mío, en el que estamos acostumbrados a considerar el comunismo provistos de una tierna sonrisa de condescendencia. Mis compatriotas están acostumbrados a aceptar que Hitler haya sido capaz de cometer barbaridades repugnantes, pero muchos de ellos considerarían inimaginable que los comunistas hubieran cometido las mismas. Pero así fue.

No obstante, quizás sea comprensible que tanta gente se incline de facto hacia la absolución del comunismo, porque, así como el lenguaje nacionalsocialista fue en su momento convenientemente analizado y desenmascarado, gran parte del lenguaje político soviético ha sido asumido en occidente y ha terminado gozando de pleno curso legal. Pertrechados de un mismo lenguaje, tendemos a considerar la realidad de modo afín a como los gobernantes del partido la concibieron: como material en bruto del que el estado puede disponer a su antojo para modelar la imagen sensible del ideal. El imperativo primero del totalitarismo queda así confirmado: donde había realidad ha de haber política, donde había vida -demasiado desordenada, imprevisible, azarosa- prevalezca el estado. El problema que enfrentamos es que el mundo cambió radicalmente cuando se hundieron los regímenes comunistas, pero la mayor parte de occidente ha sido incapaz de inventar una nueva política; así, seguimos hablando de las mismas cosas sin querer aceptar que hace mucho mostraron -tras esa leve apariencia, benévola y piadosa- su auténtica y siniestra potencia asesina.

La postal que os envío se refiere a ello de modo explícito: la corrección política por nosotros adorada no es más que un concepto forjado por el estalinismo para asegurar la imposición rigurosa de la ortodoxia en todos los estratos del pensamiento, el instrumento léxico adecuado para señalar y apartar al disidente del espacio político administrado. En el Museo del Comunismo encontré también otras formas de expresión que me resultaron horriblemente familiares: ¿cuántas veces, a "izquierda" y "derecha", nos conminan los políticos a normalizarnos? Pues bien, dicho término -tal y como se usa en expresiones como normalización lingüística o normalización democrática- posee a su vez una genealogía ciertamente reveladora: normalización fue el concepto formado por el gobierno del Partido Comunista Checo -tras la invasión del país por las tropas del Pacto de Varsovia- para hacer aceptable la represión dirigida a restaurar el orden soviético que la Primavera de Praga había cuestionado en 1968.

En la imagen, Stalin y Klement Gottwald, primer presidente comunista de Checoslovaquia, contemplan arrobados el horizonte de la Revolución. El texto que el autor del montaje ha insertado dice algo así como: "Ellos acuñaron el término corrección política cincuenta años antes de que Occidente lo adoptara".

viernes, 1 de agosto de 2008

Los ultramundanos

El decurso del verano y de sus ritos tiene aspectos más y menos interesantes. Entre los primeros me quedo con la renovada imagen de la vida prestada por la realización de un viaje; de los segundos, por el contrario, destaca la lectura diaria del periódico, para mí tan fastidiosa como inevitable. Día a día se repite el mismo sopor y la misma nada, pero día a día vuelvo a acompañar el café de la mañana con el sonido idéntico del papel y el absurdo. Al fin y al cabo es sólo un euro, y al menos obtengo el provecho de hacer patente la imposibilidad de la transparencia racional y la eficiencia máxima en la vida humana, a la que esencialmente pertenece lo inexplicable y lo superfluo.

La prensa veraniega es, en líneas generales, un coñazo, y es quizás su inutilidad manifiesta la que la convierte en acompañante idóneo de la indolencia estival. Aun así, de entre tanta letra apelmazada que construye significados supuestos, hay días en los que es posible extraer alguna enseñanza valiosa. Ayer, por ejemplo, me enteré de que Madonna quiere viajar a la luna para solucionar su crisis (sic.). Parece una tontería, pero algo tan liviano como esto puede ser motivo de un rato de gozo intelectual. A mí me dio por pensar en la aparente paradoja de Madonna en la luna. Digo esto porque es quizás la estrella de rock el arquetipo que mejor parece representar la mundanidad y la inmanencia absoluta con que se quiere hoy trazar la imagen completa de la vida humana. Resulta que no se cansan de repetir, de enseñar, de publicitar y vender la vida como carne y simplicidad, como presente, como nudo disfrute sexual de un cuerpo, como fugacidad y juventud gloriosa, y todo ello se reúne en el símbolo heroico de la estrella de rock; no obstante, la estrella, la figura erigida en mito y en ideología, se quiere ir a la luna, y así nos descubre lo que esconde su pretendido vitalismo: el materialista tosco oculta, bajo las frases hechas que exaltan la inmanencia del mundo y la hegemonía absoluta del "espíritu de la tierra", un aborrecimiento igualmente absoluto por la realidad de lo mundano, un deseo insoportable de huir de la realidad y habitar una nueva dimensión supramundana.

sábado, 26 de julio de 2008

Vida y destino.
Óscar Sánchez Vega

A menudo, y no me refiero solo a la literatura, conviene no hacerse demasiadas ilusiones sobre un libro porque raramente se cumplen las expectativas despertadas. Algo de eso me pasaba por la cabeza cuando empecé la lectura de Vida y Destino después de que coincidieran en el tiempo tres circunstancias: me recomienda el libro un buen amigo, aparece mencionado como una de las cumbres de la literatura del siglo XX en un libro de Finkielkraut que estaba leyendo y escucho una reseña laudatoria en un programa radiofónico con motivo de la segunda edición en castellano del libro. Los dioses habían hablado; no me quedaba más remedio que obedecer. Las 1000 páginas del libro desde luego intimidan bastante, pero había escuchado que la obra se podía comparar con Guerra y Paz y como había pasado, gratamente, la prueba de Tolstoi me anime con Grossman, y pude comprobar que mis iniciales recelos eran del todo infundados y que la obra estaba a la altura de lo que de ella se decía. 

Creo más interesante en este foro, dada mi incapacidad para hacer una crítica literaria medianamente digna, comentar algunas circunstancias que rodean la obra y la vida del autor. Vasili Grossman fue un escritor y periodista ucraniano (y judío) que trabajó en primera línea en la batalla de Stalingrado y posteriormente avanzó con el ejercito rojo hasta lo campos de exterminio de los nazis, siendo el primer periodista en conocer de primera mano el horror de los langer. Este es el periodo histórico en el que está ambientada la obra, entre 1942 y 1944 aproximadamente. La verosimilitud que rezuma todo el relato no es casual, el autor sabe de lo que habla. Su conocimiento de la sociedad soviética y de los mecanismos que el estado utiliza para su afianzamiento es tal que parece increíble que Grossman albergara alguna esperanza de que su obra fuera publicada, a pesar de ser presentada durante la apertura de Kruschev. El manuscrito sobrevivió al KGB, que destruyó varias copias, sin imaginar que existían otras. Grossman creyó, sin embargo, que no se había salvado ninguna y cayó en una depresión. Murió poco después, en 1964, de un cáncer de estómago. Sajarov logra sacar de la URSS una copia microfilmada a partir de la cual se edita una primera edición, creo que en Francia. La primera edición en castellano es editada por Seix Barral en 1985 y pasa sin pena ni gloria (no había llegado el tiempo de romper con la ortodoxia marxista por parte de nuestros “intelectuales”). En Noviembre del pasado año la editorial Galaxia Guttemberg edita la segunda edición en castellano, después de que la obra haya sido difundida en el resto de Europa y conmocionado al público, y esta alcanzando en España el éxito que se merece (es una de las pocas cosas que invitan a uno a reconciliarse con el país: si Vida y destino es un éxito de ventas, no estamos tan mal como pudiera parecer).

La truculenta historia del autor y su obra se refuerza con una impresión muy personal que imagino que no tiene ninguna base objetiva, pero animo a los feacios a que la lleven a cabo. Observad la imagen del autor. Es la imagen de un hombre bueno, integro y justo. Quizá todo sea sugestión después de conocer su historia o quizá no. Me ocurre lo mismo con los retratos de Antonio Machado, por ejemplo, pero como no tengo ninguna teoría que lo explique, lo dejo caer a ver si alguien lo ratifica o me da una explicación.

Ya que no me atrevo con la crítica literaria, intentaré, al menos, hacer una lectura política de la novela. Grossman hace una lúcida crítica del totalitarismo soviético así como del latente antisemitismo de la sociedad rusa. Especialmente impactante es la manera en la que describe los perniciosos efectos del omnipresente miedo característico de toda dictadura; pero no solo es el miedo, el acoso al individualismo es más sutil, como cuando uno de los personajes, Victor Sthrum, primero es acusado de sostener una teoría científica contrarevolucionaria, y es invitado a rectificar y reconocer su “error” pero no se retracta por lo que es condenado a una suerte de ostracismo intelectual. Victor, a pesar de su miedo, ha resistido la intimidación del estado y en el fondo se siente orgulloso de su gesto, especialmente ante su hija adolescente. Posteriormente es “rehabilitado” y cuando se halla en la cumbre de su carrera profesional, siendo reconocido como uno de los científicos soviéticos más importantes, es hábilmente inducido a firmar un infame manifiesto de apoyo al régimen que incrimina a dos médicos judíos inocentes. Grossman tiene la habilidad de conseguir que te pongas en la piel de Sthrum: después de resistir contra viento y marea el acoso del régimen, Victor cede ante las expectativas de los aduladores y no le puedes reprochar nada por que, tal y como lo narra el autor, cualquiera hubiera hecho lo mismo. Esta es la esencial perversidad del totalitarismo: que corrompe todo cuanto toca. Las dictaduras que perduran no lo hacen a solo por medio de la represión, su estrategia es más sutil: acaban convirtiendo a toda la población en cómplices de la ignominia (los españoles sabemos algo de esto, Franco no necesito del apoyo de los tanques para mantenerse 40 años en el poder)

Por otro lado la crítica de Grossman al régimen soviético no es como la de Solzenitzin, que se sitúa completamente al margen del ideal comunista lo que le permite mantenerse entero; en el sentido de que se limita a describir las aberraciones de los bárbaros, los que no son los suyos - y ya se sabe que “los otros” son capaces de cualquier cosa, pues en el fondo, cuanto peor sean “ellos”… mejor… más reconfortado me siento en mi posición-. Grossman, sin embargo, parece ser un comunista crítico con el devenir del régimen porque aún concibe la posibilidad, o necesidad, de un comunismo humanista que efectivamente trabaje a favor de la emancipación de la humanidad. Uno de los personajes más entrañables de su novela es un viejo bolchevique prisionero en un campo de concentración alemán que próximo a la muerte, victima de la barbarie nazi, intuye, pero no llega a aceptar, que los suyos no son mejores que los “otros” y que los ideales por los que ha luchado toda su vida habían sido mancillados por los dirigentes del partido. Desde esta perspectiva émic, no solo social sino también ideológica, es desde la que escribe Grossman. Su crítica es interna, le desgarra a él por dentro y a todos los que creyeron alguna vez en el ideal, porque en el fondo muchos comunistas pensaban que afiliándose y trabajando por el partido no hacían más que trabajar a favor de la humanidad entera, por encima de las razas y las naciones. Son los que permanecen fieles a este ideal último, independientemente de su filiación ideológica, los personajes que salen mejor parados en la novela, como la vieja campesina ucraniana que protege a un prisionero de guerra ruso durante la ocupación alemana. Pero la fidelidad no es al ideal abstracto, sino a la encarnación del mismo en las personas concretas: no se puede amar a la humanidad en abstracto, ni siquiera a todas las personas de carne y hueso, lo que se puede hacer es vivir comprometido con las personas que te rodean, como la familia Shaposhnikov que a pesar de los avatares de la guerra se mantiene unida por lazos de afectividad y empatía que les permiten vivir de manera humana en un mundo hostil y deshumanizado. Incluso los comisarios políticos del ejército rojo aparecen redimidos cuando anteponen sus sentimientos (el amor por Zhenia en el caso de Krimov, y el amor por sus hijos en el caso de Guétmanov) a su labor política. Sólo algunos personajes secundarios, como el general Neudóbnov, permanecen ajenos a esta marejada humanizadora que apunta una alegoría moral: no hay nada por encima del ser humano, el individuo concreto, de carne y hueso, que trata de sobrevivir en las condiciones más difíciles posibles, porque, como decía Simone Weil, hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se haga el bien y no el mal. Es eso, ante todo, lo que es sagrado en cualquier ser humano.

sábado, 12 de julio de 2008

Órbitas

Los 70 años de gobierno del PRI en Mejico, es una muestra -extrema- de la tendencia que, en las democracias débiles, hay a crear “sistemas solares” político-culturales... formas políticas (de castas más o menos ilustradas) revestidas de ropajes democráticos (gobiernan “por el bien del pueblo”) que se organizan en torno a un Sol (un Partido con vocación de Estado), alrededor del cual orbitan una serie -casi infinita- de “adictos” (escritores, periodistas, profesores, artistas...), de planetas iluminados por las radiaciones ideológicas -además de políticas y financieras- de un Sol que, de esta manera, garantiza su continuidad mediante la creación de un sistema de cooptación...
... afuera, en las tinieblas exteriores, habitan planetas lejanos, poco iluminados y fríos en los cuales se reflejan poco o nada la radiación del Sol...

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Este modelo, en España, se encarnó -parto de esta idea- en el "felipismo". Mi intención es que empezemos, poco a poco, en este foro, a "diseccionar" esa época, no sólo por considerarla un precedente histórico, sino por entender que, desde un punto de vista biográfico, supone, para quien nos "paseamos" por aquí, un hecho político central... Para empezar, provisionalmente, me he fijado en tres aspectos que, en mi opinión, no se pueden disociar de la formación y exito, del "felipismo". Estos son:
  1. La evolución de parte de la Izquierda "sesentaiochista" hacia el PSOE.
  2. La evolución del “franquismo sociológico” después de la muerte de Franco hacia este mismo partido. (En dicha evolución, hay que situar al grupo empresarial que fue capaz de deslumbrar al “mundo de la cultura” , PRISA).
  3. La evolución de parte de la Iglesia católica hacia un ”espíritu conciliar”.
1. Para entender como una izquierda -"sesentaiochista", intelectual y universitaria- partiendo de la orgía ideológica-utópica que marcó los últimos 5 años de la dictadura de Franco (1970-1975), desembocó en proyectos reformistas -practicamente inexistentes durante el franquismo- como el PSOE o la UGT, hay que explicar, antes como tal generación -en gran parte- dejó de buscar el poder por medio de la organizaciones de ultraizquierda, para pasar a buscarlo (y encontrarlo en 1982) en organizaciones, en teoría, menos revolucionarias como el PSOE o la UGT.
Una de las explicaciones , en mi opinión, más plausibles, se encuentra en el baño de realismo que supuso la entrada de España en los cauces de “sensatez” democrática de los “países del nuestro entorno” -eso de decía- entre 1975 y 1982. En este proceso, la fecha clave, fue la aprobación -en contra la propaganda unánime de la oposición- de la ley de Reforma política en el referéndum de diciembre del 76... o dicho de otra manera, el apoyo de la inmensa mayoría de la sociedad española -en contra de la la ensoñación quijotesca de una revolución profunda (cultural, política, social y económica) después del franquismo- al proyecto democrático propuesto desde las filas reformistas del propio régimen.

2. Como mentalidad, no creo que sea ninguna exageración catalogar al felipismo como un “franquismo sociológico post-franquista”, esto es, como una mentalidad formada, en gran parte, por los complejos, desarme cultural e ingenuidad política que dejó tras de sí la dictadura de Franco. El felipismo -puede decirse- fue el hijo póstumo del franquismo. Dentro de esta misma mentalidad, hay que situar a PRISA, planeta empresarial de crianza franquista que evolucionó hasta reflejar el nuevo Sol y deslumbrar, así, a todo el «mundo de la cultura".

3. Sectores de la Iglesia católica como las órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza, ciertos intelectuales católicos (véase Jose Luis Aranguren) o revistas eclesiales (revista Concilum...) adoptaron en España un marcado “espíritu conciliar” (esto es, una interpretación del Concilio Vaticano II basado no en lo que fue, sino en lo que, parece ser, era su "espíritu" o en lo que hubiera debido ser...) de marcado corte dualista y moralista, tanto en su aspecto social como político, en cuyo seno latía un historicismo de matriz gnóstico-revolucionario. Esta historia, en la que hay todavía mucho que estudiar, explicaría parte del apoyo que tuvo el “felipismo” en su época.
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Sería, también, interesante plantear si no estamos, ahora, ante un nueva “reedición” de tales “órbitas” o si -por lo menos en parte- se dan condiciones parecidas que puedan apuntar a tal proyecto... ¿Se puede hablar de zapaterismo?
Saludos

lunes, 7 de julio de 2008

Desaceleración

En los momentos en que lo más tozudo de la realidad se enerva, se crespa como una furia y exige urgente atención; esos momentos en los que, como un destino, el peso tangible del mundo se hace presente en la forma de guerras, de epidemias, de cuentas de resultados, de déficits, de carestía o necesidad; cuando más evidente es que los discursos fabricados de palabras volátiles y futiles se han de estrellar contra la solidez implacable de lo real; en estos momentos, sólo en éstos, se demuestra la autenticidad y entereza de los que adoptan como vocación la voluntad de ideología, frente a aquellos que, simplemente, se entretienen enhebrando discursos hasta que la realidad les falla y se esconden. Entre estos últimos cabe destacar a muchísimos gobiernos democráticos de ayer y hoy, cuya constancia en la mentira es medianamente frágil; de los primeros se destaca, ante todo, el comunismo soviético: 70 años de perseverancia en la imposición de La Idea. Fiat iustitia pereat mundus.

No conozco con exactitud las fuentes doctrinales de las que bebe la inteligentsia zapaterina, pero lo que ocurre con el gobierno de España, a este paso, lleva camino de convertirse en un escaparate privilegiado de la lucha entre ideología y realidad, entre palabras y cosas; cuanto más aprieta el mundo, más redobla sus esfuerzos el socialismo por hacer pasar por reales sus graciosas construcciones sintácticas; quizás algún día cercano -tal y como hizo Stalin en la patria socialista de los años treinta- proclamen la inexistencia del paro y ofrezcan como prueba la supresión del seguro de desempleo. Un gran abismo se abre entre los discursos y la realidad circundante, un gran espacio que disloca y enfrenta crecientemente el ser y la apariencia. Es una broma irónica -o una constatación- ver cómo el socialismo nominalmente materialista ejercita un liso desprecio por lo material y erige una especie ínfima de espiritualidad para ocultar sus embates: Alianza de Civilizaciones, muerte digna, laicidad, derechos...

De entre los proyectos políticos posibles, el gobierno ha elegido, en su modesta proporción, el modelado por el PCUS y partidos afines: la lucha contra la realidad. Forjar palabras para anegar todo aquello que no obedezca a la política. Aprendices devotos de los innombrables logros del socialismo real, los socialistas menos reales de hoy demuestran haber asimilado sin resto el axioma fundamental del movimiento: cuanto más gruesa es una mentira mayor es la probabilidad de que se imponga a lo verdadero. ¿Crisis? ¿Qué crisis?

sábado, 28 de junio de 2008

A vueltas con el manifiesto

Supongo ya a todo el mundo enterado del Manifiesto por una lengua común que patrocinan Savater, Carmen Iglesias, Félix de Azua, Vargas Llosa etc. El impacto político del manifiesto puede ser mayor de lo que en principio pudiera esperarse por dos razones: primera porque a estas alturas muchos castellano-hablantes han sufrido en su propia piel la discriminación que se denuncia en el manifiesto y segundo porque viene patrocinado por representantes de lo que en un sentido amplio podemos llamar la “izquierda cultural”. Es natural que los representantes de la derecha liberal que han defendido esta trinchera durante años se sientan dolidos con el éxito de la iniciativa de los “advenedizos”.

Es de justicia recordar que ya en 1981 y se lanzó el llamado Manifiesto por la igualdad de los derechos lingüísticos en Cataluña. Lo encabezaba el catedrático de sociología en la UAB, Amando de Miguel, y lo habían escrito principalmente socialistas del PSOE. Lo firmaron 2.300 personas y de ahí le viene el nombre por el que es conocido: El Manifiesto de los 2.300 y acabó con el secuestro y tiro en una rodilla a uno de sus firmantes más activos, el profesor de Lengua y Literatura española en un instituto de Santa Coloma, Federico Jiménez Losantos. Es por tanto comprensible que estos, y otros, no se sientan llamados a firmar un manifiesto en la condición de meros comparsas cuando en justicia debían ser punta de lanza de esta batalla. Además también entran en juego matices teóricos: la defensa de la lengua común, en lugar de “el español” y la insistencia en que los derechos corresponden al los ciudadanos y no a las lenguas, son posiciones teóricas que no son del agrado del nacionalismo español, aunque se diga “liberal”. Por todo ello, en la COPE y en Libertad Digital parecen manifestar síntomas esquizofrénicos cuando, por una parte alientan la firma del manifiesto y, por otra, sus mayores espadas se distancian del mismo.

A mi modo de ver es mejor así. Un idéntico manifiesto que estuviera patrocinado por Federico Jiménez Losantos y César Vidal, por ejemplo, sin duda tendría mucho menos recorrido. Calculo que culparían de ello a la perfidia de la propaganda progresista, pero eso sería, en todo caso, solo parte de la verdad... y ellos lo saben. La realidad es que al día de hoy ninguna iniciativa patrocinada por los principales ideólogos de la derecha liberal tiene posibilidades de ser aceptada por la mayoría de la sociedad española, lo cual es malo para ellos y malo para todos.

Deberían reflexionar sobre ello… Rajoy ya lo ha hecho.

miércoles, 25 de junio de 2008

Comentario de Texto


Y ahora, tras dos meses hablando del PP, hablemos del Gobierno: le esperan serias dificultades. La primera, la gestión de la economía. Hoy ha habido una verdadera catarata de datos negativos. En un momento hablaremos de ellos: comprobaremos que la palabra maldita, “crisis”, empieza a resultar blanda para reflejar lo que pasa. Pero, además de estos problemas de aritmética, va a tener que afrontar otros de geometría, de colocación espacial. Repasemos: en nombre del realismo, el Gobierno, que zarpó en 2004 con enérgico rumbo a babor (a la izquierda) fue escorándose en nombre del realismo hacia el centro. Como allí no había nadie, ya que el PP se había ido de excursión a la extrema derecha, Zapatero, su equipo y el PSOE todo pudieron disfrutar de un territorio extensísimo, desde la izquierda casi hasta la derecha, a conveniencia. Mientras tanto, en Europa, donde nuestro Gobierno es casi una excepción progresista, estamos en el siguiente lío: o apoya políticas comunes, y entonces apoya políticas de derechas, o nos reventamos cualquier posibilidad de políticas comunes y además nos quedamos solos. Y en estas llega el trigésimo séptimo congreso federal del PSOE, que empieza el día 4, y el partido –fiel a su pensamiento socialista –exige que se profundice en asuntos como el laicismo, el aborto… Es decir, en la tradición de izquierdas. Aquí está el embrollo: en el centro, hacia donde se dirige Rajoy, no vamos a caber todos; en la derecha, no somos nosotros, nos traicionamos; y en la izquierda, no nos comemos una rosca en Europa. Así que a decidir. Entre la directiva del retorno –la peste para una pituitaria socialista –o el laicismo –la bicha para convivir con la Iglesia- se juega la batalla. ¿Aritmética? ¿Geometría? No: política, política mayor. Eso le espera a Zapatero”

Iñaki Gabilondo. Noticias 4 Martes 24 Junio de 2008


1. Analice el alumno el significado de expresiones como “extrema derecha”, “excepción progresista” o “tradición de izquierdas”

2. Explique el alumno las razones de por qué el autor del texto afirma que “Como allí no había nadie, ya que el PP se había ido de excursión a la extrema derecha, Zapatero, su equipo y el PSOE todo pudieron disfrutar de un territorio extensísimo, desde la izquierda casi hasta la derecha, a conveniencia”.

3. Componga el alumno la siguiente redacción: ¿por qué el autor de este texto comienza hablando de economía y termina hablando de laicismo”